Memoria como antídoto

blogeditor · 22 de septiembre de 2014

Memoria como antídoto

Me gustaría olvidar tantas cosas por ser rastros de experiencias de vida que decidí dejar atrás, que quedaron desplazados por mejores recuerdos de momentos felices. El olvido es una puerta pesada que hay que abrir de vez en cuando para intentar deshacernos de cosas que pensamos es mejor no llevar con nosotros, aunque las llevemos marcadas. Esos recuerdos, como cicatrices involuntarias, nos acompañan siempre. Vale la pena preguntarnos ¿qué hacer con eso que nunca “debemos” olvidar? ¿Qué papel darle a esas experiencias que, aunque disruptivas, marcaron –para bien o para mal- un momento determinante en nuestra historia? Aunque válida para una reflexión personal, esta idea es sobre nuestras sociedades.

Argentina me recibió con una recompensa a la lucha por la memoria, en un país que tuvo que vivir –como otros de la región- la ruptura de una dictadura militar y de años de persecución, desapariciones y muerte. Su decisión fue no olvidar, eligieron por la memoria y el “nunca más”. El martes 5 de agosto, Estela de Carlotto encontró –después de décadas de lucha- a su nieto,[1] “el 114”. Estela finalmente abrazaría a Guido (Ignacio Hurban), robado por la dictadura militar en los 70’s junto con cientos de bebés más. Guido decidió conocer su pasado, fue a la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad y se sumó a un proceso a favor de la memoria y la democracia.

Las Abuelas de Plaza de Mayo han sido fundamentales para la lucha por los derechos humanos y la democracia en este país, como lo han sido las decisiones de la sociedad a favor de la justicia y la verdad. La elección democrática de Alfonsín con su propuesta de hacer justicia en contra de las Juntas Militares, la decisión de anular la Ley de Auto-Amnistía Militar por el Poder Legislativo y el desarrollo institucional posterior, son muestras de una sociedad que escogió hacer frente a un episodio digno de archivar en su historia; elegir la justicia y la verdad sobre el olvido. Lxs nietxs siguen apareciendo y la lucha sigue, en un momento sociopolítico complicado y en vísperas del 30 aniversario de los Juicios a las Juntas.

“Cargando en ancas los hombros se van quedando los años, no se han cerrado las puertas ni las heridas de antaño… si lapidando al poeta se cree matar la memoria, qué más le queda a esta tierra que va perdiendo su historia.”

Canción “Para la memoria”, de Ignacio Hurban (Guido)

Buenos Aires está llena de memoria, de nostalgia y de melancolía. En muchas de las buenas pláticas que he tenido, muestran el rechazo al olvido de esa época como si lo tuvieran tatuado. La forma de pensar la política y de exigir es distinta, porque convirtieron ese “nunca más” en punto de partida y de referencia.

Semanas después llegó el 11 de septiembre: Allende, golpe de Estado, socialismo, imperialismo, asesinato, dictadura. Fueron sólo algunas de las palabras que me rebotaban en la cabeza mientras leía notas de remembranza a ese momento. En Chile también tuvieron que pasar por una dictadura militar y decidir qué hacer frente a ella, como tuvieron que hacer también en otros países como Uruguay (encontrando su forma de hacer memoria, aunque de manera interesantemente distinta a la de Argentina). Montones de memoria por todos lados, como un intento por no olvidar (ni repetir) hechos del pasado que ningún país debería de pasar.

La memoria tiene una fuerza especial que puede servir de antídoto a las versiones más nocivas de una sociedad. Antídoto para una dictadura, antídoto para la corrupción, antídoto para la violación de derechos humanos, antídoto para el conformismo y la apatía, antídoto para la exclusión social; como una condición necesaria, aunque no suficiente. Más como sustancia para contener estos venenos que para erradicarlos, como punto de partida y salvaguarda que como conclusión y respuesta única; indispensable para no repetir errores ni experiencias dolorosas y contar con un piso de arranque para la construcción de soluciones completas.

