Jorge Avila · 19 de marzo de 2026
De manera generalizada e histórica, los procesos vitales por los que las mujeres y personas menstruantes atraviesan han sido objeto de estigmatización, lo cual constituye una de las manifestaciones más persistentes de la desigualdad de género. La menstruación no ha sido la excepción: a lo largo del tiempo se le ha asociado con ideas de impureza, suciedad, dolor, vergüenza y debilidad.
Esta estigmatización ha provocado diversas consecuencias en la comprensión y la visibilización de este proceso, tales como la normalización de periodos menstruales dolorosos, la ausencia de información relacionada con la sintomatología durante la menstruación para identificar desórdenes como el síndrome de ovario poliquístico (SOP), ladismenorrea o la endometriosis, el escaso interés en el estudio de los cuerpos menstruales para el desarrollo de medicamentos, métodos anticonceptivos, antidepresivos, o productos de higiene menstrual adaptados a las necesidades de las personas que experimentan este proceso, y la falta de participación de sectores como el público y el privado en la creación de agendas y estrategias que posicionen la menstruación como una necesidad para cerrar las brechas de género en ámbitos educativos, laborales y sociales.
Al ser esto una problemática cultural, las consecuencias del abordaje actual de la menstruación en los espacios laboralestienen raíces en la desinformación y el tabú de este proceso desde las primeras etapas de la vida de las personas. Según datos del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) a través de la Encuesta Nacional sobre Gestión Menstrual, se identificó que el 69 % de las adolescentes, mujeres y personas menstruantes encuestadas tenía poca o ninguna información cuando les llegó su primer período y que cerca del 20 % de las encuestadas que estudiaban o trabajaban no contaban con la infraestructura necesaria para la gestión menstrual en sus escuelas, oficinas u hogares.
Este dato expone la importancia que tiene abrir conversaciones sobre la menstruación en todos los espacios. La ausencia de diálogo y de reconocimiento de las necesidades asociadas a la menstruación contribuye a la reproducción de estereotipos, a la persistencia de la desinformación y a la negación de derechos básicos en ámbitos como el educativo y el laboral.
De manera particular, esta desinformación se traduce en la falta de reconocimiento de una agenda sobre gestión menstrual digna en los espacios laborales. Como consecuencia, persiste la idea generalizada de que las mujeres no son productivas debido a los síntomas que experimentan durante la menstruación y, por ende, lo que ha derivado en obstáculos para su desarrollo profesional. Es decir, el no reconocimiento a la importancia de una menstruación dignadificulta el cierre de brechas en el desarrollo profesional de las mujeres y personas menstruantes.
Aunado a esto, se tiene la creencia de que la gestión y el cuidado durante la menstruación es una responsabilidad únicamente de las personas que viven esto. Se asume que son las propias mujeres y personas menstruantes quienes deben crear estrategias de autocuidado para sentirse cómodas en sus espacios, conocer su cuerpo para identificar posibles desórdenes físicos u hormonales o aprender a gestionar las emociones que pueden derivar de este proceso. Sin embargo, esta idea está lejos de la realidad.
La forma en la cual se ha construido la sociedad y, de manera particular, los espacios “productivos” en ella, como el trabajo, ha sido al margen de las necesidades de las mujeres y personas menstruantes, exigiendo productividad y un desempeño intachable a cuerpos que atraviesan por procesos complejos y que, además, la falta de interés por diversos actores ha derivado en la carencia de herramientas básicas para enfrentar estos con dignidad.
Hay que ser conscientes de que la menstruación es un proceso complejo y doloroso en sí mismo para la gran mayoría de las personas que la viven, pero en gran medida también lo es debido a la falta de ajustes para vivirla de manera digna. Algunos de los síntomas que se atraviesan durante este proceso son: cólicos menstruales, fatiga, cambios de humor, dolor de cabeza o migrañas, hinchazón y retención de líquidos, dolor en los senos, ansiedad o depresión, problemas digestivos y acné.
Estos síntomas varían de persona a persona, y en muchos casos suelen manifestarse de maneras que imposibilitan incluso la movilidad y el desempeño laboral de quienes los padecen. Ejemplo de esto es la información presentada por el Consejo para Prevenir y Eliminar la Discriminación de la Ciudad de México (Conapred) en el Informe de la Encuesta sobre Gestión Menstrual en la Ciudad de México, donde se muestra que el 65.5 % de las personas encuestadas se habían ausentado en su trabajo a causa de la menstruación y los motivos principales eran por dolores intensos y falta de productos de gestión menstrual.
Estas estadísticas coinciden con lo abordado en el Informe de Menstruación de Dalia Empower y Plenna (2025), donde se expone que las molestias menstruales llevan al 45 % de las mujeres a ausentarse de su trabajo por días u horas. Pero aquellas que trabajan en sitios donde se cuenta con políticas en torno a la menstruación, faltan en promedio un turno laboral menos al año que quienes lo hacen en sitios donde el tema es ignorado por completo.
Es necesario entender que la vivencia de una menstruación digna en los espacios laborales constituye una responsabilidad colectiva y una deuda histórica con los cuerpos menstruantes. Por ello, es necesario que las empresas adopten un papel activo en el diseño de estrategias y políticas que garanticen un desarrollo pleno de la vida profesional de las personas trabajadoras sin que el hecho de menstruar represente una desventaja.
A la fecha, son limitados los avances en materia de gestión menstrual en los espacios laborales; en México solamente existen cuatro estados donde han sido aprobadas las licencias menstruales: Colima, Nuevo León, Hidalgo y Michoacán. Abrir la conversación sobre este tema en las empresas permitirá el avance en esta agenda.
Entre las buenas prácticas que se pueden implementar en los espacios laborales están:
1) Políticas de flexibilidad laboral, lo que permitirá que en días donde se experimenten molestias menstruales se pueda tener la opción de trabajar de forma remota o faltar al centro de trabajo.
2) Infraestructura y productos necesarios para la gestión menstrual de las personas trabajadoras: toallas sanitarias, tampones, lavabos y sanitarios accesibles, medicamentos, parches, etcétera.
3) Protocolos y medidas específicas sobre salud menstrual.
4) Capacitación al personal sobre estos temas.
La implementación de estas buenas prácticas puede ser benéfica para las personas trabajadoras y para las empresas, pues estas últimas han reportado obtener beneficios como mayor productividad, mejor calidad de vida para empleados, congruencia con sus valores ante el público, sentimiento de pertenencia, gratitud por la comprensión, corresponsabilidad, mayor lealtad a la empresa y mayor compromiso de las personas empleadas.
La menstruación no tiene por qué vivirse como algo doloroso, vergonzante o negativo. Transformar la visión que existe sobre ella está en nuestras manos, y ello implica que cada sector de la sociedad asuma la responsabilidad que le corresponde. En particular, las empresas y los espacios laborales tienen un papel fundamental en este cambio, ya que pueden generar condiciones más dignas y empáticas para las mujeres y personas menstruantes, reconociendo sus necesidades y promoviendo entornos de trabajo que no ignoren los procesos biológicos que atraviesan sus cuerpos.
Eréndira Naomi Jiménez Lobato es asesora en la Secretaría Técnica del COPRED.