Contenido Animal Político · 1 de septiembre de 2020
La intolerancia del presidente a la crítica es conocida. A menudo enfila contra medios, periodistas y opositores que discrepan públicamente de él y su proyecto. Presume de darle la bienvenida, pero lo cierto es que cuando tocan sus intereses electorales o proyectos más preciados, no la soporta.
La reacción suele venir en forma del discurso polarizante que más le gusta y mejor le reditúa popularmente: la división del país en liberales y conservadores, la vuelta al pasado, la dicotomía entre buenos (él y los suyos) y malos (todos los demás).
De inmediato, en las benditas redes sociales sus adeptos replican sus ataques y descalificaciones para legitimar la narrativa. Era así desde antes, cuando era el principal opositor del régimen. La diferencia es que ahora tiene el poder y en varias ocasiones incluso, el aparato de comunicación social de presidencia retoma los dichos mañaneros y la convierte en propaganda pagada con recursos públicos. Para muestra el improvisado decálogo o la campaña de difusión del rol de Leona Vicario.
No me sorprende que el presidente mienta de manera cotidiana sobre distintos temas. Tristemente estoy acostumbrado a ver a los políticos mentir con oficio y descarnado cinismo. Lo que me sorprende de la manera de mentir de AMLO es la ignorancia desde la que lo hace, el carácter tan burdo de sus mentiras con tal de sostener su narrativa.
El ejemplo más reciente lo dio el presidente esta semana cuando en aras de legitimar su cuestionado y multimillonario tren maya, enfiló contra organizaciones de la sociedad civil: Fundación para el Debido Proceso (DPLF), el Centro Mexicano de Derecho Ambiental (CEMDA), Indignación, Promoción y Defensa de los Derechos Humanos, el Consejo Regional Indígena y Popular Xpujil (CRIPX), Diálogo y Movimiento (DIMO), Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, así como México Evalúa y el medio de comunicación Animal Político, acusándolos de recibir pagos del capital extranjero vía fundaciones para obstaculizar dicho proyecto. Nada más falso.
Las réplicas no se hicieron esperar: la mentira fue tan burda (disfrazada por cierto de “investigación periodística” y oficializada por el vocero presidencial con presentación y todo) que los dichos del presidente provocaron una andanada en defensa del periodismo que ha sido financiado por dichas fundaciones internacionales. Periodismo sin el cual no se entendería el avance democrático de México hasta ahora y, hay que decirlo, la llegada del mismo López Obrador al poder.
Por eso me indigna que periodistas y activistas formados en la crítica y la oposición, pero convertidos ahora en funcionarios públicos, callen y hasta justifiquen los dichos falaces del presidente Lopez Obrador.
Dichos que van más allá del dislate y significan un claro ataque al periodismo y la sociedad civil, dos instituciones fundamentales si aspiramos a construir una democracia verdadera.
No hay manera de construir una democracia más allá de lo electoral minando a las instituciones que la hacen posible. El daño es mucho más grande que las descalificaciones sin sustento en redes. Y más duradero.
En la medida en que el presidente basa su narrativa y sostiene su proyecto político dividiendo al país de manera reiterada, en esa medida el país mismo será incapaz de construir un proyecto de futuro compartido.
Es cierto que durante muchos años ha existido en México una élite político-empresarial privilegiada que se olvidó del México jodido y lo usó para sus intereses y beneficios. Ahí está el caso Lozoya y el saqueo monumental que tiene a PEMEX al borde de la quiebra. Desde esa realidad, el candidato AMLO diagnosticó al país y construyó un discurso verdadero que le confirió legitimidad y el derecho a ser escuchado por la gente.
El problema es que una vez en el poder, el diagnóstico por sí solo es insuficiente, se necesitan decisiones y, de hecho, otra narrativa: una más incluyente, menos dogmática y más sustentada en la evidencia que en la moral y la ideología; algo mucho más cercano a lo que dijo cuando ganó que a lo que dice todas las mañanas.
A la luz del segundo informe y en los hechos, salvo los programas sociales que a la larga serán insuficientes e insostenibles dada la situación cada vez más precaria de las finanzas públicas, el país no está cambiando para bien con el gobierno de López Obrador: dos años después México es más violento, más pobre y con menor crecimiento del que heredó y prometió transformar. Él insiste en que también es menos corrupto, yo tengo muchas dudas: la impunidad de este país sigue siendo superior al 90% y la justicia no se procura en consultas ni recolectando firmas.
Acaso un nuevo matiz: somos un país mucho más polarizado y dividido. AMLO congrega a los suyos pero separa a los otros. Esa polarización se atiza desde la mañanera todos los días. Muchas veces con cierta razón, pero muchas otras con mentiras.