blogeditor · 21 de mayo de 2021
The answer, my friend, is blowin’ in the wind…
Bob Dylan
Dylan odiaba su familia. No la familia en sí, sino a su propia familia. Lo deja asentado en No direction home, el documental de Martin Scorsese que multitud de dylanistas alrededor del mundo citan como una de las fuentes primigenias para escarbar en el pensamiento profundo del Maestro. Palabras más, palabras menos (y en virtud de que tal cita ha sido ya asentada dentro de este espacio en otras ocasiones) lo que el músico dice es que desde pequeño él quería llegar a su hogar, y que la dirección hacia ese hogar se la dio el sonido de un disco de blues que alguien puso un día. Al escucharlo, el poeta supo que hacia allá debía dirigirse, hacia la dirección que le marcaba aquel sonido para llevarlo al que genuinamente se convertiría, con el paso de los años, en su genuino hogar.
Más tarde, como queda consignado con toda sequedad y precisión en su Chronicles, vol. 1 —el libro de sus memorias, que aquí publicó Malpaso en 2017— hizo lo necesario para trasladarse a Nueva York: “Me veía grabando para Folkways Records. Era el sello para el que quería trabajar. El que editaba todos los grandes discos”. No lograría grabar con ellos pues el destino le tenía reservado un brinco algo más alto a la difusión de su música al enlazar su camino con Columbia Records, su disquera desde 1962. A Dylan le tomó solo un año abrirse camino entre la atmósfera brumosa de los clubes para intelectuales neoyorquinos antes de llegar, paulatinamente, al gran público, construyendo para sí y para los demás una suerte de historia épica que semeja cualquier canción del autor: “(Yo) no había llegado en un tren de carga. Había atravesado el país desde el Medio Oeste en un sedán de cuatro puertas, un Impala del 57. Salí escopeteado de Chicago y atravesé con la directa puesta ciudades humeantes, carreteras sinuosas, prados cubiertos de nieve, hacia el este…”.
El camino de Dylan, quien a partir del lunes 24 podrá ser señalado respetablemente como todo un octogenario, comenzaría a trazar su espiral perfecta desde el momento en que trabó contacto musical con gente como Josh White, Dave Van Ronk y Peggy Seeger, maestros del blues y el folk que contribuirían a trazar el ADN de su música y, por supuesto, con Woodie Guthrie, su ídolo máximo, a quien finalmente conocería en agridulces circunstancias. Dylan construyó a Dylan y el sendero marcado por su influencia es paisaje conocido por todos quienes buscan habitar tierras fértiles en blues, folk y, por supuesto, rock. “Estaba en el punto de partida, pero no era en absoluto un novato”.
Bono, el ex destelleante frontman de U2, quien como muchos ha pasado por diversos instantes de adoración al único Nobel de Literatura que solo ha publicado una novela, lo dijo alguna vez en un momento de iluminación: “Bob Dylan tiene mucho más que tres acordes y la verdad”. Feliz cumpleaños al músico influyente, al poeta escurridizo y a una de las más notables leyendas vivas que pisan este día el planeta.