blogeditor · 16 de diciembre de 2019
Leo con profunda tristeza, pasmo y sorpresa las noticias y la “conversación” en redes sociales esta mañana. Apareció la policía de Irapuato, María Sonia Arellano Mendoza, descuartizada, después de que ella, su esposo y su hijo fueran secuestrados. La mujer policía recibió el Mérito Policial 2019 por su trabajo en el estado de Guanajuato. Esta semana los medios y las redes también han sido el telón de fondo sobre el que se ha hablado, discutido y polemizado sobre los suicidios de estudiantes en el ITAM.
¿Tienen algo en común estos, aparentemente, distantes hechos? Sí. Nos tienen en común a nosotros, a nosotras, como ciudadanía, como mexicanas y mexicanos, como personas observadoras de la realidad y como consumidores de noticias. Vivimos violencia, consumimos violencia, hablamos violencia, destilamos violencia.
No digo nada nuevo. Lo sabemos quienes vivimos en México. En los Whats App es común tener en los chats de vecinos y amistades información relacionada con las esquinas de las calles por las cuales no debes circular porque asaltan a las 7 de la mañana; consejos sobre como evitar que te clonen las tarjetas de crédito en los cajeros automáticos, en los supermercados y en las estaciones de gasolina. También se reciben recomendaciones sobre sitios seguros para ir a comer y en donde tal vez puedas evitar estar en medio de un fuego cruzado o sitios en los que las madres y padres con bebés pueden transitar sin preocuparse porque alguien intente secuestrar o robar a sus pequeños.
No ayuda a un ambiente de tranquilidad la incertidumbre económica por la que atraviesa el país, el desempleo ni las acusaciones entre defensores y críticos del nuevo gobierno.
Nuevamente me pregunto, ¿qué tienen en común estos hechos y esta realidad? Nos tienen en común a nosotros, a nosotras, como ciudadanía, como mexicanas y mexicanos, como personas observadoras de la realidad y como consumidores de noticias. Nos tienen en común como constructores e intérpretes de la realidad.
Parece que nos hemos enfrascado en un diálogo de sordos en el que lo que está en juego es el monopolio por ejercer mi propia violencia frente al monopolio de la violencia de la persona frente a mi. Nadie se quiere escuchar porque asume tener la razón en la interpretación de los hechos. “El ITAM tiene la culpa por los suicidios vs. la culpa la tienen quienes no aguantan la presión y no la saben manejar”. “Es culpa de la educación neoliberal”. “Es culpa de las exigencias que le imponen al alumnado”. “¿Los criticas porque quieres una universidad en la que pasen todos los idiotas?”. La muerte de María Sonia Arellano no importa porque era policía, no es feminicidio”. “¿Por qué las feministas no marchan por ella?”. “Se lo merecen por ser el único estado en el que gobiernan los conservadores neoliberales”. “Seguro lo causó la misma oposición para desprestigiar al presidente”. “Seguro lo está haciendo el gobierno federal para ganarle la plaza a los azules en las próximas elecciones”. ¿Se escuchan a sí mismos quienes dicen esto?
Las y los jóvenes que se quitaron la vida han quedado en un segundo plano, igual que la policía asesinada y las miles de personas, hombres y mujeres que mueren a diario por los feminicidios y por la violencia sistémica y normalizada en la que vivimos. Han servido de pretexto, una vez más, para enfrascarnos en el mundo de las descalificaciones y para que nadie asuma la violencia que ejerce a través de los insultos, el descrédito y las burlas.
Es una tragedia que una joven o un joven piensen que valen más muertos que vivos por la razón que sea. Los suicidios son multifactoriales y afectan profundamente a las personas que rodean a quienes toman la decisión de hacerlo; familias, comunidades, países. Dice la Organización Mundial de la Salud (WHO) que es la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años a nivel mundial. En México,de acuerdo con el INEGI, ocurren 6 mil suicidios al año, 5 por cada 100 mil habitantes.
Es una tragedia que secuestren a una familia y descuarticen a la madre, y más tragedia que se minimice el asesinato porque era mujer policía. ¿Por ser policía su asesinato es menos importante? Los secuestros han incrementado en 2019 un 37.7% con relación al mismo período del 2018 (enero-octubre).
Señoras, señores, la violencia, es literal, nos está matando en el país y en lugar de darnos cuenta de que estamos en el mismo barco, lo estamos sacudiendo a patadas de la proa a la popa.
Por supuesto que el ITAM tiene trabajo que hacer, tres suicidos en un semestre no son normales. Las Universidades de la Ivy League en Estados Unidos han enfrentado esa realidad, y han tenido que tomar medidas. Qué bueno que el estudiantado está exigiendo apoyo y verbalice la justificada y profunda preocupación y enojo. Qué bueno que denuncie las acciones abusivas por parte de quienes les enseñan. Las autoridades, el profesorado, las familias y la sociedad tenemos que replantearnos la manera de enseñar e inculcar el valor de la educación y el respeto en la convivencia. Tenemos que aprender a escuchar(nos). El problema, sin embargo, no es privativo de una universidad privada cuando en el país ocurren, como lo mencioné, 6 mil suicidios al año.(No estoy minimizando en lo más mínimo lo sucedido y me duelen en el alma esa muertes.) Algo falla en la sociedad cuando la juventud se quiere quitar la vida y algo falla también en la sociedad cuando ésta ignora dicha realidad.
El asesinato de María Sonia es doloroso y nos debería indignar a todas las personas en este país, como deberían indignarnos todas y cada una de las injustificadas muertes y atropellos que se viven a diario. Deberíamos exigir justicia por cada asesinato, por cada feminicidio, por cada arbitrariedad y cada abuso de poder. Deberíamos tener la garantía de que vivimos en un estado de derecho, sin importar las filias y las fobias políticas. La población de Guanajuato debería tener la certeza de que el gobierno federal la defenderá e invertirá en su seguridad como invertirá en cualquier estado de color morenista. La oposición y el partido en el poder deberían tomar decisiones con una certeza y visión común: todas y todos somos mexicanos. Las y los estudiantes deberían saber que los centros de estudio son lugares en donde se construye la paz, no en donde se justifica la violencia (por acción o por omisión).
Quienes dialogamos y exigimos justicia deberíamos tener la misma visión y empatía por el otro y la otra. No importa si eres de izquierda o de derecha (me parecen detestables estas eternas calificaciones y descalificaciones), tus muertos son tus muertos, y te duelen igual que a los de la persona que está a tu lado le duelen los suyos. Las preferencias políticas son circunstancias, no condición humana. El comulgar con una visión o con la otra no le da legitimidad a nadie para asumir que su violencia es “mejor que la otra”. No se trata de buscar homologar el pensamiento ni de que vivamos ahora en un mundo de definiciones únicas. Se trata de construir empatía y fomentar conversaciones que construyan, no que destruyan; de encontrar puntos de acuerdo, no sólo de exacerbar las diferencias para seguir justificando la violencia.
La violencia sistémica y normalizada en la que vivimos no la vamos a acabar con más violencia. La violencia verbal también es violencia, y es el punto de partida para la construcción (o deconstrucción) de la cultura de violencia en la que estamos inmersos en el país. Las palabras construyen realidades, asumamos esa responsabilidad. No sé por qué es tan difícil de entender.
Como bien dice Ruth Bebermeyer en su poema: Las palabras son ventanas (o son muros).