Metástasis

blogeditor · 21 de julio de 2017

Metástasis

No puedo escapar a la ironía que uno de los factores que descarriló el debate en el Senado estadounidense sobre la reforma a la ley de salud fue la enfermedad de uno de los principales líderes de esa cámara, el republicano por Arizona y excandidato presidencial, John McCain. Al líder del Senado, Mitch McConnell, a quien Naranjito Pichacorta encargó la destrucción del Obamacare, le crecieron los enanos: varios de sus correligionarios se le elevaron, y McCain, pieza clave para jalar a los republicanos moderados, se tuvo que ir al hospital a que le quitaran un coágulo, y ahí le detectaron un cáncer cerebral muy desarrollado, que requiere de un tratamiento agresivo.

Éste es el mismo McCain que fue derrotado por Obama en las presidenciales, el mismo que fue prisionero de guerra. Es un símbolo de un país que ya casi no existe, y de un sistema que se agota, y de un partido que no es el mismo que luchó por la abolición de la esclavitud e hizo a Abraham Lincoln, y que lo único que conserva es el nombre.

McCain, y el malogrado Ted Kennedy, representaron de muchas formas a la democracia constitucional de Estados Unidos durante la segunda mitad del siglo XX. Encarnaban viejos valores del patriotismo, la igualdad, la retórica y el bipartidismo.

Al Partido Demócrata de Kennedy lo arrasó la arrogancia del liberalismo que se siente verdad encarnada; al Republicano de McCain, la exuberancia furiosa de una población que se sintió excluida del sistema – la ultra derecha, conservadora, mitotera, racista y sexista – tras una crisis económica solapada por el régimen. En ese peligroso caldo de cultivo, cual bestia de pantano, surgió Naranjito.

Ambos partidos atraviesan crisis pavorosas, sufren diversos tipos de cáncer en metástasis. Los demócratas son incapaces de encontrar candidatos que energicen a sus filas, en especial a los jóvenes (Bernie Sanders no es un político surgido de las filas tradicionales del partido); no han aprendido ni de la derrota de Hillary Clinton, ni de las sucesivas derrotas en escaños del Congreso. Los republicanos viven en una peligrosa bipolaridad, entre las vieja guardia moderada de McCain, aquejada sobre todo de avanzada edad, y los cuadros jóvenes como Paul Ryan, radicales, famélicos de tan ambiciosos, brutales en sus posturas, y hábiles, muy hábiles, en la agitación de un pueblo cansado de promesas, un pueblo empobrecido, embrutecido, abotagado de opiáceos y hamburguesas, desesperanzado.

Todo lo que ocurre –desde el desastre en la ley de salud, hasta el escándalo de espionaje ruso– son síntomas, que no causas, de viejas enfermedades del sistema que células invasivas como Trump y su cuadrilla no hacen sino magnificar.

Trump, especialmente hábil en cosificar y ningunear a sus enemigos, tiene una comprensión instintiva de que aquellas cosas que no puede cambiar por sí mismo –ley de salud, caso Rusia– las puede retorcer para que la culpa siempre sea de otro. No tardará en echarle la culpa a McConnell del fracaso de la revocación de Obacamare, y ya empieza a preparar la pira del Procurador General que él mismo designó, Jeff Sessions, en el tema Rusia.

Si nada de esto le funciona, volverá a temas que le son familiares y más fáciles de manejar de cara a la opinión pública: el muro migratorio, la persecución y deportación masiva de indocumentados, la guerra abierta contra municipios que se declaren santuarios, la destrucción del medio ambiente, la erosión de lo que queda de la educación pública (otro sistema en etapa cuatro de cáncer), la anulación de tratados comerciales y acuerdos multilaterales. O el Medio Oriente, que siempre da tema.

Poco pueden hacer medios como el New York Times, el Washington Post, o CNN, que son cajas de eco para un público liberal cada vez más desconectado de la profunda crisis cultural y política del país (y eso nada tiene que ver con la seriedad y profundidad de su labor periodística, es un tema de audiencias, no de profesionalismo).

Hay un sector de la opinión pública que hace apuestas sobre cuánto tiempo falta para que caiga Trump, para que renuncie por incompetente, o para que el Congreso lo enjuicie y destituya por las pavorosas faltas éticas cometidas, o los posibles delitos incurridos en el tema del espionaje ruso. Pero, en realidad, es lo de menos: le queden tres años y medio, o tres meses y medio, o tres semanas y media, Naranjito es simplemente la célula cancerígena más gorda; como en cualquier quimio o radio terapia, se podrán eliminar esas células, pero no se sale realmente del problema. Remisión no es igual de curación.

Y el sistema surgido de un ideal de independencia y libertad en 1776, y consolidado geopolíticamente durante el llamado ‘siglo americano’, está en metástasis.

 

@ElGerryChicago