A México le encuentro poca memoria. De sus desaparecidos, de la Guerra Sucia, de sus feminicidios, de la guerra contra el narco, de los abusos a sus pueblos y comunidades indígenas, de las comunes violaciones a derechos humanos –pasadas y presentes-. Le veo, por otra parte, un fuerte ánimo por la impunidad y por el desentendimiento. La primera, de parte importante de la clase política y el segundo (¿desinterés?) de parte importante de la sociedad. Nos faltan responsables y nos sobra muerte, nos quedamos cortos en justicia y sobrados en olvido, nos importa muy poco la verdad y nos hace mucha falta.

Pensar en blanco y negro no hace justicia a la realidad, pero ayuda a delinear extremos. Tanto a Argentina le faltan muchas cosas necesarias,[2] como a México le sobran muchas cosas buenas: su creciente e indispensable sociedad civil (que ha hecho un trabajo destacable también en términos de memoria y derechos humanos),[3] numerosas personas, académicas, activistas, que rechazan el olvido y exigen justicia, y algunos –muy pocos, por desgracia- destellos en la clase política que apuntan hacia hacer las cosas de manera diferente. Desafortunadamente creo que estamos en el extremo indeseable.

A nuestro gobierno le interesa muy poco hacer memoria, porque en la memoria del pasado vamos a encontrar cosas de gobiernos, que pocos quisiéramos repetir pero que siguen sucediendo. Nos preceden décadas de autoritarismo, simulación democrática, persecución, manipulación y abusos (de todos los colores, de todos los partidos –juzgue cada uno su peso en la historia-).[4] Pero debería ser distinto para nosotros. No sólo los que hemos sentido directa o indirectamente el abuso del poder y de sus protegidos, sino todos, porque todos somos vulnerables potenciales a ese abuso y porque cuando una pierde la libertad, todos la perdemos, porque cuando uno es menos igual, nos hacemos menos iguales todos. Porque en el olvido nos perdemos todos, pero todos podemos encontrarnos también, en la memoria.

“… el día o la noche en que el olvido estalle, salten pedazos o crepite, los recuerdos atroces y los de maravilla quebrarán los barrotes de fuego, arrastrarán por fin la verdad por el mundo, y esa verdad será que no hay olvido.” – M.B.

Canción “Para la memoria” – Ignacio Hurban (Guido Carlotto)

 

 

Poema “Ese gran simulacro” – Mario Benedetti

 

 

 

[1] Estela de Carlotto es uno de los símbolos de la lucha por los derechos humanos y la lucha por la justicia frente a la dictadura militar en Argentina y miembro de las Abuelas de Plaza de Mayo, quienes durante décadas se han dedicado a exigir justicia frente a los crímenes cometidos en este periodo, con la finalidad de localizar y restituir a sus legítimas familias todos los niños secuestrados desaparecidos por la represión política, y crear las condiciones para que nunca más se repita tan terrible violación de los derechos de los niños, exigiendo castigo a todos los responsables”. Ver acá.

[2] Apenas hace unos días platicaba con algunos profesores que se encontraban preocupados por el número creciente de jóvenes desinteresados en ese pasado y en esa memoria. Desentendidos del pasado y de sus implicaciones, particularmente de aquellos nacidos tiempo después de la dictadura. Sobran matices, pues, y no hace falta idealizar.

[3] Un botón de muestra: hace unos días se cumplieron 40 años de la desaparición de Rosendo Radilla Pacheco, emblema de la realidad de la Guerra Sucia en México, y de la lucha de distintos sectores y organizaciones de la sociedad civil por la justicia y la verdad. Ver más acá.

[4] Estoy convencido que no haber enfrentado una dictadura militar y no pasar por un proceso tan disruptivo (sin que esto implique hacer caso omiso de otras versiones de dictaduras disfrazadas que creo pasamos), es una de las causas –una para mí fundamental- del tipo de cultura política que tenemos hoy, de muchas de las actitudes y vicios en la sociedad y el gobierno, así como del desinterés, hiperindividualismo y apatía generalizada en muchos ámbitos de nuestra vida social.

 

@VladimirChorny1