blogeditor · 19 de abril de 2022
Tenemos que aceptar una realidad que se hace evidente cada tres años en nuestro país desde 1997: somos una sociedad plural. México es un país con más de 130 millones de personas que combina realidades tan diferentes como las de Monterrey y Tapachula, las de Tijuana y Mérida, las de la Ciudad de México y Guanajuato. Un país tan grande y con una diversidad tan basta también tiene necesidades, opiniones, puntos de vista e ideologías diversas que no van a coincidir y se pueden incluso llegar a anteponer.
Desde que el partido en el gobierno perdió su mayoría en 1997 y comenzó la vida democrática de México, esto se hecho evidente cada tres años en la conformación de nuestro Congreso. El poder legislativo es un espejo de la sociedad mexicana. En él están las y los representantes de la sociedad en la vivimos y desde que transitamos a la democracia ninguna fuerza política ha tenido la mayoría, no por magia o maña de los participantes, sino porque simplemente México entero no se identifica ni quiere identificarse con un solo color. Eso ha provocado que cada legislación sea producto de un acuerdo entre la pluralidad del país, en donde nadie gana ni pierde todo.
Sin embargo, en 2018 el actual grupo gobernante decidió insistir a todos vientos que esto no era así, que ellos y solamente ellos representaban “al pueblo” y que México entero cabía en su proyecto. De ahí se desprendió toda su narrativa, actuar y relación con otras fuerzas políticas con una descalificación constante y sin la intención de generar acuerdos o alianzas que podrían haber garantizado un apoyo mayor al proyecto de país que intentaban construir.
Esa narrativa fue fructífera durante los primeros tres años de gobierno, donde se contaba con arrastre de la aún abrumadora votación que le dio la victoria al presidente y cuando, artificial e ilegalmente, se consiguió una mayoría en el Congreso de la Unión que le permitió al grupo gobernante aprobar cualquier cosa sin necesidad de escuchar a nadie más. Frases como el “No importa lo que digan, nadie los vota”, del senador Cravioto, muestran claramente que muestran claramente esta cerrazón a cualquier tipo de debate.
Pero a ya casi 4 años de ello, en solamente dos semanas se demostró que esa narrativa y dinámica ya no le da a la coalición gobernante para mantener su posición. Gracias a nuevas reglas aprobadas por el INE no se permitió nuevamente una sobrerrepresentación anticonstitucional, la consulta de la revocación de mandato demostró que realmente la base activa de apoyo al presidente (que no necesariamente a su partido) es relativamente poca y con la discusión de la reforma eléctrica se mostró que el gobierno no puede seguir haciendo su voluntad sin consultar a las minorías. El mensaje es bastante claro: México no cabe en un solo proyecto.
Todos los presidentes de la historia democrática de México han tenido que asumir que sus proyectos políticos no pueden realizarse con el apoyo de sus simpatizantes solamente. La negociación, el buscar a las minorías, convencer y ceder es la normalidad en cualquier democracia plural y ha sido justamente la negativa a aceptar eso lo que ha provocado que el grupo gobernante se acerque cada vez más a un naufragio de autocomplacencias y autorreferencias. Mientras no se cambie la narrativa de que todas las personas que no piensan como el presidente son “traidoras a la patria” o que por pensar distinto eres un “vendido a intereses extranjeros” se seguirán quemando los puentes que hacen posible tener un gobierno funcional en una democracia.
El burlarse, menospreciar e insultar a la oposición, por muy pequeña que sea, no es solamente faltarle al respeto a personas de carne y hueso que han decidido dedicar su vida a construir el México en el que creen, sino es también decírselo a los millones de personas que éstas representan. Las y los integrantes de la oposición fueron votados por el mismo pueblo que votó a las y los integrantes de la coalición gobernante. Ese pueblo que tanto dicen defender decidió quitarles la facilidad de realizar reformas constitucionales solos, nunca se las dieron y nunca se le ha dado a ningún gobierno de la historia democrática de México.
Los gobiernos que se ahogan en discursos autocomplacientes, que se asumen como únicos guardianes de la verdad y que ven en las personas que piensan diferente no a interlocutores a los que hay que convencer, sino a enemigos a los que hay que crucificar (como dijo una diputada recientemente), están destinados a fracasar. La razón es bastante sencilla, quieren imponer una realidad de un solo color donde hay un arcoíris de opiniones y puntos de vista. La pluralidad no se muere por decreto y lo demuestra elección tras elección.
Ojalá y, pase o que pase en el 2024, entendamos que en México la política sectaria, de exclusión y descalificación gratuita no tiene cabida. En nuestro país el ser parte de una minoría y el pensar distinto no significa estar anulado o anulada, eso lo sabe la sociedad, espero que pronto lo entienda la coalición gobernante.
* José Antonio Cárdenas Rodríguez (@T_Cardenas_) es licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública por la UNAM y Maestro en Políticas Públicas por la London School of Economics. Campeón Nacional de Debate Político y militante del PRD.