blogeditor · 28 de septiembre de 2015
¿Tendré que morir sin haberlo encontrado? Rezaba la pancarta de una mujer desgastada que caminaba como entre arrastrada por la gente, y como entre decidida y desencajada.
El sábado sin ir más lejos. Cuando decidí ir a presenciar el paso de los que exigen la aparición de sus hijos no devueltos. Había cientos de respiraciones interactuando con el aire, pero a mí me parecía que sólo la mía se oía. Y los que marchaban, lo que cargaban era el sudor en la frente. Un hombre que estaba a mi lado encendió un cigarro. Tenía una camisa negra gastada y singularmente un pañuelo en su mano de color verde. Su cabello de corte militar llamó mi atención y entonces recordé que entre las marchas siempre deambulan los militares vestidos de civil o si no militares, la policía. Y entonces me distrajo el ruido de un micrófono. Y estaba de repente y sin querer ya casi metida en la marcha, así que retrocedí algunos metros para dejar que la gente avanzara. La verdad estaba muerta de frío. Y de mal humor porque para llegar a donde me encontraba había tenido que sortear varias vallas de policías que me miraban despectivamente, como si acercarse al punto de la marcha de indignación ya de por sí fuera un delito. Aunque pensándolo bien, el marco de la indignación de estas vallas era un buen inicio semántico.
[contextly_sidebar id=”4ghuKmv0vKspNSJe9jAz3Eu5OezFrOhV”]Tengo que ser sincera y a veces odio la realidad, pero no mi realidad. A ver si me doy a entender. Es bien cuando leemos las noticias y miramos sorprendidos los videos de lo que pasó en Iguala, es mal cuando nuestra realidad no se asemeja ni en un gramo a lo que viven las personas que estuvieron ahí y a veces es difícil distinguir entre realidad y fantasía.
Sí, distingo que la felicidad es leer el periódico sentada en un Starbucks; claramente en ese momento me encuentro en un estado de bienestar que puedo describir como un momento relajado en mi vida. Pero saben, mi forma de fluir es otra. Cierro los ojos y me meto adentro de esos escondites que tengo. Y si en ese momento el escondite está lleno de imágenes de personas desesperadas por saber que pasó y dónde están sus hijos, mi bienestar deja de ser precisamente eso.
Qué bien sabe la suerte del pensamiento anestesiado. Y las piernas incendiadas balanceándose. El irme a asomar y ver no solo una brisa de nostalgia, sino un torbellino de tristeza me hace pensar que yo sería igual si me arrebataran mi tranquilidad.
Cuando se me da por el desánimo me gusta acordarme que existen personas que están luchando por un cambio en nuestro país. Hoy, tengo sus expresiones grabadas en mi disco duro de la memoria. Sus gritos. Sus manos morenas. Sus caras de cansancio. Sus llantos certeros y demoledores cuando algo ven y les emociona. Sus asombros al ver el apoyo de jóvenes. Algunos de ellos tienen cara de ser la primera vez que visitan el DF pues miran hacia los edificios de Reforma un tanto sorprendidos de la altura. Otros caminan y me parece que tienen hasta la misma altura de los edificios. La Marcha de la indignación. Y yo fui testigo.
¿Será que México tiene un pájaro en mano?