Redacción Animal Político · 14 de septiembre de 2025
El primer contacto que tuve con el porno-crimen —y con la exhibición impúdica de la desgracia ajena— fue a mis tiernos ocho años. Mi padre llevó a casa un ejemplar de ALARMA! (pasquín sórdido-icónico de la época) que mostraba en portada los calcinados restos de los habitantes de San Juan Ixhuatepec (quienes pasarían a ser conocidos como las víctimas de San Juanico para la posteridad) bajo los titulares: ¡ESPELUZNANTE! ¡TERROR! ¡HORROR!
En la madrugada del 19 de septiembre de 1984, en el cinturón de pobreza que separa el Estado de México del extinto Distrito Federal —a la altura de Tlanepantla de Baz— se vivieron cinco horas de explosiones de gas en una planta de mantenimiento y distribución de PEMEX. Cuarenta años después de la desgracia, aún existe opacidad respecto a las causas (como en cada tragedia provocada por la negligencia gubernamental), pero hoy se sabe que un sobrellenado en los depósitos y el mal funcionamiento de las válvulas reguladoras provocaron la fuga que convirtió los tanques de la paraestatal en un infierno en la tierra.
El accidente dejó más de 500 muertos, aproximadamente 2,000 heridos y obligó a evacuar a más de 10,000 personas. La explosión —causada por gas licuado de petróleo— devastó un radio de un kilómetro y es considerada una de las tres peores tragedias de este tipo en la historia. La crónica de Monsiváis es tremenda e indispensable para entender a cabalidad la honda herida nacional: Cuadernos Politicos, Monsiváis.
Nunca olvidaré ese ejemplar de Alarma! que mezclaba la crónica periodística del incidente, fotografías en blanco y negro y a color de los cuerpos carbonizados de los muertos, las quemaduras de los sobrevivientes, un fotorreportaje de Emmanuel llamándolo “Cantante erótico” con el subtítulo “¡Quiso ser novillero! ¡Es mexicanazo!”, y un publirreportaje que invitaba al lector a sobarle la panza a Buda para atraer la abundancia, la buena suerte y hasta marido nuevo —mediante un módico pago y un envío a domicilio del panzón de marras.
Recordé el lugar especial que ocupa Alarma! en el cajón de traumas infantiles al hincarle el diente al más reciente trabajo de Luis Estrada —director, guionista y productor cinematográfico mexicano, autor de La ley de Herodes, El infierno, La dictadura perfecta y ¡Que viva México!—: Las Muertas, adaptación en formato serie de la novela que ocupa un lugar central en la literatura mexicana del siglo XX por su peculiar manera de narrar lo real con ironía y crítica social. Probablemente sea la novela más mediática del escritor guanajuatense Jorge Ibargüengoitia, sol de mi corazón.
Jorge —Don Jorge para los cercanos y amantísimos lectores de su obra— convirtió la crónica roja sensacionalista (como las notas de periódicos tipo Alarma! o La Prensa) en literatura pura, usando con descaro ese estilo anticlásico, sobrio e irreverente que resaltó —como ningún otro escritor pasado o futuro— lo absurdo y macabro de la realidad mexicana. Las Muertas desmitificó uno de los capítulos más vergonzosos, y probablemente el primer porno-crimen de nuestra tragedia moderna: el juicio de las Poquianchis.
Las llamadas Poquianchis fueron cuatro hermanas —Delfina, María del Carmen, María Luisa y María de Jesús González Valenzuela— que entre 1945 y 1964 administraron burdeles en Jalisco y Guanajuato, donde explotaron a decenas de mujeres y, según la leyenda, cometieron múltiples asesinatos. Enterraban a sus víctimas en Purísima del Rincón, y entre las personas que mataron se contaban trabajadoras forzadas, algunos clientes e incluso bebés nacidos en sus establecimientos. Aunque oficialmente se documentaron 91 homicidios, se sospecha que la cifra real superó las 150 muertes, lo que las coloca, de manera poco creíble, entre las criminales más letales en la historia del país.
Su historia originó múltiples recreaciones artísticas (destacándose Las Poquianchis, 1976, dirigida por Felipe Cazals), leyendas y exageraciones que durante décadas moldearon la percepción del sistema de justicia mexicano y dieron impulso al periodismo de nota roja, ese que sobrevivió al siglo pasado y que cualquier mexicano reconoce por los ejemplares de La Prensa o Alarma! apilados en el baño de la casa familiar. Don Jorge sabía que a las Poquianchis las rodeaba más mito que evidencia, así que usó cada elemento —por increíble, estrambótico o violento que fuera— para construir su novela Las Muertas.
