Redacción Animal Político · 29 de septiembre de 2023
Fue durante la consolidación del Primer Imperio en 1821, en el gobierno de Agustín de Iturbide, que apareció la primera bandera tricolor donde por primera vez vislumbramos los colores de lo que hoy conocemos como México. Dicen los que saben 1 que toda nación es un proyecto ideológico y una tradición inventada, y nuestro país no es la excepción. Dentro de la construcción de la identidad del país se nos ha dicho que el verde es la esperanza del pueblo, el blanco la paz que anhelamos y el rojo la sangre que derramaron “nuestros héroes”.

No obstante, tal como refleja el estudio presentado por Lexia en marzo de este año, Sueños y aspiraciones de las y los mexicanos, para las y los mexicanos es difícil mantener la esperanza ante tanta inequidad, corrupción y crisis económica. A lo largo de los 200 años de historia de esta joven nación no se ha logrado mantener la paz: guerras, intervenciones, represión contra disidencias (estudiantes, maestros y maestras, activistas, defensoras y defensores del territorio, feministas, etc.), así como el uso excesivo de la fuerza, desapariciones, violaciones a derechos humanos, feminicidios y guerra contra el narco. Vivimos en un país que se ha convertido en una fosa común, en dónde incluso las madres deben buscar por sus propios medios y con sus propias fuerzas a sus “tesoros”, y ante este panorama tan desolador, la paz parece tan solo una utopía. Dentro de este lienzo mexicano pareciera que se impone el rojo.
Ante este desolador escenario, quizá es momento de mirar a otros colores, a otros lienzos, no debemos limitarnos al tricolor. Afortunadamente, vivimos en un país megadiverso, multicultural y multicromático, de donde podemos aprender, reaprender y desaprender. Dentro de este gran proyecto identitario que es la nación mexicana, históricamente se han silenciado y borrado saberes que hoy día deberíamos escuchar.

Con el proyecto nacionalista impulsado a lo largo del siglo XIX se retomaron muchas de las investigaciones referentes a los pueblos existentes antes de la llegada de los colonizadores europeos, las famosas culturas prehispánicas. El criterio para seleccionar lo que formaría parte de nuestra gran Historia Nacional (así con mayúsculas), fue la existencia de grandes construcciones monumentales, que vino junto a los descubrimientos de zonas ceremoniales como La Venta, Teotihuacan, Monte Albán, Tajín, Chichen Itzá, Palenque, Tulum, Tula y Templo Mayor. La importancia que desde el Estado se le dio a estas construcciones y a sus creadores terminó por homogeneizar la historia de la diversidad cultural. Aún hoy en día poco sabemos sobre los pueblos que ocuparon el norte y Occidente del territorio, y aunque tenemos algunas pistas, dentro de la gran Historia Nacional a estos pueblos no se les ha otorgado el estatus que a los anteriormente mencionados, pues lo importante era resaltar la magnificencia.
La identidad mexicana se ha basado mucho en esta historia prehispánica, sin negar la historia colonial. Mucho se habla de “nuestras raíces”, “nuestros “pueblos”, como si las personas y las identidades se pudieran poseer; el replicar estas discursivas refleja el excelente trabajo que han hecho las instituciones Estatales en la consolidación de su proyecto nacional.
Mucho de esta gran Historia Nacional se ha construido sobre el aire, el racismo y el despojo. Y digo que se han colocado castillos en el aire, simplemente retomando al reconocido etnólogo Paul Kirchoff, principal impulsor del concepto de Mesoamérica que sentaría las bases para esta construcción del glorioso pasado mexicano. Después de la zona de confort que generó su texto sobre los límites geográficos de Mesoamérica, Oasisamérica y Aridoamérica, él mismo pidió que estas categorías se criticaran y se mejoraran, pues se corría el riesgo -cosa que ocurrió- de invisibilizar las particularidades propias de cada cultura; sus recomendaciones se pasaron por alto e incluso hoy en día se siguen replicando, tanto en la academia, como en libros de texto y en la divulgación histórica.
Posteriormente Kirchoff, junto al etnohistoriador Wigberto Jimenez, señalaron que lo que conocíamos referente al pasado prehispánico no era ni el 1 %, pues el otro 99 % se fue perdiendo con el tiempo, por la falta de registros y con la colonización del territorio iniciada en 1521 con la caída de Tenochtitlan. Todo ese desconocimiento es lo que me lleva a decir que se construyó sobre el aire. Por otro lado, no debemos de perder de vista que lo que conocemos como Virreinato o la Época Colonial se construyó sobre el exterminio de cientos de pueblos; una gran cantidad de lenguas originarias desaparecieron y con ellas su historia, conocimiento y saberes. Las crónicas de aquellos tiempos fueron escritas por frailes y conquistadores, siempre bajo sus propias ideas y prejuicios; lo que conocemos es mínimo y con obvios sesgos.
Lo que hoy reconocemos como el territorio mexicano estaba lleno de colores en la comida, en la pintura, en los códices, en los templos, en los rituales y en los textiles. Estas expresiones materiales e inmateriales de los pueblos se vieron enriquecidas con la llegada de los europeos (y la influencia árabe que con ellos venía) y de las personas esclavizadas traídas de África, por lo que los lienzos que se empezaron a crear, tejer y bordar se enriquecieron. Y no lo digo metafóricamente, sino también literalmente.


