Mindfulness: cuando respirar se convierte en un próspero negocio

PUB UNAM · 4 de noviembre de 2026

Mindfulness: cuando respirar se convierte en un próspero negocio

Por José Eduardo Lazo Vela*

Respira profundo. Concéntrate. Gestiona tus emociones. Sé resiliente. Millones de personas inician el día con aplicaciones de meditación guiada orientadas a reducir la ansiedad, mejorar el sueño o aumentar la concentración.

Lo que hasta hace décadas pertenecía a prácticas contemplativas budistas integra hoy una industria global del bienestar digital que, según Grand View Research y Fortune Business Insights, podría superar los 20,000 millones de dólares antes de 2030. Calm, con más de 150 millones de descargas y valuada en casi 2,000 millones, es un ejemplo. No se vende únicamente serenidad: se comercializa regulación afectiva, resiliencia y capacidad de adaptación psicológica.

El mindfulness atraviesa la contracultura californiana de los años 1960 y 1970 —espacios como el Instituto Esalen—, donde se consolidó la idea de que la transformación social podía alcanzarse mediante la transformación interior del individuo. Se ha documentado cómo esa matriz de individualismo, innovación tecnológica y espiritualidad secularizada fue heredada por la cultura tecnológica contemporánea.1

Silicon Valley no solo absorbió tecnologías; también incorporó un modelo de subjetividad basado en la permanente autooptimización y gestión emocional. En ese contexto, Jon Kabat-Zinn desarrolló el programa Reducción del Estrés Basada en la Atención Plena (MBSR), traduciendo prácticas contemplativas al lenguaje clínico y neurocientífico. El desplazamiento fue: la meditación dejó de ser espiritual para convertirse en herramienta científica de regulación emocional.2

Décadas después, Google, Apple, Intel y Salesforce incorporaron programas de mindfulness orientados a la productividad y al liderazgo. La paradoja es evidente: una práctica asociada con el desapego se integró en el corazón del capitalismo digital.

Ronald Purser ha argumentado que el mindfulness fue despojado de su dimensión ética y comunitaria para convertirse en tecnología de autooptimización compatible con las exigencias del neoliberalismo.3 El problema no reside en la meditación, sino en su asimilación por racionalidades económicas que desplazan el origen del sufrimiento hacia la responsabilidad individual.

El capitalismo contemporáneo no solo produce mercancías materiales, también organiza emocionalmente la vida social.4 y 5 Por ello, el análisis deja de ser cultural o económico y entra en el terreno bioético: ¿qué ocurre cuando la salud emocional se redefine según criterios de productividad, adaptación y rentabilidad?

Una nueva clase de normalidad

El sujeto ideal del neoliberalismo es eficiente. Debe mantenerse resiliente, flexible, positivo y emocionalmente funcional, aun bajo incertidumbre y precarización. Aquí el mindfulness adquiere una función económica y política decisiva. Ashley Frawley explica cómo la cultura terapéutica transforma problemas estructurales en déficits psicológicos individuales.6

La ansiedad ya no es consecuencia de la precarización laboral o el desgaste social, y comienza a presentarse como incapacidad para manejar la adversidad. El problema ya no consistiría en desarrollarse bajo condiciones agotadoras, sino en adaptarse a ellas.

Esta lógica es visible en el ámbito corporativo. Frente a jornadas extensas e hiperconectividad, las empresas ofrecen talleres de resiliencia y aplicaciones de meditación en lugar de transformar las condiciones laborales que producen el malestar. El trabajador aprende a respirar mejor, pero las estructuras permanecen intactas.

Beneficios clínicos y límites bioéticos

Reconocer esta transformación no significa negar los beneficios clínicos de la meditación. Existen investigaciones que documentan efectos positivos en contextos terapéuticos y educativos. El problema bioético aparece cuando estas prácticas son absorbidas por una lógica económica que convierte el sufrimiento en recurso rentable.

