Redacción Animal Político · 28 de febrero de 2025
La fortaleza capitalina es una investigación del Seminario sobre Violencia y Paz, que concluye, entre otras cosas, que los éxitos y fracasos de las políticas de seguridad de la Ciudad de México (CDMX) estarán incompletos mientras no se contemple lo que pasa en toda la Zona Metropolitana del Valle de México (ZMVM). Para ello, hay que impulsar una mirada metropolitana de la seguridad. ¿Qué supone esa mirada?
Con alrededor de 22 millones de habitantes, la ZMVM es el octavo espacio metropolitano más poblado a nivel mundial y el primero a escala continental. Comparado con los 9.2 millones de habitantes de la CDMX, en la escala metropolitana habitan más del doble de la población capitalina. Y con una densidad poblacional aproximada de 2,772 habitantes por kilómetro cuadrado, esta zona concentra poco más del 17 % de la población nacional (INEGI, 2020). Este espacio es un polo demográfico, económico y político fundamental en la región. Geográficamente, la ZMVM genera colindancias entre la CDMX, Estado de México e Hidalgo a partir de Tizayuca, el único municipio hidalguense de la zona. En total, la ZMVM involucra a las 16 alcaldías capitalinas, 59 municipios mexiquenses y uno hidalguense.
En términos de seguridad, este monstruo urbano es, a la vez, un apretado espacio de oportunidades y peligros para quienes la habitan y transitan. En una entrevista, la Dra. Carmina Jasso, investigadora de la UNAM, propuso una metáfora que describe la ironía. Las fronteras entre la CDMX y el Estado de México son, dijo, una especie de cicatrices que resultan de la violencia y la criminalidad de ambos espacios. Una cicatriz no diferencia, solo recuerda el vestigio de la herida inicial. La división entre ambas entidades es compleja. Por momentos parece imperceptible, y luego supone cambios drásticos que van más allá de una separación administrativa. A pesar de ser la misma metrópoli, sus separaciones marcan formas distintas de convivencia y de coexistencia. Esto, en materia de seguridad y criminalidad, se traduce en formas diferenciadas de percibir y experimentar la (in)seguridad.
Para muestra un botón. El citado informe encuentra que, a lo largo de las últimas décadas, la CDMX redujo drásticamente la incidencia de lesiones dolosas, lo que es francamente esperanzador porque esto refleja la manera en la que se canaliza el conflicto. Ante él, las personas de la CDMX dejaron de agredirse intencionalmente como primera opción. No obstante, el optimismo se reduce cuando se mira el fenómeno de manera metropolitana, pues en el mismo periodo los municipios mexiquenses experimentaron un incremento tan grande que pone a la ZMVM en datos comparables con los de la CDMX en su época más violenta (ver Gráfico 1).
Gráfico 1. Tasas de lesiones dolosas por cada 100,000 habitantes a nivel nacional, CDMX y ZMVM (1997-octubre de 2023).

Las cicatrices fronterizas, siguiendo la metáfora, no siempre han estado ahí. Entre 1859 y 1867 existió un episodio poco conocido, pero explicado con brillantez por el historiador Gerald L. McGowan: la creación del estado del Valle de México, una entidad territorial reconocida tanto por el gobierno de Benito Juárez como por el de Maximiliano de Habsburgo. Aun en la división extrema, ambos grupos políticos coincidieron en la creación de este espacio territorial. Como lo explica el propio McGowan, la idea del estado del Valle de México apareció casi desde la consumación de la independencia mexicana, concretamente en el marco del constituyente de 1824. La propuesta estaba fuertemente asociada con el planteamiento de trasladar o no a los poderes supremos fuera de la ciudad de México.
El estado del Valle de México era una referencia territorial amplísima que cubría, de este a oeste, desde los poblados de Santa Fe hasta los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, el Ajusco hacia el sur, y hasta la Laguna de Zumpango al norte, zona en donde actualmente opera el Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles. La propuesta regresaría a finales de 1916 a cargo del propio Venustiano Carranza, quien vio oportunidad política en el replanteamiento fronterizo de la entidad para proteger el espacio militarmente. No obstante, no volvió a prosperar en el constituyente de 1917. Así, la elasticidad de las fronteras entre Estado de México, Distrito Federal y la intención del estado del Valle de México flotó durante el primer siglo de vida independiente, lo que de maneras diversas empujó dinámicas de urbanización y territoriales que ayudan a entender la intensidad de la ZMVM contemporánea.
Desde que asumió el poder en octubre del año pasado, la jefa de Gobierno, Clara Brugada, planteó la creación de un Cabildo Metropolitano. En el discurso que pronunció durante su sesión inaugural, Brugada lo describió como un “espacio plural para los grandes temas de la Capital”. El Cabildo sí tiene la intención de mirar, de manera metropolitana, problemáticas comunes a la CDMX, el Estado de México, Hidalgo, y también suma a Morelos. La seguridad está en la agenda, pero también temas de transporte, agua, ordenamiento urbano, manejo de residuos, entre otros. El panorama político es oportuno y permite el optimismo por dos razones: en primer lugar, porque Brugada está usando su liderazgo para impulsar la mirada metropolitana, y en segundo, porque existen coincidencias partidistas inusuales entre las personas gobernantes de la metrópoli. Sin embargo, el mayor reto consistirá en institucionalizar las buenas voluntades para no depender de contingencias y coincidencias políticas.
El siglo XX heredó una carencia histórica para ignorar y operativizar una visión metropolitana de la seguridad en la ZMVM. El reto de la mirada metropolitana consiste, en materia de seguridad, en trascender la colaboración reglamentada, pero no vinculatoria, entre autoridades de distintos estados, y en su lugar caminar hacia estrategias integradas de seguridad que dependan menos de acuerdos políticos y que descansen más en el incremento de capacidades institucionales y de prevención del delito, especialmente en las fronteras entre estados o en espacios estratégicos como carreteras y aeropuertos. Urge institucionalizar una política de seguridad metropolitana que permita expandir las buenas prácticas, impulsar nuevas lógicas de prevención y reconocer el peso de lo metropolitano en la dinámica urbana de la seguridad. No hacerlo consolidará estas fronteras como cicatrices imborrables de distinción, diferenciación e inseguridad.
* Rodrigo Peña González es doctor en Humanidades por la Universidad de Leiden (Países Bajos), investigador y director ejecutivo del Seminario sobre Violencia y Paz de El Colegio de México. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores e Investigadoras. La asistencia de investigación para la recuperación de información para este texto por la Lic. Montserrat Cambroni Nava.