blogeditor · 1 de marzo de 2021
“Tuvimos en el país un paréntesis civilista que, según se haga la cuenta, duró unos cincuenta o sesenta años. Ese paréntesis se cerró”, escribió Fernando Escalante. Quien desee mirar a profundidad la evidencia de la expansión de las funciones y recursos de las Fuerzas Armadas sistematizada y analizada por el Programa de Seguridad Ciudadana de la Ibero (PSC), aquí puede revisar el periodo 2006-2018 y aquí la etapa 2008-2020. Por aquí puede leerse también un breve y útil recuento del protagonismo militar en curso.
Recientes elaboraciones teóricas, en perspectiva política e histórica, ponen a discusión si en realidad alguna vez hubo en estricto sentido un paréntesis civilista, cuando la historia muestra que ese protagonismo político, en particular en el ámbito local, siempre ha sido parte de los poderes ordinarios de las Fuerzas Armadas. Según Jorge Javier Romero, “Los gobiernos producto de la alternancia democrática, en lugar de emprender una reforma del Estado que sustituyera la antigua maquinaria de venta de protecciones particulares (…) por cuerpos civiles, relativamente despolitizados, transparentes y obligados a rendir cuentas de todos sus actos, han devuelto a las Fuerzas Armadas el control casi monopólico de la violencia estatal”.
Agrega Romero: “En el antiguo régimen, el control militar del territorio era coherente con el que de manera cotidiana ejercían las autoridades locales, casi todas provenientes del PRI y que se entendían bien con los mandos del Ejército. A partir de la lectura de otro libro reciente, Votes, Drugs, and Violence. The Political Logic of Criminal Wars in Mexico, de Guillermo Trejo y Sandra Ley, se puede tejer la conjetura de que con la irrupción de la pluralidad electoral se rompieron las redes de comunicación entre las autoridades locales y las Fuerzas Armadas y eso condujo al proceso de desmantelamiento de las fuerzas policiacas locales llevado a cabo por las Fuerzas Armadas a partir del gobierno de Felipe Calderón, pues los diversos pactos políticos de las autoridades locales crearon conflictos en el proceso de venta de protecciones particulares a las organizaciones que controlan los mercados clandestinos”.
Si no nos hemos preguntado con detenimiento cuál fue el verdadero rol de las Fuerzas Armadas en la historia de México, conviene hacerlo ahora para entender mejor realmente ante qué estamos y quizá poder anticipar mejor hacia dónde vamos. Bajo esta perspectiva, el empoderamiento militar en materia de seguridad parece una manifestación relativamente visible de un esquema de gestión política y administración del conflicto que siempre ha estado ahí, pero que debe volver a dimensionarse.
Nos equivocamos cuando miramos el militarismo en México sin comprender cómo fue la construcción del sistema político mexicano y qué papel jugaron las Fuerzas Armadas. Y nos seguiremos equivocando si no vamos mucho más a fondo, tratando de descifrar qué es lo que hoy hacen ellas realmente a lo largo y ancho del país. Acaso es en las prácticas militares en el terreno donde se proyecta el verdadero alcance de su influencia pasada, presente y futura.
Por mi parte, leyendo la fuente citada, recordé las palabras de un general, quien en el sexenio de Calderón me comentó que la Policía Federal (PF) no debía crecer más. El problema es que es un proyecto de los Estados Unidos, me dijo. Dejó en claro que, según él, esa policía no era una buena idea, pero no abundó en argumento alguno.
Recordé también que los informes arriba citados del PSC enseñan la manera cómo en la pasada administración federal se frenó el crecimiento de la PF, justo al tiempo que se multiplicó el de la Policía Militar. Y hoy, gracias a las decisiones de López Obrador, en la gran mayoría de las entidades federativas hay más personal militar desplegado en tareas de seguridad pública que efectivos de las policías estatales.
Tenemos pues sólidas hipótesis para entender el contexto político e histórico que podría explicar las causas profundas del desmantelamiento de la PF, pero también del debilitamiento en curso de los apoyos federales a las policías estatales y municipales.
Tal vez por esta vía interpretamos mejor de dónde viene el discurso político maniqueo presidencial que, de un lado, contó la historia de la PF como una institución enferma toda de corrupción y, del otro, refrendó el mito de las fuerzas armadas como un oasis impoluto.