blogeditor · 23 de mayo de 2014
Confieso, primero, que he vivido y, segundo, que me gusta Coldplay. Lo digo como quien admite un secreto oscuro. En el pedante mundo de las predilecciones musicales, hay gustos que funcionan como un boleto de entrada al club de la corrección política y la aceptación social, una suerte de lingua franca del cool. Por años, los cadeneros del club han sido los señores de U2. Incluso ahora, cuando los tiempos del conmovedor dolor irlandés han dado paso a su versión más operática y pretenciosa del pop, U2 sigue siendo el ajonjolí de todos los moles. Nadie arriesga nada diciendo que le gusta Bono, The Edge y compañía.
Alguna vez, el gusto por Coldplay fue inofensivo también. En sus primeros años, el grupo logró ser lo suficientemente alternativo y alegre como para resultar irresistible. Ayudaba también el carácter de Chris Martin, una especie de joven aristócrata estilo oxbridge convertido en músico. En sus primeros conciertos en México, Coldplay reunió no sólo a adolescentes febriles sino a conocedores de la música popular, todos aplaudiendo el talento del grupo cumbre del britpop. Con el tiempo, sin embargo, Coldplay dejó de ser lo que era. El sonido se volvió repetitivo y los músicos del grupo demasiado… famosos. De poco ayudó que Martin renunciara a sus credenciales alternativas al casarse con la mayor estrella de Hollywood de su generación. De pronto, Coldplay se volvió un grupo antipático y simplón y los fanáticos fieles como yo tuvimos que comenzar a disimular nuestra emoción al escuchar “Viva la vida”. Así hemos pasado varios años, aguantando vara y protegiendo nuestro apego a los coros pegajosos de Martin y los suyos como quien cuida un recuerdo infantil.
No me arrepiento de esos años de fidelidad musical.
[contextly_sidebar id=”23a09f2498c34151ce41fcc2dc0aba81″]Ahora, sin embargo, debo reconocer que, con su último disco, mi amor por Coldplay ha comenzado a disiparse. No es que ese sea un mal disco. Tampoco me molesta que, en un intento por reinventarse, el grupo haya abandonado casi por completo el estilo que le dio fama y fortuna. Tampoco es eso. Aunque no tengan ni de lejos la emocionante energía de otras canciones, la mayoría de las pistas de Ghost Stories me gustan, especialmente Always in my head y True Love. ¿Cuál es, entonces, mi queja? Mi problema es con la historia detrás del disco. Ostensiblemente, Martin ha querido utilizar este disco como una catarsis ante el muy público y peculiar colapso de su matrimonio con Gwyneth Paltrow. En una coincidencia que evidentemente no es coincidencia, el disco apareció justo unas semanas después de que Martín, a quien siempre he considerado auténtico, anunciara su separación de Paltrow. El chico de Yellow se ha vuelto un gran mercadólogo.
Y luego están las canciones en sí, o mejor dicho las letras de las canciones. Ahí es donde Coldplay comienza a perderme. Resulta que Martin decidió aprovechar la voz del grupo para exorcizar sus propios demonios. Mientras susurra en falsetto su desamor, Martin se retrata como un chamaco enamorado, víctima de una mujer que dejó de quererlo. Es, carajo, Coldplay como chantaje emocional. E incluso si le perdonáramos la pose, las letras de Martin son de secundaria. A ver, querido lector, hagamos una prueba. Le pondré cinco frases. Dígame cuáles corresponden a la fallida pluma del Chris Martin melancólico y cuáles rescaté de una carta que le escribí a una novia a los 13 años.
“Si no me quieres, miénteme”
“A pesar de todo lo que pasamos, todavía creo en la magia”
“Lo único que sé es que te quiero tanto, tanto que duele”
“Ayer por la noche veía la tele y deseaba que estuvieras junto a mí”
“En un cielo lleno de estrellas, creo que te veo”
¿Entonces? ¿Cuáles son mías y cuáles de Martin?
Todas, me temo, son de Martin. Yo tengo demasiado pudor como para hacer pública la versión más cursi de mi desamor. Lástima que el buen Chris Martin no hizo lo mismo.
p.d.-Si quiere usted escuchar una verdadera canción de desamor, acá le dejo I need my girl de The National. Eso sí es una historia de fantasmas.