Joel Aguirre · 16 de octubre de 2026
Burlarse o criticar a Metallica y su música es un lugar común, tanto dentro como fuera del metal, y la actual polémica por las declaraciones de James Hetfield son un episodio más de esa historia. Desde su formación, en 1981, son una banda que no deja indiferente a nadie y concita las opiniones más duras o extremas: los aman o los odian. Cuando publicaron su quinto disco de estudio, el infame Black Album (1991), alcanzaron un nivel de fama mundial reservado a contadas figuras de la música contemporánea. El éxito de ese álbum, que incluso hoy permanece dentro de la principal tabla de éxitos de Billboard, convirtió a la banda en una institución de la cultura pop del fin de siglo XX.
También los convirtió en una empresa. La expansión cultural derivó en una expansión económica, donde la banda se convirtió en una marca y una industria mercantil de primer orden. Más que Damage, Inc., se convirtieron en Metallica, Inc., y con ello cambiaron también las prioridades y las expectativas. Aunque la música era el producto base, lo cierto es que ya no importaba solo la música, sino explotar la imagen y el nombre para extraer hasta el último centavo a los consumidores. Y lo lograron: todos sus álbumes de estudio publicados entre 1991 y 2016 (Hardwired… to Self-Desruct) debutaron en el número uno de la tabla de Billboard, y registraron ventas por millones.
La racha terminó con su álbum más reciente, 72 Seasons (2023), pero aun así debutaron en el número 2 de la tabla, un testimonio de la garantía de venta de su marca. Giras, playeras, cervezas, un whiskey (a pesar de que James Hetfield es un alcohólico rehabilitado), todo lo que se les ocurra. Si existe algún producto, es probable que Metallica tenga alguna versión con su imagen o marca en el mercado. Sus giras y conciertos son eventos de primera categoría y son noticia de los principales diarios a nivel mundial.
Como parte de su vida empresarial, Metallica ahora son el nuevo inquilino de la infame esfera de Las Vegas, donde tendrán 24 conciertos para cerrar este año e iniciar 2027. Sin embargo, la noticia no fue eso (que cabe decir es un espectáculo mediocre), sino que James decidió hablar, sin ningún empacho, para recordarnos que Metallica es una banda para desconectarse del mundo exterior y dejarse arropar por la música y la camaradería. Si siguen a la banda o han ido a algún concierto sabrán que eso no es nuevo, es hasta un cliché, pero eso no fue el problema.
La cosa es que ahora agregó un corolario criticando y señalando a quienes usan su escenario para hablar al público sobre cuestiones políticas. En sus palabras, dichas con un gesto burlón: “Metallica no está aquí, como algunos otros… artistas, para influirlos con su mierda, ¿ok? Nada de mierda. Estamos aquí para olvidar toda la mierda del exterior, ¿ok? ¡La agenda de Metallica es el amor, energía y la música pesada!” Además de lo ridícula, incluso adoptó cierto ademán trumpista al hacerlo, es una declaración cobarde al no nombrar a las dos personas que se refiere: Hayley Williams y Macklemore.
Ambas figuras han estado en las noticias por sus declaraciones contra el genocidio en Palestina y contra el trumpismo, específicamente las acciones criminales de ICE, la policía migratoria del régimen. Tanto Hayley como Macklemore han sido objeto de ataques y burlas por parte de Trump, de figuras de su gobierno y del Partido Republicano. Macklemore fue expulsado de la gira de Ed Sheeran tras las amenazas de Robert Kraft, dueño de los New England Patriots de la NFL y del estadio donde se presentaría el cantante inglés, por sus declaraciones. Aunque James y Metallica presuman no tener agenda política, la pura declaración desmiente esto y pone al centro a la banda como empresa y su relación con sus seguidores, la llamada Metallica family.
En cualquier rincón del mundo es posible encontrar a alguien que sea parte de la Metallica family, como nos llaman. Y digo nos porque sí, yo soy parte de esa industria. Metallica es mi banda favorita desde la adolescencia y he alimentado esa maquinaria, la última vez en 2024, cuando vinieron a México y dieron cuatro conciertos en el Foro Sol (renuncio a su nuevo nombre). Fui a todos y fue una celebración, para mí, de ese amor por una banda que conocí al terminar mi infancia y entrar a la adolescencia, que me brindó muchos recursos para expresar mis emociones y, sobre todo, para saber que tenía un lugar en el mundo.