La industria del bienestar digital no solo vende tranquilidad, produce información. Aplicaciones de salud mental recopilan hábitos de sueño, niveles de ansiedad y comportamientos emocionales de millones de usuarios. La vida interior se transforma progresivamente en dato cuantificable.

Desde una perspectiva bioética, las tecnologías del bienestar ofrecen herramientas para afrontar el malestar, pero también producen determinadas formas de comprender la salud, la autonomía y la responsabilidad individual. La autooptimización permanente promueve sujetos que regulan sus emociones para seguir funcionando bajo incertidumbre y precarización.

El ejercicio de la autonomía puede reducirse a una exigencia de autogestión emocional que invisibiliza los condicionamientos sociales. La justicia se ve afectada cuando problemas colectivos son reinterpretados como déficits psicológicos individuales. La prudencia adquiere una dimensión adicional cuando la búsqueda del bienestar implica la recopilación y comercialización de datos emocionales sensibles sin control transparente. La cuestión no radica en si el mindfulness resulta eficaz. También es necesario examinar críticamente los contextos institucionales, económicos y tecnológicos en los que estas prácticas son promovidas.

Una pregunta necesaria

Reconocer estas tensiones no implica negar beneficios clínicos ni descalificar las experiencias positivas. Una deliberación debe evitar tanto la aceptación acrítica como el rechazo absoluto. El desafío consiste en deliberar sobre los fines, intereses y consecuencias que acompañan la expansión de estas tecnologías.

La práctica del mindfulness puede constituir una herramienta para el autocuidado. Pero cuando se presenta como respuesta suficiente a formas de sufrimiento producidas por condiciones laborales, económicas o sociales adversas, desplaza hacia los individuos responsabilidades que también corresponden a las instituciones y a la sociedad.

Una persona no solo aprende a gestionar sus emociones: también examina de manera crítica las condiciones que favorecen o limitan su bienestar, su autonomía y su capacidad de desarrollar una vida digna.7

Si el mindfulness funciona, la pregunta bioética no es solo si produce calma, sino al servicio de qué fines opera, bajo qué intereses se promueve y con qué consecuencias para la justicia, la dignidad humana y el bienestar colectivo.

El riesgo no es la meditación, es su incorporación acrítica a racionalidades que trasladan la responsabilidad del bienestar hacia el individuo. Mientras no se interroguen las estructuras que generan el malestar, la tranquilidad seguirá siendo mercancía y el sufrimiento continuará interpretándose como un problema de gestión individual.♦ 

*José Eduardo Lazo Vela es licenciado en Filosofía por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM; maestro en Bioética por el Centro de Investigación Social Avanzada; divulgador filosófico en la plataforma digital Filosofía en Red. Está diplomado en Bioética por el Programa Universitario de Bioética y en Teórica Crítica del Derecho. Redes: @lazo_vel

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Referencias:

1Turner, Fred. From Counterculture to Cyberculture: Stewart Brand, the Whole Earth Network, and the Rise of Digital Utopianism. University of Chicago Press, 2006.

2Kabat-Zinn, Jon. Full Catastrophe Living: Using the Wisdom of Your Body and Mind to Face Stress, Pain, and Illness. Bantam Dell, 1990.

3Purser RE. McMindfulness: How Mindfulness Became the New Capitalist Spirituality. Repeater Books, 2019.

4Illouz, Eva. Cold Intimacies: The Making of Emotional Capitalism. Polity Press, 2007.

5Illouz, Eva. Saving the Modern Soul: Therapy, Emotions, and the Culture of Self-Help. University of California Press, 2008.

6Frawley, Ashley. Semiotics of Happiness: Rhetorical Beginnings of a Public Problem. Bloomsbury Academic, 2015.

7Rivero, Paulina. Introducción a la bioética: Desde una perspectiva filosófica. Fondo de Cultura Económica, 2021.

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