blogeditor · 10 de marzo de 2014
Por: Luis Ángel Monroy Gómez Franco y Raúl Zepeda Gil
En el presente artículo queremos hacer una reflexión adicional al debate que ha surgido a partir del artículo de Carlos Elizondo en Excélsior, la réplica de Milena Ang y la nueva respuesta de Elizondo. Para nosotros detrás de los argumentos de Elizondo hay una percepción fundamental que el problema laboral y de educación terciaria (universitaria) depende de la calidad de las instituciones educativas. Coincidimos que es importante revisar el tema de calidad, pero los problemas económicos y demográficos son cruciales para entender los problemas de empleo y educación superior. Buscamos también precisar el debate y despejar algunas concepciones erróneas, aportando algunos datos provenientes de estudios recientes.
Elizondo señala que existe un desajuste entre la oferta y la demanda del mercado de trabajo de los egresados de la educación superior, siendo este desajuste un exceso de oferta de egresados. La preocupación de Elizondo es que ese exceso de oferta de egresados presiona a la baja el salario que reciben frente al salario que reciben quienes no cuentan con dichos estudios. En palabras de Elizondo: “Ser plomero o electricista puede ser mejor en términos de ingreso que obtener un título universitario”.
La afirmación de Elizondo puede ser analizada a la luz de los datos. En el gráfico 1 se muestra la evolución del porcentaje por el que el salario de los universitarios rebasa el salario de quienes no cuentan con estudios y de quienes cuentan con estudios de bachillerato. Los datos provienen de un estudio sobre el mercado laboral para profesionistas realizado por Hernández et al (2013):
Gráfico 1: Evolución de la prima salarial a la educación universitaria 2005-2009 (puntos porcentuales)
La tendencia observada en los datos le da la razón hasta cierto punto a Elizondo: el crecimiento de los egresados de la educación superior en la década pasada estuvo aparejado a una caída del valor relativo de estos trabajadores. Sin embargo, los trabajadores con educación universitaria completa recibían en 2009 un salario 50% más alto que los trabajadores que carecen de educación. Y, al comparar el salario recibido por los trabajadores con licenciatura y el recibido por trabajadores con estudios de bachillerato, el de los primeros fue 15% mayor al de los segundos. Es decir, en el caso mexicano los datos agregados muestran que sigue siendo económicamente rentable estudiar la licenciatura completa.
[contextly_sidebar id=”6603baeee7086b7cc9c9c156fa5fd62f”]Elizondo también apunta que el “exceso de oferta” de egresados universitarios se encuentra concentrado en ciertas carreras y cita al presidente Barack Obama: “La gente puede, potencialmente, obtener un ingreso mayor con destrezas en la manufactura o en el comercio que lo que podrían lograr con un título de historia del arte”. El autor pareciera insinuar que el exceso de oferta de egresados se encuentra ubicado en carreras relacionadas a las artes y humanidades.
En el siguiente cuadro se presentan los saldos acumulados entre la oferta y la demanda de empleo de las distintas licenciaturas e ingenierías para el periodo de 2000 a 2009. Esto es, la diferencia entre oferta de empleo (egresados) y las plazas de empleo generadas para ellos en en su totalidad. También se muestra la demanda específica por los egresados de las distintas licenciaturas.
Cuadro 1: Saldos acumulados entre oferta y demanda del mercado de trabajo de las distintas licenciaturas (% de la oferta total)

Nota: El saldo total es la diferencia entre la oferta total de egresados y la demanda total. Ésta incluye las plazas de ocupaciones ligadas con los carreras, las plazas técnicas que pueden ser ocupadas por egresados de las distintas licenciaturas y las plazas que no requieren algún grado de especialización. La demanda puede ser negativa si a lo largo de todo el periodo se contrajo el número de plazas disponibles.
Se puede observar que en el caso de las humanidades (filosofía, historia, antropología y literatura), el número de los egresados supera a las plazas totales que pueden ocupar y superan en mayor medida a las plazas generadas que están estrechamente relacionadas a su formación. Vale la pena señalar que si se observa la demanda específica por ingenieros, el panorama no es mucho mejor que el que enfrentan los egresados de las humanidades, echando por tierra la idea de que “al país le sobran humanistas y le faltan ingenieros”. De igual forma, los egresados de química, ciencias del mar, turismo, economía, matemáticas, física y varias ingenierías (civil, extractiva y energética) se encuentran en una situación similar, aun cuando éstas están estrechamente ligadas ya sea a los desarrollos tecnológicos de punta o a sectores de la economía que se consideran estratégicos. Es válido preguntarse entonces si las difíciles condiciones de empleabilidad en estos sectores no se deben en mayor medida a un magro crecimiento de la demanda de trabajo.
