blogeditor · 31 de octubre de 2011
Recuerdo cuando era pequeña mi gran afición a los cuentos de terror, la emoción que me embargaba ir a comprar un cuentito de esos de terror al puesto de revistas de la esquina, a mi madre no le causaba mucha gracia, después me hice fan de las películas de terror, y de pequeña recuerdo haber visto “El exorcista”, “La profecía”, “Pesadilla en la Calle del Infierno” y bueno todas y cada una de sus derivaciones. La adrenalina que me causaba sentir, que en cualquier momento saltaría de la butaca del cine siempre me ha parecido inigualable.
Pobres de mis novios, debían chutarse una a una todas las películas de la cartelera de terror y miedo, que para ser muy honesta debo confesar que de 50 una era buena. Recuerdo que más o menos desde los 12 años comencé a escribir cuentos de fantasmas. Mis padres nos llevaban a mis hermanos y a mí al panteón a dejar las flores a las tumbas cada 2 de noviembre y lo que más me impactaba eran las tumbas abandonadas, decenas de tumbas abandonadas, sucias, llenas de telarañas, las cruces o figuras de yeso destruidas, recuerdo que solía acercarme para leer los epitafios y ahí es donde mi imaginación volaba y volaba a inventar cuentos.
Mi padre que también escribía me animaba a plasmar mis ideas en el papel, aquel primero trataba de una niña encerrada en uno de esos mausoleos que esperaba a sus familiares cada día de muertos, describía su emoción por ver que tanto habían cambiado sus hermanos y padres. Todos los días se divertía de formas diferentes, jugando con arañas, observando a la gente, pero un día dejaron de visitarla y su tristeza la llevo a la locura, el final es una reflexión: “No hay felicidad completa, soñamos, planeamos, nos evadimos del presente pensando y trazando el futuro y después… volvemos al pasado… quizá ya, en otra dimensión.”
Un cuento predecible, lo sé, muy Stephen King. Después continué con más cuentos. Los de manicomios eran mis favoritos, los de ángeles malvados, madrastas, amantes, de todo.
Ayer escribía el prólogo del cuento que en seguida leerán, y tomando un respiro fui a comprar unos chuchulucos al súper, entonces me detuve en la esquina para tratar de comprar uno de esos cuentitos de terror. Leí en la primera plana de un periódico: “Pánico en Los Cabos…obligan a resguardo de la población” heridos y muertos.
Continúo la lectura: “Enfrentamiento entre sicarios y ejército”
Muertos…muertos…muertos…
No hace falta ya el cuentito de terror, lo vivimos a diario. Mi amiga Erika Ruiz que escribe su columna aquí en Animal Político me lo dijo un día en una reunión. “México desperdicia campos enormes para la inversión extranjera; el primero de ellos, pueblos desiertos y abandonados que se pueden alquilar para set de películas, se pueden ofrecer paquetes que incluyan bombas, muertos y balaceras reales, digo se ahorrarían en “stones” miles de dólares; en segundo lugar campos de investigación sobre acontecimientos nunca vistos en ningún país ni en ninguna época, partidos políticos de oposición unidos para obtener poder; y en tercer lugar pero no menos importante *ja* el daño colateral que causa el gel del cabello en el cerebro de las personas.”
Estos si son cuentos de terror, que Freddy Krueger ni que nada.
Innumerables son las noticias que te enchinan la piel hoy y aquí en México, rozan lo horrible y el terror, ¿cuántas familias no habrán de llevar este 2 de noviembre flores al panteón de algún ser querido abatido por la violencia que se vive en nuestro país?. Pronto llega la respuesta: Entre diciembre de 2006 y diciembre de 2010 han muerto alrededor de 35 mil personas por vía de ejecuciones y enfrentamientos entre bandas rivales o agresiones a la autoridad.
Un fantasma es un recuerdo o imagen persistente de un ser humano extrañamente espectral e irreal, yo los llamo “fantasmas de ausencia” que se tornan en “fantasmas de dolor”. Hoy en México hay muchos fantasmas de dolor y por ellos, no estaría mal colocar una vela, por lo menos en nuestra memoria.
Aquí les dejo un cuento de Miedo.
ASESINATO
Roberto mató a su novia. Cuando fue arrestado se encontraba en estado de shock y parecía no tener ningún recuerdo del hecho.
Los detalles del hecho, expuestos en el informe del forense, eran macabros y no pudieron revelarse en el juicio público, se concluyó tras varios análisis que sufría de una enfermedad mental. Luego estuvo cuatro años en un hospital psiquiátrico para desequilibrados que han cometido actos criminales…pese a las dudas de si era delincuente o loco. Él parecía aceptar su internamiento “No estoy en condiciones de vivir en sociedad” siempre repetía a sus doctores.
Siempre le habían interesado las plantas, y este interés, tan constructivo y tan alejado de la zona de peligro, de la acción y de la relación humana, se le fomentaron en el hospital prisión donde vivía, parecía haber logrado una especie de austero equilibrio, en el que las relaciones y las pasiones humanas, tan tempestuosamente anteriormente, las había remplazado con una calma extraña.
Transcurridos cinco años empezó a salir bajo palabra, permitiéndosele abandonar el hospital con permisos de fines de semana. Se compró una bici y fue esto lo que precipitó el segundo acto de su extraña historia.
Bajaba pedaleando, de prisa, como a él le gustaba, por una pendiente, cuando surgió de repente un coche, en sentido contrario, Roberto intento desviarse para evitar el choque frontal, perdió el control y acabó precipitándose violentamente, de cabeza contra el piso.
Sufrió una grave herida en la cabeza, permaneció en coma, hemipléjico, casi dos semanas, y luego inesperadamente comenzó a recuperarse. Y entonces, en ese momento, empezaron las pesadillas.
El regreso, el re-amanecer de la conciencia, no fue dulce: vino acompañado de una vorágine y una agitación desagradables, que Roberto, semiconsciente, parecía debatirse violentamente y exclamaba sin cesar: “¡Oh dios!” Y “¡No!”. Los recuerdos ahora eran terribles. El asesinato de hace años, antes perdido en la memoria, se le mostraba con detalle vívido. Veía continuamente el asesinato, lo representaba una y otra vez. ¿Era aquello una pesadilla, era locura?.
Se le interrogó con las debidas precauciones, con el mayor cuidado para evitar cualquier insinuación o sugerencia…y efectivamente todo lo que había estado, o parecía perdido u olvidado era recuperado ahora. Más aún, era incontrolable; y aún más insoportable. Roberto intentó suicidarse dos ocasiones en la unidad neuroquirúrgica y hubo que administrarle tranquilizantes fuertes y controlarle por la fuerza.
¿Qué le había ocurrido a Roberto? ¿Qué estaba sucediéndole? Muchas teorías entre sus familiares sobre posesión, entre sus amigos sobre consumo de drogas. En realidad los médicos nunca llegaron a una decisión clara.
Sólo queda contar el resto de la historia. La juventud, la suerte, el tiempo, la curación natural, la función pretraumática del cerebro, ayudados por terapia han permitido a Roberto, con el paso del tiempo, una recuperación enorme.
Roberto se encuentra bajo observación psiquiátrica, regresó a la jardinería y cada vez que corta las raíces o las flores de su jardín imagina como destaza el cuerpo de su novia, solo que ya no se lo dice a nadie, en lugar de eso solo responde: “Siento una paz trabajando en el jardín”, “ahí no hay conflictos, las plantas no tienen ego…no pueden herir tus sentimientos”.