Redacción Animal Político · 18 de agosto de 2023
Ya lo sé, cuando se reconocen mejoras en una institución pública hay desde el descrédito hasta la agresión. En cambio, cuando se critican las fallas viene el aplauso. Toda mi carrera he enfrentado ambas cosas; hace poco una buena amiga me dijo “no te creo nada”, cuando le hablé de métodos inéditos de prevención en la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México (SSC CDMX) y la invité a conocerlos al menos en parte.
Una de mis mayores cargas, luego de muchos años trabajando a favor de la seguridad ciudadana y la reforma policial democrática, es que las mejoras, muchas veces precisamente por no ser creíbles, se colapsan. Quien conoce mi trayectoria sabe de mi pulsión crítica enfocada en fortalecer métodos de rendición de cuentas. Siempre recuerdo a uno de mis principales maestros, referencia principal en seguridad ciudadana en América Latina, el chileno Hugo Frühling, quien me dijo hace mucho más o menos así: cuando te digan que algo mejoró, pide siempre la evaluación de soporte, siempre. Así lo hago.
Las personas somos trayectorias de vida; la mía es pública. Abracé la rendición de cuentas policial como mi propuesta pública principal desde inicios de este siglo y reenfoqué mi eje de aproximación a estos temas, investigando cuanto más he podido el grado de desarrollo de los sistemas de control interno y externo de las instituciones policiales en países de cuatro continentes.
Cuando entendí las implicaciones de la teoría sistémica de la rendición de cuentas policial, decidí buscar por todos los medios a mi alcance ayudar a superar el ciclo perverso y destructivo de repetición enfocado en cambiar a las personas sin reformar a las instituciones. Miles y miles de recambios personales en los mismos andamiajes institucionales, resultando en la prolongación interminable de la crisis policial que hoy alcanza la inmensa mayoría del país.
Puedo afirmar que la policía que depende de la Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México ha vivido un ciclo reciente de mejoras inéditas. Conozco algunas metodologías y actores involucrados en evaluaciones realizadas y en curso. Igualmente puedo afirmar que esa institución padece problemas severos que incluso podrían incluir márgenes de autogobierno, en una proporción desconocida, vinculados a redes de criminalidad. En clase lo digo siempre: la pregunta no es si una institución tiene problemas sino de qué tamaño son y, sobre todo, como me enseñó otro maestro, el estadounidense Robert Varenik, qué herramientas tiene para enfrentarlos.
Terminará la gestión del secretario Omar García Harfuch y mi pregunta, bajo un enfoque institucional sistémico, es a mi parecer la más importante de todas: las mejoras, las que sean, se van o se quedan. Supongo que él y su equipo saben tan bien como cualquiera que en México muchas personas disponen de las instituciones a modo de patrimonio privado. Y supongo que saben que ningún liderazgo personal alcanza por sí mismo para garantizar nada.
Serán pronto quince años que llevo insistiendo, también públicamente, sobre la conveniencia de crear una figura de autoridad responsable de la supervisión externa especializada de la policía con atribuciones para evaluar, evaluar y evaluar más a esa institución, como lo hacen centenas de ejemplos similares en otros países.
Estoy completamente seguro que todo lo que se haya hecho para fortalecer el control interno y cualquier esfuerzo a favor de las investigaciones penales y de derechos humanos desde las autoridades competentes no alcanza y jamás alcanzará porque esos controles no se hacen cargo de ponderar los procesos y en su caso reconocer y estimular las mejoras, o bien medir problemas estructurales y promover la reingeniería institucional que corresponda a través de metodologías idóneas e informes públicos, como sí lo hace la supervisión externa especializada.
El mejor liderazgo, en todo caso, es el que mira más allá de sí mismo.