Redacción Animal Político · 24 de febrero de 2023
A veces no sé cómo logré llegar hasta aquí. Son las doce de la noche, Nicolás duerme. Pienso en cómo mi futuro se convirtió en una serie de sucesos que con el tiempo parecerían milagros, y que han jugado más a mi favor que yo misma. Me dono a la ciencia para comprobar que la buena suerte existe. Nicolás es el más grande de esos milagros.
Escribo de noche por primera vez en años. A mis treinta y siete y sus casi cinco, las noches son para dormir temprano. ¿Está mal que todavía duerma conmigo? Cuando pienso en eso me invaden dos sentimientos: primero, el de culpa. ¿Duerme conmigo por él o por mí? ¿Estoy estorbando su independencia?
Acostarlo cada noche a mi lado y quedarnos dormidos con las manos entrelazadas después de jugar al pulpo, donde mi mano es el pulpo y la de él es el animal que se le ocurra, no puede ser más que positivo para nuestras vidas. En ocasiones somos amigos y platicamos mientras nadamos, otras veces me deja claro que soy un pulpo que se lo quiere comer. Últimamente, si no soy la mejor, soy la más malvada de todas. ¿Me duró tan poco ser la madre perfecta? Sabía que llegaría ese día, pero no sabía que tan temprano.
La segunda sensación que me da dormir junto a mi hijo es de permanencia. Como si el tiempo y el mundo se detuvieran. La felicidad es ese momento. Mi vida no tiene sentido ni tendrá, pero sé reconocer los milagros. Desde niña me sentía incómoda en el mundo, Nicolás me enseña que de aquí somos los dos. Eso es un milagro dentro de otro milagro. La vida es brava, pero también es buena.
[Mientras escribo escucho cómo tose y pienso en el mal tino de haberme puesto a escribir esta noche. Fue interrumpida por un ataque de tos, decía su epitafio. Todas las madres sabemos que los hijos son una interrupción constante].
Cuando Nicolás y yo estamos acostados la eternidad se impone, no hay nada que nos interrumpa. Lleva algunas semanas preguntándome sobre la muerte y lo único que viene a mi mente es el recuerdo que tengo preguntándole exactamente lo mismo a mi madre. Le pedía jurarme que jamás se moriría. Nunca lo juró, pero apenas ahora entiendo por qué. Porque las madres no rompemos nuestra palabra. El amor que juramos el día que parimos lo llevamos toda la vida.
A veces no tengo idea de cómo logré llegar hasta aquí, con una madre, un hijo, un pez y un gato. Pero, desde luego, se trata de un milagro. Y sé reconocerlos. Me dono a la ciencia también para probarlos.
