Jorge Avila · 30 de marzo de 2026
Por Valeria Gutiérrez y Roberta Cortés.
El 13 de marzo de 2026, acompañamos a la Unidad de Búsqueda de Mexicali e integrantes de un colectivo de búsqueda a una Zona de Reforestación, ubicada en la colonia Miguel Alemán en el Valle de Mexicali, donde después de tres años volvieron a encontrar fosas clandestinas en enero de 2026. Fue en el 2023 la primera vez que en ese predio exhumaron 22 cuerpos y desde enero de este año han encontrado 17 fosas y 36 cuerpos. Además, de acuerdo con datos de la propia Fiscalía del estado, desde 2021 ya habían registros de fosas clandestinas en este lugar.

Esta Zona de Reforestación abarca 190 hectáreas y está a cargo de la asociación civil Pronatura. Según la información de su portal, este lugar forma parte de lo que en 1993 el gobierno declaró como Área Natural Protegida bajo el nombre Reserva de la Biosfera. Además, se encuentra a un costado de lo que hace tiempo era uno de los cauces del Río Colorado y a pocos kilómetros de la frontera con Estados Unidos y de San Luis Río Colorado, Sonora. Desde el 2014, Pronatura puso en marcha el programa “Reforesta San Luis”, que ha tenido como objetivo devolverle a este espacio vegetación.
Al ingresar a la zona, atravesamos entre árboles hermosos y robustos -mezquites, álamos, palo verde- y alguna que otra planta con flores moradas que resisten entre un desierto, un río seco y un sol abrasador. Un área natural que, a simple vista, es impactante por su belleza y por la vida que puede sostener en condiciones tan adversas, pero que esconde bajo su fina arena historias que ni siquiera podemos imaginar. Paradójicamente, lo que parece ser un lugar que regenera vida también contiene en sí muerte y dolor. En palabras de una de las buscadoras, este lugar es un campo de exterminio, es un panteón clandestino, horroroso […] donde ustedes pisen, hay un cuerpo.
Conforme avanzamos en el área, dos policías que nos acompañaban nos mostraron las fosas encontradas en lo que va del año. A diferencia de hace 3 años las fosas encontradas ahora se caracterizan por utilizar el paisaje de la zona como una nueva forma de ocultamiento, pues se ubican bajo la arena, entre árboles, ramas y un entramado de mangueras meticulosamente instaladas para regar el terreno que se pretende reforestar. Así las descubrieron: escondidas en estas condiciones, como si nada hubiera pasado.

En la Miguel Aleman, el indicio de una posible fosa ya no era el olor que se impregnaba en el metal cuando se hundían las varillas, o el cambio en los colores de la tierra, o si ésta se encontraba suelta o no, sino que algunos de los árboles tuvieran ramas calcinadas mientras que el resto mantenía su verde vivo. Lo que encontraron al interior de las fosas también fue distinto pues los cuerpos de personas estaban calcinados. La existencia de leña al interior de la fosa indicaba que se habría construido una especie de horno de tierra, en palabras de la policía, eran fosas horno. Las autoridades que trabajan en la Unidad consideran que esta nueva forma de ocultamiento responde a un patrón en el que, tras los hallazgos de 2023, ahora las personas perpetradoras que implementaron este método buscaron destruir y ocultar todo indicio para volver más complicados e, incluso, imposibles los hallazgos.
De acuerdo con lo documentado, tras el hallazgo de fosas clandestinas de este año, los trabajadores de Pronatura encargados de cuidar la zona no han regresado a su lugar de trabajo. Hay especulaciones sobre su probable involucramiento en la inhumación de cuerpos de personas en esta zona.
Mientras nos adentramos más en el lugar vimos el cascarón de un carro y, a un lado, un pino alado que mantenía oculto un colchón entre galones de agua vacíos, prendas íntimas y unos tacones alrededor. De acuerdo con las autoridades, la Fiscalía estatal no ha realizado el levantamieno ni determinado por qué se encontraban ahí esos objetos y lo que ocurría.
Después llegamos a un área que, al parecer, formaba parte de una zona de práctica de tiro, pues se encontraba el cascarón de una camioneta con el techo grafiteado con una diana azul y cientos de casquillos regados en el piso. Las personas nos preguntamos, entre un terreno tan complicado de circular y “vigilado”, ¿cómo es que esta camioneta llegó hasta aquí? ¿cómo es que se dispararon armas sin que nadie se percatara de ello?

