Mi uña

Redacción Animal Político · 30 de enero de 2025

Mi uña

Más que las fotografías en las que veo el paso del tiempo en mi rostro y en mi pelo, más que los cambios que son obvios en las calles, la gente que quiero, las ausencias: con mayor fuerza que en cualquier otro rasgo, encuentro en mi uña un memento mori. Habita en mí la decadencia.

Esto empezó hace más de una década y de una manera inocente, casi alegre. Fui invitada a una comida que se hizo en una de las vecindades que la ciudad, la ambición y la mala planeación han desaparecido. La comida era en el patio compartido: unas cuantas mesitas de metal, sillas y manteles de plástico, bajo un árbol y una bugambilia. Me aburría después de un rato y un par de cervezas. Al fondo de ese patio largo, unos niños jugaban futbol con contagioso entusiasmo. Junto a mí se hablaba de los problemas filosóficos aplicados a la política, de Wittgenstein y Arendt, de la ignorancia de nuestros políticos. El sol de la tarde le hacía trampa a la fronda del árbol y a la trepadora, pegándome en el pecho. Los niños, en el otro extremo, pateaban su pelota en la sombra y hasta ahí fui, con mis bailarinas de piel negra, a patear su balón. Metí gol con la punta de mi pie derecho, con su dedo gordo, con su uña, muy particularmente. No sólo agüé la cascarita y desairé a los comensales, sino que me infligí un dolor agudo que palpitaba.

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Llevo al cuello una cadena de la que cuelga una placa que dice “CONSTANCIA”. Uso, con frecuencia, una pulsera en la que sonríen de manera permanente dos calaveras de plata bruñida; se enfrentan al final de un semicírculo, sobre mi muñeca. Son dos formas de enfrentar el cotidiano y de recordarme a mí misma algo que, de cualquier manera, me recuerda la uña que comenzó a descomponerse antes que yo, adelantándose a su tiempo.

Porque en aquella ocasión, hace más de una década, la uña de mi dedo gordo del pie derecho dijo: hasta aquí llegué, no aguanto más. Tal vez porque ese día —después de patear el balón, meter un gol que nadie quería ni necesitaba, dejar a mis amistades con la boca abierta y la plática interrumpida— volví a mi lugar en la tertulia, como si nada. Cuando llegué a mi casa me dolía la pierna entera. Metí el pie en agua con hielos, pero no hizo efecto. Tomé un analgésico, luego me dediqué a sufrir la noche entera. La uña fue poniéndose oscura de a poco. Rojiza al principio, más tarde morada, luego completamente negra; junto con ella, el dedo. Me dediqué a cojear hasta que una mañana vi a la uña levantarse como una tapa —plip, plap, subió, bajó— y decidí ir al médico. En el consultorio me la retiraron con unas pinzas, me limpiaron bien, me regañaron. Regresé a mi vida pensando que no pasaba de ahí. La cobertura de mi dedo crecería, todo volvería a la normalidad.

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La historia de los pies con sus uñas es larga, compleja, apta para pocos. Es famoso el “loto dorado” que destruyó cada parte de los pies de millones de chinas. Se ataban con fuerza cotidiana los pies de las niñas pequeñas, de siete años, dejándolos inútiles para caminar y dolorosos para el resto de sus vidas. La noción popular es que esos piecitos deformes, de dedos encimados con sus uñas enterradas, servían como afrodisiaco. Aunque se pensó que quienes calzaban mínimos zapatos de seda eran prostitutas, hoy todo parece indicar que eran una suerte de esclavas, quietas por necesidad, que fueron obligadas hilanderas, tejedoras, zapateras.

También la realeza se las ha visto con los pies y sus uñas. Enrique VIII es uno de los ejemplos más notables, aunque para nada el único. A los 44 años, en 1536, tuvo un accidente en una de las justas que tanto disfrutaba. El día del juego trágico, el imponente rey de Inglaterra cargó hacia el frente, sosteniendo su roque con fuerza, para luego volar por los aires como una marioneta; según los recuentos, quedó entre las patas del caballo, que alcanzó a correr un poco más antes de detenerse, machacando a la real figura. Aunque no murió entonces, ese episodio transformó para siempre a Enrique, arruinándole una salud que parecía de hierro. Sus piernas fueron desde entonces pústulas vivas. Engordó, tal vez tuvo diabetes, vivió ulcerado, con movilidad restringida, el resto de sus días. Sus pies dejaron de servir: hinchados, se volvieron parte de un tormento. Sus uñas habrán sido terribles, grotescas. A partir del accidente, el poderoso rey cayó en un declive físico y mental que acabaría con la vida de varias personas, incluyendo la suya.