En más de una ocasión las tejedoras mayas de Guatemala han señalado que sus textiles son los libros que la colonia no pudo quemar, y sin duda es una de las más bellas aseveraciones de nuestros tiempos. El tejido en telar de cintura y gran parte de las prendas que se crean con él son un buen ejemplo de la historia y saberes de los pueblos, así como una bella muestra de la diversidad y colores que hay dentro de la historia. A eso me refiero cuando digo que somos más que solo tricolor: la gran diversidad de técnicas y lienzos es una mínima muestra de lo que alguna vez existió en este territorio.
Hoy día vemos cómo los textiles creados por tejedoras y tejedores de comunidades indígenas se mercantilizan, cómo aquellas grandes casas de diseñador se enriquecen con la venta de prendas que no entienden, se apropian de diseños sin reconocer a las y los verdaderos herederos de estos. Se comercian y son usadas entre personas que pocas veces han encarnado el racismo o la discriminación por su color de piel, que terminan por apropiarse de prendas, luchas y discursivas que pocas vences comprenden y entienden. Incluso, hay quienes acaban banalizándolas de tal manera que las incorporan a sus discursos de campaña.

En aquellas elecciones de 2018, por primera vez una mujer, elegida por pueblos y comunidades indígenas se lanzó a la presidencia, y sólo encontró obstáculos institucionales, burlas, señalamientos, discriminación, etc. Al parecer no todas tienen la misma fortuna que otras de portar un huipil sin ser blanco de ataques. Mari Chuy, en algún momento nos demostró cómo se hacía una contienda política con dignidad y honestidad. Tenemos mucho que aprender de los pueblos, comunidades y naciones originarias que preceden a la creación de México como Estado- Nación. Organización comunitaria, participación igualitaria y defensa del territorio como en Chiapas, Michoacán, Oaxaca, Sonora, Sinaloa, Guerrero, Yucatán, etc.… Otros mundos son posibles, más no sencillos. Cada lugar tiene sus propios problemas internos, no debemos romantizar los procesos, a veces los desacuerdos son más que los acuerdos, pero se camina en conjunto evitando los caudillismos y la personificación de las transformaciones. Tenemos mucho que ver y aprender de este gran lienzo multicolor.

Aprendamos de la diversidad, conozcamos y respetemos otras formas de ser y existir en el mundo. Reconozcamos las luchas y la resistencia de cada comunidad, pueblo y nación que, como señala la lingüista mixe Yásnaya Aguilar Gil, quedaron encapsuladas dentro del Estado mexicano. Históricamente han peleado por existir y mantenerse; no banalicemos su existencia, ni sus saberes. No son nuestros, no nos pertenecen, su historia se ha tejido aparte de la población mestiza, pues en ella se mantiene el colonialismo y se encarna el racismo, el despojo y la violencia. Sin embargo, han encontrado formas de vivir en paz, con dignidad y alegría. Aprendamos de eso, pero no nos apropiemos de saberes ni vivencias que no nos corresponden. Empecemos por lo pequeño, el respeto a los textiles. Estos no pueden usarse banalmente y como disfraces de “lo mexicano”; como representantes de identidad “mexicana”, usar un huipil no nos hace pertenecientes a alguna comunidad. Respetemos las formas de gobierno propio y lo que ello conlleva. Los bastones de mando no son estafetas que se pasan sin consentimiento de las comunidades. Cada expresión material e inmaterial tiene una historia mucho más compleja de lo que nos han dicho en nuestras clases de historia y en los libros de texto, y no hablo de los recientes, sino de los que marcaron la infancia de todas y todos quienes se asumen mexican@s.

* Eréndira Martínez Almonte (@ErendiraTecpatl) Estratega en Lexia, Etnohistoriadora de medio tiempo y Antropóloga de tiempo completo.
1 Hobsbawm, Eric (1997 [1991]) Naciones y Nacionalismo desde 1780, Grijalbo, Barcelona.