Mi vecino, el océano

Redacción Animal Político · 15 de enero de 2026

Mi vecino, el océano

Durante mucho tiempo, el océano estuvo ausente de mis lecturas. No porque no apareciera mencionado, sino porque siempre estaba en los márgenes. Leía sobre impactos económicos del cambio climático, modelos integrados, daños proyectados a futuro. Agricultura, salud, infraestructura, productividad. El océano entraba tarde, o no entraba. Y esa ausencia empezó a pesarme.

Sabía —como cualquiera que haya mirado un globo terráqueo— que algo no cuadraba. El sistema que regula el clima del planeta, que alimenta a millones de personas, que conecta continentes y culturas, apenas figuraba en las cuentas que usamos para decidir políticas públicas de cambio climático. Ahí empezó la inquietud. No tenía aún una respuesta clara, pero sí una certeza: si quería entender ese vacío, tenía que acercarme más. Por eso me mudé a San Diego, a Scripps Institution of Oceanography en el año 2022.

Llegué con una pregunta bajo el brazo y muchas dudas sobre cómo se veía una respuesta. La primera semana platiqué con la entonces directora de Scripps. Le dije —con la emoción de quien acaba de llegar— que me parecía maravilloso trabajar todos los días frente al mar. Sonrió y me lanzó una advertencia suave, pero firme: no dejes que se vuelva tu papel tapiz. A muchos les pasa, me dijo. El océano siempre está ahí… hasta que deja de verse.

Con el tiempo entendí a qué se refería. El océano empezó a acompañar mis días. A veces con neblina, a veces con cielo abierto y en un par de ocasiones con la exhalación lejana de una ballena. Yo iba de seminario en seminario, de conversación en conversación, y él seguía ahí. Presente, constante. No hablaba, pero tampoco se iba. Fue entonces cuando se volvió vecino.

Mis colegas estudiaban arrecifes que se blanqueaban, manglares que perdían capacidad de protección, peces que cambiaban de ruta siguiendo aguas más frías. El océano se movía. Cambiaba. Respondía. Y, sin embargo, cuando yo volvía a los modelos económicos que informan decisiones climáticas, el mar seguía siendo un fondo difuso. Ahí se cerró el círculo. No era solo una intuición académica: era una omisión estructural.

El estudio que años después publicamos en Nature Climate Change nació de esa tensión. Intentamos algo aparentemente sencillo: incluir los impactos oceánicos en el cálculo del costo social del carbono, esa cifra que estima el daño total causado por emitir una tonelada adicional de dióxido de carbono. Cuando lo hicimos —sumando pérdidas en pesquerías, infraestructura costera, nutrición, recreación y también valores culturales— el número casi se duplicó.

No porque antes estuviera “mal”, sino porque estaba incompleto. El océano se calienta, se acidifica y pierde oxígeno. Eso se traduce en arrecifes que dejan de sostener turismo y pesca; manglares que ya no amortiguan tormentas; bancos de peces que se desplazan hacia latitudes más altas, dejando atrás comunidades sin sustento. Se traduce en puertos más vulnerables, ciudades costeras inundadas con mayor frecuencia y dietas empobrecidas en regiones donde el mar es la principal fuente de proteína. Pero el punto no es solo el número. Es lo que ese número permite decidir.

El costo social del carbono se usa para evaluar políticas públicas, inversiones, regulaciones. Si el océano no está ahí, queda fuera de la conversación. Y lo que queda fuera suele ser lo primero en sacrificarse.

Hoy ya no vivo frente al Pacífico. Regresé a México, a una ciudad rodeada de montañas, lejos de la línea del horizonte donde el mar insiste. Pero el océano no se quedó atrás. Aparece en el Golfo, en el Caribe, en el Pacífico mexicano; en comunidades que dependen de él para comer, para trabajar, para existir, y también en las decisiones públicas que seguimos tomando como si pudiera esperar. Mi vecino, el océano, nunca dejó de pagar la factura. Apenas estamos empezando a mirarla.

* Berny Bastien (@capi_planeta) es investigador en el Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM y divulgador científico.