Mi humilde y plebeyo pie mostraba un tejido ungueal incipiente. Durante largo rato, apenas se insinuaba un día sí y otro también. Dejé de usar sandalias descubiertas, llevaba botas a toda hora sin importar la ocasión. Por fin, después de meses, una uña. Sí, pero torcida, manchada, con pinta de no ser una recién nacida. Se dañó la matriz con el golpe, me dijo un podólogo al que fui afligida. ¿Y ya?, pregunté. Tardará más tiempo en sanar y puede infectarse. Vislumbré en sus palabras una maldición. Supe entonces que casi el 60 % de la gente tiene o ha tenido infecciones en los pies, en sus uñas: hongos, virus, bacterias. También que las uñas del cuerpo son como un oráculo en el que puede leerse el pasado, el presente y el futuro de la salud de las personas. Ahí están deficiencias vitamínicas, enfermedades del hígado, un cáncer posible, abuso de sustancias, accidentes, falta de higiene, malas mañas.

Ya infectada cambié de consultorio: se requería otro método. Donde llegué me dijeron que todo se solucionaría con una terapia láser. Acepté, pagué. Una señorita mal encarada enganchó mi uña a un garfio blanco. Si duele mucho, presiona aquí, dijo extendiéndome un cable del que pendía un botón. Nada primero, luego la muerte chiquita. Presioné el botón con fuerza. Volvió la señorita con una peor cara. Es demasiado pronto, no te pudo doler. A mi sufrimiento se sumó la culpa. El episodio se repitió cuatro veces. Yo padecía como una mártir, ella se negaba a mis peticiones. Descubrí mi veta más masoquista, todo fuera por curarme.

Sólo que no me curó: me quemó. Así que fui a dar con mis pies a otra especialista.

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Dicen que la vida es la contingencia y en ese rubro soy una experta. En inglés le llaman “accident prone”: una historia de dislocaciones, desgarres, hematomas, raspaduras y cicatrices respalda, en mi caso, el dicho.

Por fin con sandalias de nuevo, me lancé a caminar por una calle empedrada y extranjera, un poco avergonzada de esa uña rara. Era un viaje de trabajo. La plática con mis colegas me tenía entretenida, no miré bien la banqueta. Encajé el pie en un filo de piedra, la uña se levantó como antes, plip-plap. Volví del viaje a un samsara para mi pie. Se sumó lo siguiente: jugué con el perrito de un amigo y su canino atravesó mi zapato; mi perra soltó un juguete inmenso donde de nuevo comenzaba el imparable proceso de regeneración a la que la vida nos somete; fui pisoteada, tropecé de nuevo, me pegué de nuevo.

Mientras mi uña se negaba a volver a un estado deseable, la vida seguía. Personas y mascotas amadas enfermaron y murieron. Alguien se mudó de casa, de país. Hubo divorcios, reencuentros, otras pérdidas varias. Cambiaron los gobiernos y los gobernantes. La Ciudad de México dejó su nombre y empezó una transformación desaforada: se fueron casas hermosas, árboles añejos, áreas naturales. En el mismo lapso, el planeta se calentó más de un grado centígrado, el mar subió de nivel, se extinguieron varias especies de animales, desde rinocerontes hasta caracoles. Cada episodio dejó su huella: el mundo es raro, nos encaminamos a la pérdida y poco hemos entendido. A la par, comenzaba a verse en mí la metamorfosis de la edad, reflejada en mi renuencia a lanzarme a la aventura física o patear balones.

Mis pies fueron en un tiempo el único rasgo de belleza de todo mi cuerpo. Un pintor los consignó en óleos y una fotógrafa ahora convertida en artista plástica los fotografió. Hoy son herramientas —útiles, cuidadas, muy protegidas. Mi uña mejora a su ritmo, ajena a la rotación del planeta. Ajena, pues, a todo lo que se acaba.

* Julieta García González (@julietaga) es subdirectora de @LiteraturaUNAM.

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