El libro combina la estructura de crónica policiaca y expediente judicial, construido a partir de testimonios, declaraciones y reconstrucciones de los hechos, haciendo uso de narrativa semidocumental que fusionó periodismo, lenguaje jurídico y elementos de novela negra. Esta propuesta resultó innovadora en su momento y reinventó el género policial en la literatura mexicana. La trama inicia cuando la policía investiga la desaparición de varias mujeres y descubre cuerpos enterrados en la propiedad de las Baladro. El hallazgo genera escándalo: hay indicios de asesinatos múltiples y explotación sexual. La ironía de Don Jorge es evidente: el juicio se convierte en un circo de tres pistas donde jueces, abogados y periodistas parecen más interesados en el espectáculo que en la justicia. No busca la redención ni la tragedia clásica: muestra el caso como un retrato descarnado de la corrupción, la miseria y la hipocresía de la sociedad mexicana.
Luis Estrada, devoto lector de Don Jorge, luchó por conseguir los derechos de la obra en contubernio con Netflix, y el resultado es una serie de seis episodios, todos dirigidos por él. La adaptación transforma a las cuatro hermanas reales en dos personajes ficticios, las Baladro, y mantiene el humor negro del material original para revisitar un caso en el que el amarillismo y la falta de registros oficiales opacaron el sufrimiento de las víctimas y la magnitud del infierno. La serie respeta la estructura de manera impecable y sorprende que una obra escrita en los años setenta siga incomodando y resulte dolorosamente vigente.
Estrada declaró en la premiere en la Cineteca Nacional que Netflix le dio total libertad creativa y de reparto, lo que le permitió reunir “uno de los repartos más asombrosos” jamás vistos en una producción mexicana. Y tiene razón: grandes estrellas del cine nacional aparecen en papeles diminutos, con los diálogos más breves de sus carreras. La serie requirió 21 semanas de rodaje, más de 150 actores y 200 sets en tres estados, con una meticulosa reconstrucción del universo de Don Jorge. Sí, hay guiños a Estas ruinas que ves y entre otras referencias que escarcharán de amor al lector.
Si usted, amado seguidor de esta columna —al que abandono un año bisiesto sí, un año bisiesto, no— considera que Las Muertas es un clásico de la novela mexicana del siglo XX, parte del canon por su calidad literaria y por su contribución a la narrativa de denuncia social que toca sociología, criminología y estudios de género; si cree que su originalidad radica en convertir un caso sangriento y vulgar en literatura de gran altura, sin caer en morbo ni solemnidad, entonces vaya, dele play en Netflix a la obra más importante de Luis Estrada desde La ley de Herodes.
Grandes actores, haciendo papeles insignificantes o con Spotlight moderado: Flor Edwarda Gurrola, Salvador Sánchez, Paloma Woolrich.
Actores de carácter, dándolo todo y sin medida: Leticia Huijara, Juan Carlos Remolina, Enrique Arreola, y Dagoberto Gama.
Actores que la pantalla extraña siempre: Raúl Méndez, Enoc Leaño y Carlos Aragón
Actores que no conocía y que me urge encontrar de nuevo: Yessica Borroto Perryman, como la adorada Blanquita.
Actores pequeños, corazón ardiente: Sofía Espinosa, Kristyan Ferrer.
El que Marvel nos prestó: El niño sin amor.
La Sorpresa: Mauricio Isaac haciendo de su impecable representación de La Calavera, un homenaje en vida al Doctor Chunga.
Diseño de arte: Los zarapes en los catres, la pintura descarapelada de los gallineros, los ajos y hierbas secas colgadas de las puertas, los carritos de camote, las sillas y mesas de corona de cantina rural.
Dirección musical y la Sinfónica de Madrid.
El sueño de opio del águila y la Serpiente.
El Ariel, sin excusas: Ticho (Fernando Bonilla), chingada madre. Arcelia Ramírez, Diosa poderosa.
El arranque del capítulo 1. Todo aquel que no conozca la novela, puede confundirse respecto al argumento. No todo es chichis y cogedera. Tengan paciencia, se pone mejor (las chichis también).
Alfonso Herrera. Sorry, Ponchilievers.
América Pacheco (@amerikapa), Madriz de Abajo.