Para este punto, ya era más visible la cercanía con el muro que divide México de Estados Unidos y su torre de vigilancia. Incluso, en algún momento, alcanzamos a ver lo que parecía una práctica de los aviones de guerra utilizados, probablemente, para continuar con el genocido en curso al otro lado del mundo. Este escenario distópico -un área natural protegida concesionada por el gobierno mexicano a una asociación civil, que resguarda un desierto y un río seco donde conviven la vida reforestada y las vidas arrebatadas, frente a los aviones de guerra, la hipervigilancia y control del país vecino sobre nuestro territorio-, nos hacía preguntarnos: ¿cómo es posible que todo esto suceda en un lugar con estas características? ¿cómo que nadie sabía de lo que estaba ocurriendo? ¿cómo sucede todo esto a unos metros de la frontera con uno de los países con mayor tecnología de hipervigilancia, con quien se supone tenemos una relación de “cooperación”? ¿quién cuida estos lugares? ¿cómo es que apenas hace unos meses fue posible que hicieran estas fosas para desaparecer personas?, como lo revela el caso de los hermanos Levario, cuya desaparición ocurrió en noviembre de 2025 y sus cuerpos fueron encontrados en este lugar. ¿Dónde están las autoridades?
Estas preguntas siguen sin respuestas claras para nadie y, según el contexto actual, tardarán en llegar. Por un lado, en un hecho inédito, en diciembre pasado la Fiscalía estatal clasificó como reservada la información estadística sobre hallazgos de fosas clandestinas; por el otro, las autoridades se niegan a reconocer el aumento de la violencia y desapariciones, aún cuando los datos del RNPDNO indican que la cifra de personas pasó de 190 personas reportadas como desaparecidas en 2021 a 961 en 2025 en Baja California.
Pareciera que las cifras y los relatos numéricos lo dicen todo, que bastan para explicar una realidad que autoridades y narrativas oficiales han intentado ocultar o maquillar. Sin embargo, los familiares y colectivos han denunciado, narrado y demostrado por años lo que ocurre, tanto en la Miguel Alemán como en muchos otros sitios de Baja California y del país. Aunque las autoridades se niegan a aceptar esta realidad, la evidencia habla por sí misma.

Lo ocurrido en la Miguel Alemán es indignante y, a la vez, una advertencia de que la impunidad no solo persiste, se sofistica. Situadas frente a una atrocidad de esta magnitud, es imposible no pensar que ocurre con la participación directa o indirecta de autoridades. Las fosas horno utilizadas para quemar cuerpos, ¡VIDAS!, y disuadir su olor, junto con el aprovechamiento del paisaje de una reserva ecológica, son la prueba de que los perpetradores están perfeccionando el terror. Lo que sucede en Baja California no debe normalizarse. Revela una verdad de barbarie persistente que debería resonar en todo el país con especial fuerza, pues no olvidemos que este hallazgo no es aislado: en el pasado, ya hubo vidas disueltas en ácido. ¿Hasta dónde será capaz de llegar la atrocidad impune cuando vemos que el horror lo reinventan para seguir sembrando dolor en silencio? ¡Esto tiene que parar!
Reseñas:
Roberta Cortés Ruiz es investigadora y abogada en Elementa desde 2024 y ha trabajado temas relacionados con violencia y violaciones a derechos humanos en México.
Valeria Gutierrez es investigadora en Elementa desde 2021. Está interesada en estudios sobre necropolítica, la violencia de Estado, política de drogas y desaparición forzada y cometida por particulares en México.