La pregunta adquiere relevancia si se considera que el bajo ritmo de crecimiento de la economía mexicana (2.16% en promedio anual según datos del INEGI para el periodo de 2000 a 2012) ha generado a una baja generación de empleos (el crecimiento de los ocupados ha sido del 1.95% en promedio anual para el mismo periodo, según datos de Banco Mundial). De haber crecido con mayor velocidad la economía, y con ello la generación de empleos, es muy probable que la caída en el “valor relativo” de los egresados de licenciatura y la poca empleabilidad de algunas carreras se hubieran atemperado. Sin embargo, cualquier influencia que esto puede tener sobre el mercado de trabajo de los egresados de la educación superior es soslayada por Elizondo.
El autor también sugiere que el problema de la calidad educativa en educación superior depende de los mecanismos de ingreso, subestimando el papel que juegan las deficiencias del sistema educativo en niveles anteriores. Elizondo hace este argumento por medio de dos casos anecdóticos y no del funcionamiento del ingreso a educación superior. En la mayor parte de las universidades públicas estatales (y ciertas privadas) el ingreso se hace por medio de las pruebas del CENEVAL en razón de oferta de espacios y de puntajes. En el caso de la UNAM, los estudiantes de bachillerato están dentro del COMIPEMS, donde los lugares se ofrecen a los mejores puntajes. De hecho, son precisamente el bachillerato de la UNAM y del IPN los que reciben a los egresados con mejores puntajes. Si el criterio que busca Elizondo es uno estandarizado en lectura, comunicación oral y -agreguemos- matemáticas, en las universidades públicas están entrando por medio de mecanismos rigurosos. No ha habido una prueba con datos para certificar una relación directa entre método de ingreso a educación superior y calidad del egresado.
Sobre la calidad del sistema educativo público es incuestionable que se requiere un análisis a profundidad, sobre todo en las universidades públicas estatales, pero también se requiere revisar el papel de las universidades privadas -las cuales concentran el 34.2% de la matrícula (Tuiran y Muñoz, 2012)- y de las instituciones tecnológicas donde la inversión se ha concentrado en los últimos años (Muñoz Rojas, 2012). El crecimiento de la educación universitaria privada por medio de los permisos de la SEP sin mecanismos de evaluación asociados también es problemático. El problema de calidad proviene tanto de la poca política educativa en el sector público cómo de la ausencia de vigilancia del sector privado. Pero condicionar por los problemas de calidad el ingreso a educación superior sería un error cuando en la cobertura México tampoco se encuentra en el mejor lugar con respecto al mundo, siendo que en el país ésta sólo alcanza a un 26% de la población relevante, a diferencia de América Latina en donde es de 34% y de países de ingreso alto en donde se acerca al 67% (Altbach, Reisberg y Rumbley, 2009).
Es claro que no se ha propuesto la educación superior como un derecho, sino cómo una oportunidad de movilidad para ser maximizada. Los compromisos internacionales de México y la constitución son claramente dirigidos a educación media superior. En la declaración mundial sobre educación superior de la Unesco de 1998 se afirma que se debe ampliar el acceso en medida de las posibilidades de los gobiernos y del mérito. Creer que la educación superior deba ser un derecho es tan equivocado cómo creer que la oferta de espacios en educación superior deba restringirse hasta que haya un sistema de calidad.
Si bien estos son solamente algunos apuntes que buscan dar mayor precisión a este debate, es necesario que el mismo se extienda y abarque no sólo a la educación superior sino a todo el sistema educativo en su conjunto. Mientras más se discuta sobre la educación, mayor es la oportunidad de mejorar.
* Luis Ángel Monroy Gómez Franco es egresado de la Licenciatura en Economía por la UNAM y Raúl Zepeda Gil es estudiante de Maestría en Ciencia Política por El Colegio de México.
Referencias:
Altbach, P. G., Reisberg, L., y Rumbley, L. E. (2009), Trends in global higher education: Tracking an academic revolution, Paris, United NationsEducational, Scientific and Cultural Organization.
Hernández Laos, Enrique, Ricardo Solís y Ana Stefanovich (2013) Mercado laboral de profesionistas en México, México: Asociación Nacional de Universidades e Instituciones de Educación Superior.
Mendoza Rojas, Javier (2010), “Tres décadas de financiamiento de la educación superior”, en Arnaut, A. y Giorguli S. (Eds.), Los grandes problemas de México VII: Educación (pp. 391-417). México, El Colegio deMéxico.
Tuiran, R., y Muñoz, C. (2010), “La política de educación superior: Trayectoria reciente y escenarios futuros”, en Arnaut, A. y Giorguli S. (Eds.), Los grandes problemas de México VII: Educación (pp. 359-390), México, El Colegio de México.