Redacción Animal Político · 28 de mayo de 2025
Durante las pasadas festividades decembrinas, la organización Reinserta acudió junto con los reyes magos al Centro de Reinserción Social de Santa Martha Acatitla para visitar y entregar regalos a niñas y niños que se encuentran privados de la libertad junto con sus madres. De acuerdo con el Diagnóstico Nacional de Supervisión Penitenciaria, cerca de 400 menores de seis años se encuentran al cuidado de su madre en los centros de reinserción social de todo el país.
Hablar de cuidado, en el sentido que lo plantea la ética del cuidado, implica hacer una reflexión profunda sobre la situación de estos niños y niñas, ya que sus derechos y necesidades parecen estar olvidados o ignorados por el Sistema Penitenciario Federal. De acuerdo con esta ética, los cuidados no son solamente los actos de servicio para el sostén de la vida, sino el entramado de relaciones que, en realidad, suponen una responsabilidad social de búsqueda de bienestar, respeto a la dignidad y la salvaguarda de la humanidad.
Entonces ¿qué pasa con las niñas y los niños que viven los primeros años de su vida acompañando el proceso de su madre? ¿A quién o a quiénes les corresponden sus cuidados durante la infancia, periodo en el que su vulnerabilidad y dependencia propician el atropello de sus derechos?
De inicio, cabe recordar y destacar que son las mujeres en quienes recae la responsabilidad del cuidado de sus hijos(as) cuando, junto a su pareja o solas, son vinculadas a algún proceso penitenciario. Y tomando en cuenta que muchas veces son personas con situaciones familiares desfavorecedoras o que sus círculos sociales muchas veces les dan la espalda al ingresar a los centros, se entiende el porqué para muchas no existe más opción que maternar mientras cumplen su condena.
Aunque esta situación no es reciente, ni los centros de reinserción ni las políticas públicas se han preocupado, en primer lugar, por salvaguardar el bienestar, la integridad y la dignidad de estos niños y niñas y, segundo, en que las instalaciones sean lo más adecuadas posible para cubrir las necesidades de las infancias de acuerdo con las características de la etapa de su vida.
¿Es un centro de reinserción social un lugar adecuado para el desarrollo integral de niñas y niños, tal como lo marcan sus derechos? Si no son los centros de reinserción el lugar ideal ¿entonces cuál es? ¿Son sus madres, estando privadas de la libertad, las personas indicadas para poder brindarles cuidados? ¿Quién o quiénes deberían estar al tanto de esas infancias? Considero que son múltiples los dilemas éticos a los que nos enfrentamos en este tema pues, por un lado, estos niños y niñas tienen derecho a permanecer junto a su madre, pero también a crecer en un ambiente sano, libre de violencia.
Uno de los principales problemas es que la presencia de la infancia en los centros penitenciarios sigue siendo vista como un asunto secundario. Aunque existen normativas que regulan su estancia, en la práctica, estos infantes crecen en espacios diseñados para personas adultas, con una infraestructura que no está pensada para ellos y ellas, y con limitaciones en su acceso a una educación y socialización adecuadas. Esta realidad vulnera su desarrollo físico, emocional y psicológico.
Desde la bioética, además de pensar en los cuidados, también es necesario analizar la situación bajo los principios de beneficencia y no maleficencia. Es decir, ¿se están tomando decisiones que realmente beneficien a estos menores? ¿Se está garantizando su bienestar o, por el contrario, se les está exponiendo a un entorno que no es propicio para su crecimiento? La bioética nos obliga a considerar el impacto de estas decisiones en su desarrollo y a replantearnos si estamos cumpliendo con nuestra responsabilidad social de protegerlos.
Además, otro dilema importante es el derecho de las madres a estar con sus hijos e hijas. En muchos casos, la separación temprana puede representar un trauma tanto para la madre como para niñas y niños, lo que dificulta la creación de un apego seguro y saludable. Sin embargo, cuando las condiciones en prisión no garantizan una crianza digna, es válido preguntarnos si mantenerlos juntos es la mejor opción o si deberían diseñarse alternativas más adecuadas.
En este sentido, es crucial repensar el papel del Estado y de la sociedad civil. Si bien existen programas que buscan mejorar la calidad de vida de estos menores en prisión, su impacto es limitado. Se requieren políticas públicas que prioricen el bienestar infantil, así como la creación de espacios externos donde puedan vivir en condiciones óptimas sin romper totalmente el vínculo materno.
Lo cierto es que no podemos seguir ignorando la existencia de estas infancias ni tratarlas como una extensión de la condena de sus madres. La niñez no debería crecer en espacios diseñados para la reclusión y la privación de la libertad, pues su derecho a una vida digna debe estar por encima de cualquier otra consideración.
Es tiempo de cuestionarnos qué tipo de sociedad queremos construir: una en la que las infancias sean protegidas, cuidadas y respetadas, o una que las condene a crecer en entornos que limitan su desarrollo y bienestar. Desde la bioética, la justicia y la ética del cuidado, urge una transformación que garantice su derecho a una infancia libre y digna.
* Poleth Reyes es licenciada en Pedagogía por la UNAM, diplomada en Bioética por el Programa Universitario de Bioética, maestrante del programa Liderazgo y Educación en Radix Education y coordinadora de Pedagogía en Fundación Familiar Infantil I.A.P.
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