Gran parte de mi forma de ver el mundo está atravesada por la profesión de fe hacia la banda. Supe de ellos durante mi infancia a mediados de los 90, gracias a mis primos que escuchaban y seguían a la banda. Fue en la adolescencia donde, gracias a un grupo de amigos de la infancia, entré de lleno a escucharlos y rápidamente se convirtieron en parte integral de mi identidad. Compré los discos, las playeras, veía los videos y estaba al pendiente de las noticias. Como banda fue mi entrada no solo al metal, sino a la guitarra como mi instrumento. Al ser un adolescente de inicios del siglo XXI, el internet facilitó muchas cosas que alimentaron mi afición y mi interés por la banda y sus integrantes, pero también me hizo partícipe de la fama negativa que ya tenían.
Como recordarán, Metallica entró al siglo XXI en pleito legal con Napster, el servicio de intercambio de música en línea que tomó por sorpresa a la industria discográfica. Metallica (y específicamente Lars Ulrich, el baterista) fueron la cara de una demanda para perseguir no solo al propietario de la plataforma, sino a sus usuarios, y fue un golpe a la imagen de la banda que inició el periodo más bajo en su carrera. Tras el fallo a favor que llevó a la desaparición de Napster, la banda fue objeto de burlas, críticas y parodias que señalaban, correctamente, su avaricia y el abuso de poder, sin darse cuenta de que serían esos mismos servicios los que les mantendrían vigentes al iniciar el siglo XXI.
Yo fui uno de ellos, pues era la única manera de acceder a la música ante el elevado costo de los discos. Sin esas plataformas de descarga no habría podido conocer música de otras partes del mundo, ni escuchar discos cuyos precios rondaban los 500 o más pesos entonces. A pesar de ser un género popular, el metal nunca ha sido accesible. Si entonces solo dos o tres disqueras grandes publicaban discos de metal, el género se sostenía mayoritariamente de disqueras independientes, locales, que imponían altos costos a sus discos para recuperar algo de la inversión. Algo que no ha cambiado, debo decir.
De vuelta a la historia, me hice fan de Metallica en sus años más oscuros, In their Darkest Hour diría Dave Mustaine. La demanda contra Napster en 2000, la salida de Jason Newsted, su bajista por 15 años tras la negativa de James de que Jason tuviera otra banda, la entrada de Hetfield a rehabilitación por primera vez, en medio de las grabaciones del nuevo disco de estudio. Todo esto fue documentado en Some Kind of Monster, la película lanzada en 2004, a la par de St. Anger, el octavo álbum de estudio publicado en 2003 y que es considerado el más polémico de su catálogo. La serie de eventos que auguraban el final de una banda, pero no fue así.
Gracias a un trabajo de rehabilitación de imagen pública que aún no se estudia, la banda pudo sortear todas esas eventualidades, y salir relativamente limpios de esa turbulencia. Integraron a Rob Trujillo como bajista, salieron de gira tras el lanzamiento de St. Anger, y para 2006 eran nuevamente una banda querida en el medio. Ya nadie hablaba de Napster, ni del hostigamiento y acoso al que sometieron a Jason durante 15 años y que fue parte de su salida, ni del alcoholismo y el temperamento iracundo de James Hetfield. Más bien, la nota era su fortaleza, el poder de la amistad que los sacó adelante para regresar a su lugar como la principal banda de metal.
Todas estas experiencias fueron parte de mi experiencia como fan. Conforme conocí más bandas de metal, y más música en general, mi sorpresa o asombro por la banda disminuyó en cuestiones musicales, pero no el lugar que guardaban por haberme sido un asidero cuando era fácil perderme emocionalmente. Aún recuerdo mi primer concierto en 2005 (Sepultura en el extinto Salón 21), y al llegar a la fila para entrar una chava me vio con mi playera de Metallica y me dijo en sorna: ¿te gusta Poptallica? Recuerdo que solo asentí sin más y le dije que sabía bien por qué lo decía, pero no me molestaba.
Y en realidad no lo hacía, cuando comparas su música con otras bandas del género era fácil entender por qué eran tan criticables. Su música no es ni tan intensa, ni tan técnica como la de sus congéneres. Aunque hayan innovado al momento de grabar su primer disco, rápidamente fueron rebasados por otras bandas que buscaban llevar más allá aspectos del subgénero que ellos ayudaron a crear: el thrash metal. En una comunidad musical tan pretenciosa y vacua como el metal, es fácil señalar a quien no busca esos extremos para ser el más true de la comarca.
