blogeditor · 15 de agosto de 2012
Los conductores del transporte público de la capital mexicana se distinguen por ser, digamos, arrojados. No se caracterizan por cumplir cabalmente las leyes de tránsito y, en ocasiones, ni siquiera las de la Física. Sus microbuses suelen estar tan destartalados, tan cayéndose a pedazos, que difícilmente merecen el término de “unidades” y, aun así, van, vienen, saltan topes y camellones, se pasan altos, se alzan pasos, se cuelgan gente, crujen, gruñen y siguen marchando.
Como se aprecia en las fotos recién tomadas en uno de estos viajes del terror, si de pronto se les da la gana, los microbuseros transitan por vías que les son prohibidas, en este caso, los carriles centrales de Periférico (miren por las ventanas: en la primera foto se ve un bajopuente al frente y en la segunda se puede apreciar el carril del segundo piso a la derecha).
¿Y si alguien se tenía que bajar mientras circulaba por carriles centrales? Ni modo. Se aguanta. No es extraño que alguno de los pasajeros le reclame al conductor que maneje salvajemente, que no se frene por completo al ascenso o descenso o que insista en seguir subiendo gente en actos que retan toda lógica de masa/espacio. “¡No traes vacas!” es uno de los reclamos comunes. En la mayoría de los casos no pasa de un intercambio de palabras, aunque aquello bien podría terminar a golpes. Pero no es que funcione de mucho, difícilmente algo de eso hará recapacitar al conductor y cambiar sus hábitos al volante. Los pasajeros terminamos teniendo que aguantarnos y seguir rezando: “Jesús, Jesús: que no se estrelle el microbús”.
Hace poco, en un autobús de Chicago, me tocó vivir el otro lado de la moneda: el respeto extremo a las reglas y las consecuencias de no acatarlas. Era un viernes a las 2 de la mañana. Algunas estaciones de tren estaban cerradas por obras, así que había un servicio especial (sin costo) de autobuses que hacían el mismo recorrido y paraban en las mismas estaciones que el tren. Un amigo y yo nos formamos en la parada correspondiente, que ya tenía una buena cantidad de trasnochados esperando.
Llegó el autobús y empezamos a subir, impulsados por la versión gabacha del “¿¡SÍ SE RECORREN HACIA ATRÁS, DE FAVOR!?”. Por lo que he visto, los gringos, aun en masa, suelen ser bastante respetuosos de las reglas, pero a esas horas y con unos tragos encima, a algún rebelde se le ocurrió subirse al autobús por la puerta trasera, y a varios se les hizo fácil seguirlo. El conductor pidió dos veces en voz alta que no lo hicieran, pero fue en vano.
Un par de minutos más tarde, ya que se llenó por completo el sustituto del tren, el conductor se paró junto al volante y nos gritó: “Muy bien, ahora bájense todos”. No estaba bromeando. “¡Bájense todos y súbanse de nuevo, que tengo que volver a contarlos de uno en uno!” ¿Neta? Sí. Y ahí vamos todos de regreso. Cabizbajos y con carita de regañados. Y añadió, muy molesto él: “¡Y pueden agradecerle al primer genio que se le ocurrió subirse por la puerta trasera!”. Una vez que terminó de bajarse el último, ahí vamos de regreso. Eso sí, ahora todos ordenaditos por la puerta de adelante.
Por desobedientes, nos puso en nuestro lugar. Mi paisano amigo y yo estábamos sorprendidos. Nos preguntábamos qué hubieran hecho los pasajeros en México si un microbusero los regañara así.
Lo curioso es que el bus driver, sin rencor alguno, tomó el micrófono, nos dio las buenas noches y, amablemente, nos narró los “planes de vuelo” de aquella madrugada. Me cayó bien. Con todo y todo.
Si hubiera que elegir alguno, ¿ustedes qué preferirían: microbusero o bus driver?