blogeditor · 14 de noviembre de 2012
Cuando era niño, la dinámica familiar en casa consistía en gritar y pelear para hacerse presente. Yo, siendo el último en llegar, llevaba todas las de perder, así que me acostumbré a asumir la derrota sin heroísmo, estoicismo o dignidad alguna.“¡Ya! ¡Parecen perros y gatos!”, solían gritar los adultos a modo de represalia, quienes, lejos de estar exentos, alimentaban dicha dinámica.
Eso, aunado al cliché de las caricaturas “perro-persigue-gato / gato-persigue-ratón”, me hizo crecer con la certeza de que era materialmente imposible que felinos y canes pudieran convivir de forma pacífica.
En aquel zoológico familiar de mi infancia nunca hubo cabida para mascotas: ladrarse y arañarse era un derecho reservado para los bípedos. Ya cerca de mis treintas tuve la fortuna de adoptar un par de gatos: Miztli y Metztli (en paz descanse… o, mejor, en acelere juegue), una de las mejores decisiones que he tomado en mi vida.
Meses después, llegó otra gran decisión: Martina, una perrita capaz de hipnotizar a cualquiera con su azul mirada. Las primeras veces que los dejé solos en casa me quedaba imaginando escenas de terror del corte “perro-persigue-gato / perro-arranca-cabeza-de-gato-de-tajo”. Inocente de mí. Bastaron unos días para darme cuenta de que Martina era claramente la sumisa hermana menor y Miztli, el gandallita hermano mayor. Eso sí, su convivencia era MUCHO mejor que la de mis hermanos y yo.
No es que se cayeran bien, pero se toleraban. Tampoco se la vivían peleando (jamás tuve que gritarles “¡Ya! ¡Parecen humanos!”). Sus mayores interacciones consistían en acurrucarse en una misma área, sin tocarse, como para darse calor pero de lejecitos, o en Miztli hurtando la cama de Martina cada que ésta se levantaba a tomar agua. Ella no hacía nada para defenderse. Tampoco cada que su esponjada cola era sometida a los zarpazos de un gato en cuya cabeza ese mechón blanco no era sino un juguete. Eso sí, un día que Miztli pretendió hincar el colmillo en la comida de Martina recibió un par de ladridos tan fuertes que salió huyendo. Aprendió el mensaje: ese sería su único pero contundente límite con la hermana menor. (Ojalá yo hubiera sabido ladrar así cuando niño).
Apenas ahora, años después (y tras la muerte de su hermanita felina), a Miztli le ha dado por bañar de vez en cuando a Martina. No deja de maravillarme. ¡Es una muestra de amor que va en contra de todas las reglas naturales de… las caricaturas! A ella no parece encantarle, pero se aguanta.
Qué maneras tan peculiares encuentran los hermanos para decirse “te quiero y me preocupo por ti a pesar de todas nuestras diferencias”, ¿verdad?
Saludos, hermanos.