Opinión y Análisis · 23 de octubre de 2026
La verdad, no recuerdo exactamente hace cuánto tiempo Soledad Loaeza publicó un artículo sobre un fenómeno que ya se antojaba tanto muy triste como demasiado preocupante. A saber, el poco o nulo amor que se le tenía, tiene, a la Ciudad de México.
Y es que, al parecer, empezando por las élites y las clases altas ricas y, en consecuencia, las clases populares y los desposeídos pobres, todos, permanecen ciegos y no ven en la capital de la república mexicana un espacio en donde sus ciudadanos (la clase media incluida) han luchado históricamente para hacer valer sus derechos, para existir; niegan el territorio multicultural, migratorio y social en donde convergen más de 20 millones de personas con una enorme necesidad de ver en sus espacios vitales (públicos) un territorio que les pertenece y que, por ende, precisan de cariño, amor y protección.
Loaeza veía con suma preocupación las tempranas alertas de un nihilismo y un valemadrismo sociales que estaban degradando poco a poco, pero de manera constante, las mínimas reglas de convivencia social, tan necesarias para poder subsistir en una sociedad como la chilanga, tan densa y tan profundamente pluricultural.
Lo que parece un asunto local “lejano” tiene todo que ver con un fenómeno que ha sido puesto en la palestra mundial (el desplazamiento, los fondos buitre y la indolencia de dueños) a propósito del desalojo de Maricarmen (María del Carmen Abascal Martín), una mujer de 87 años que vivía en un edificio en el Centro de Madrid desde hacía unos 70 años. Palabras más, palabras menos, su edificio fue adquirido por un fondo de inversión que le subió la renta de manera estratosférica de la noche a la mañana, haciendo imposible cubrir semejante cantidad.
Surgió un debate en redes en el sentido de que los dueños tienen todo el derecho a subir la renta y que, siempre y cuando las personas que habitan los edificios sean avisadas conforme a la ley, repito, conforme a la ley, estos no tienen la obligación de proporcionar vivienda a la gente. Que, en todo caso, es o tendría que ser el gobierno el que implemente programas de vivienda para todos quien amortigüe o alivie la gravedad de este enorme problema.
Las imágenes de Maricarmen siendo desahuciada en camilla desataron la indignación mundial y su transmisión mediática desató un movimiento de protesta, claro, en un Madrid y una España en donde sus jóvenes (por hablar de un sector muy afectado) no se pueden emancipar porque la renta (incluso para habitaciones reducidísimas), sencillamente, se ha vuelto impagable, con todo lo que eso significa de suyo para un país “primermundista”.
El debate se ha concentrado mucho, claro, en la voracidad de estas firmas inmobiliarias y fondos buitre que, en aras de convertirlo todo en un gigantesco Airbnb (por poner un ejemplo) o en zonas de comercio chino, están comprando una considerable cantidad de edificios en zonas ahora mercadológicamente muy privilegiadas (no hace mucho, en general, accesibles, clasemedieras y populares).
Sin embargo, hay algo que subyace detrás de la fachada puramente financiera o económica: la falta de amor, de empatía, de comprensión, de sensibilidad… de humanidad.
Esas carencias, en su conjunto, es lo que debería de preocuparnos, y más aún cuando trasladamos esa realidad a lo que ha venido ocurriendo en los últimos años muy peculiarmente en la Ciudad de México, la Gran Tenochtitlán. Retomando a Loaeza, la capital del país se ha convertido en un territorio cada vez más irrespirable, intransitable y peligroso. Todo el mundo abusa de ella.
A partir de la cooptación de movimientos autoproclamados populares por parte de partidos políticos, los cuales, una vez con la protección del o de la líder, se dio comienzo a la “invisible”, pero descarada privatización del espacio público, y de la proliferación del crimen organizado, que fue ampliando sus zonas de influencia y sus fuentes de ingreso (ya no solo la droga, sino la trata, el derecho de piso, la extorsión y demás); así, poco a poco, la Gran Tenochtitlán se transformó en un territorio que no le pertenece a su gente, sino a los grupos coludidos con políticos y a los delincuenciales.