Para 2008, cuando la banda publicó su noveno álbum de estudio, Death Magnetic, eran de nuevo la banda más popular, casi intocables. No había polémica que les pegara: ni que James celebrara que el ejército estadounidense usara su música para torturar iraquíes, o que mataran básicamente el círculo de bootlegs (grabaciones aficionadas de sus conciertos) vendiendo sus grabaciones de conciertos en vivo, o que ese disco fuera una mala calca de su sonido ochentero. Lo que importaba era que regresaron a sus raíces y podían reclamar nuevamente su lugar en la mesa como reyes del metal, y ser su cara ante la cultura popular.
Poco se habla de que, si el metal vive estancado musicalmente, al menos en su estrato más popular, es por culpa de Metallica. En lugar de ser una banda innovadora, se convirtieron en su propio tributo. Son un cadáver nada exquisito, que vive de tocar sus éxitos del pasado y de repetirse hasta el hastío, todo por miedo de perder a sus fervientes seguidores. Y otras bandas ya establecidas viven presa de la misma situación, pues se convirtieron más en mercaderes de nostalgia en nombre de un centavo más en la bolsa. Así, un género que se caracterizó por la innovación en sus inicios está empantanado por el temor a la irrelevancia y la aversión a lo nuevo.
Y a pesar de todo, la banda aún es parte de mi vida, por el valor sentimental. Cuando anunciaron sus primeros conciertos en México en 2009, tras diez años de ausencia, claro que fui; era la primera vez que podría verlos en vivo, de carne y hueso, humanizar lo que hasta entonces me parecía ajeno. Incluso terminé en el video de los conciertos de ese año en México, inmortalizado al decir lo que significa para mí Metallica entonces: una forma de vida. A 17 años de eso no me arrepiento de nada, al contrario: tal vez ese espíritu es el que me ha motivado a hacer y ser lo que soy. Por eso mismo, escribo ahora estas palabras, porque es importante discutir desde este lado la reprobable declaración de James.
Cuando una banda de estas dimensiones decide hacer una declaración política no es cualquier cosa. Han probado ser inmunes a los escándalos y las controversias, permiten que su vocalista sea un promotor y defensor de la caza furtiva que practica, no les molestó apoyar, a través de su fundación All Within My Hands a la causa ucraniana y decir sin empacho I Stand With Ukraine. En un momento donde el entretenimiento y el arte son cada vez más indisociables de los problemas políticos que vivimos nacional e internacionalmente, donde los vínculos del medio con el financiamiento de empresas que también financian el genocidio y al trumpismo, declararse “apolítico” para atacar a quienes alzan la voz es cobarde.
Y nada importa si en el acervo de sus canciones hay temas que critican la guerra, la religión comercializada, la corrupción, la censura o los abusos de poder, canciones cuya crítica, debo insistir, no es necesariamente subversiva, si acaso de una rebeldía tímida e impotente. Lo cierto es que una declaración como esa, que los ha puesto en el centro de la discusión, demuestra que piensan que ese halo de invulnerabilidad los protege de las consecuencias de sus palabras, pero no es así. A diferencia de otros artistas de fama mundial, Metallica había salido relativamente inerme del escrutinio social y político, pero ya no más: llegó el momento de rendir cuentas.
Como banda, Metallica murió hace décadas, y no porque decayera su calidad musical (que sí lo hizo). Murió cuando se convirtió en Metallica, Inc., una marca para cuanto producto se les ocurra comercializar. Pero Metallica como inspiración murió ahora con esta declaración y no lo digo por mí, ni por mis convicciones. Aunque son una banda que significa mucho emocionalmente, nunca los tomé de referente social o político porque era claro que no les interesaba serlo (la relativa juventud de su fundación es un ejemplo). Murió como inspiración porque en su soberbia creyeron que podían tomar partido de forma cobarde.
Para ser una banda que, presumiblemente, invitaba a sus seguidores a forjar su criterio, salir ahora con una declaración tan pequeña, tan servil y reprobable los convierte en una burla de sí mismos. La supuesta rebeldía y fortaleza, la energía positiva que presumen transmitir en el escenario pasa a segundo plano cuando sabes que su soberbia es tal, que no les importa dar al traste hasta con la marca que han construido. Se convirtieron en héroes desechables: son un monito tamborilero que, antes que aprovechar su posición para alzar la voz por algo, deciden agachar la cabeza y atacar a quien sí lo hace.♦