Es un ejemplo muy básico que siempre se me viene a la mente. Reto a cualquiera a que (en aras de ese “echaleganismo” muy positivo con que nos inundan radio, televisión, internet y la IA) acuda al Centro Histórico y que ponga un puesto de pepitas en la calle, apelando al extendídisimo comercio informal que lo invade. Ya verá lo que le ocurre al enfrentarse a la mafia de puestos de pepitas, garnachas, dulces y golosinas que existe.
Luego entonces, por lo que se mira a diario, los ricos y millonarios no son los únicos que privatizan, también esa parte de la población que ha visto en esos oscuros enjuagues electoreros con el poder en turno su eterno pase automático al uso del suelo capitalino. Todo es negocio y, por ende, las baratijas, los productos asiáticos, la comida, las cervecerías, los antros clandestinos (desde vecindades, hasta casas en Las Lomas, pasando por las famosas terrazas) y hasta las plazas públicas o las cercanías a museos u hospitales se ven ahora rebasados de informalidad, sin que se asome ningún poder formal capaz de poner orden.
Por lo que se ve, una verdadera bola de engrudo casi imposible de deshacer, en donde el antes mítico espacio del Zócalo y sus alrededores (que se supone hoy sería completamente peatonal) se convierte en una especie de tianguis perenne, entre retenes metálicos (una verdadera trampa para multitudes), en donde lo mismo las infancias que las adulteces se hacen del baño y lo mismo puestos de comida que de baratijas generan grasa, basura, desechables y cochambre dejando una costra de mugre en suelo azteca sagrado. Del olor ni hablemos, recurra usted, amable lector, a lo dicho por María Félix hace ya décadas y auméntelo a la “n” potencia.
Así, tanto los locales como los foráneos han dejado de ver el Centro Histórico, por poner un solo ejemplo, como un mágico sitio cargado de historia e identidad para conformar una visión de patio trasero… un patio trasero muy nuestro en donde, por lo mismo, podemos mear, cagar, aparcar inmensidad de motos, subirle al volumen, tirar aceite quemado, elotes no vendidos, asaltar, aventar pañales y demás.
Siempre decimos que nos llena de orgullo, pero ¿en qué momento dejamos de amar a nuestra increíble, populosa, variopinta y cosmopolita ciudad?
Todo se nos olvida. A ver cuándo vuelven las noticias sobre la confiscación de mercancía china mientras otros chinos siguen adquiriendo inmuebles. A ver cuándo vuelve la preocupación por desalojos, como en la calle República de Cuba y otros que han sido olvidados, pero que han ocurrido, como en San Jerónimo, Madero y Eje Central, con un actuar al margen de la ley que huele a mafia.
Hace unos días volví a pasar por la histórica Peletería Migliano (fundada en 1889), en su clásica sede tradicional en República de Uruguay. A pesar de que se ha anunciado su cierre formal tanto por falta de relevo generacional como por el envejecimiento del par de dueños que la atiende, es posible verla abierta aún, pero con mercancía ambulante dentro.
En medio de esta falta de cariño y de amor por el Centro Histórico, los intereses voraces de dueños y de grupos cooptados no paran. Están penetrando en no pocos edificios. Lo están intentando todo para invadir, comprar y encarecer. Al parecer, en calles como República del Salvador, Izazaga, República de Honduras, El Carmen, San Jerónimo, República de Uruguay y Pino Suárez, entre otras, han puesto su nueva mira. Habrá que estar alerta.
En todas esas calles hay mexicanas de la edad de la mujer madrileña echada de su edificio. Esperemos que no sea necesario imágenes dándole la vuelta al mundo con esas vecinas en camilla o sin ella, en pleno desahucio.
Maricarmen fue desalojada el 23 de septiembre y falleció en el Hospital Gregorio Marañón el 7 de octubre. El lugar, el departamento donde vivía, era su casa. Y con su muerte nos mostró que la firma inmobiliaria, el capital global, los fondos buitre o los dueños insaciables son la traducción perfecta de esa total falta de amor, de empatía y de humanidad que recorren nuestros tiempos.
Apenas la sacaron de su hogar, en “instantes” murió. La expulsaron de su entorno, de su vida.
Ojalá que nuestra ciudad, nuestro Centro, nuestro hogar, no se traduzca en esos “instantes”.♦