blogeditor · 9 de marzo de 2015
Si en próximas horas no sucede acaso algún milagro -ajeno al común de los mortales- Eduardo Medina Mora, camaleónico e inepto funcionario empresarial-político, sin merecimiento alguno, pero funcional por entero a un sistema que lo mismo encubre delitos o inventa culpables, o defiende el orgullo nacional de los embates de la modernidad en el Distrito Federal, o de tres mujeres otomíes falsamente acusadas de secuestro y apresadas, o de la BBC, o más recientemente, que defiende en CNN (con tibieza y sin elementos sólidos) la reputación hecha jirones de la administración de la que depende en su condición de embajador ante los Estados Unidos, este singular personaje será nombrado por el pleno de la Cámara Alta ministro de la Suprema Corte. Será el desenlace, injusto pero predecible, de una catástrofe largamente anunciada. Y no podremos evitar que se apoltrone durante 15 años en el tribunal constitucional un epígono, tapadera y continuador al mejor estilo del reaccionario Salvador Aguirre Anguiano.
Abogado corporativo, burócrata de seguridad nacional. Diplomático sin merecimientos. Cómplice, valedor y amigazo del alma de dos o tres presidentes de la República. El meteórico ascenso del milusos mexicano se antoja paralelo al de un general que presidió la catástrofe norteamericana en Vietnam y que encontró eco en las recientes crisis humanitarias de Irak, Afganistán y demás lugares que el gobierno de los Estados Unidos considera que son foco de atención militar.
Chapotea Medina a sus anchas en el terreno movedizo de los quagmire, lodazales que en el contexto de la maniquea Guerra contra las Drogas iniciada por Richard Nixon en 1971 y la corrupción imperante al sur de sus fronteras, condicionó corazones y mentes de funcionarios mexicanos hasta llegar al ex titular de CISEN, la Policía Federal, PGR y dos embajadas bajo las órdenes de Vicente Fox, Felipe Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto.

El general William Childs Westmoreland (1914-2005) es hoy una brizna de la memoria de lo que no debe hacerse; un chivo expiatorio de las decisiones erradas de Lyndon Johnson y la más nítida lección de estrategia equivocada en conflictos bélicos como el del sureste asiático.
Podría aplicarse el mismo apelativo a nuestro propio pantano de la guerra contra el narco, el que denominó al desastre militar que libraron tropas de los Estados Unidos hasta su eventual derrota y retiro en 1975.
Del ex secretario de Defensa Robert McNamara, el general Westmoreland -e indirectamente, por asociación- Medina Mora son las métricas del éxito traducibles en demenciales conteo de cuerpos (body counts) y bajas colaterales. Cientos de miles en la Guerra sin Fin en Vietnam, Laos y Camboya, y que por estas tierras lleva casi nueve años de duración, ausente un horizonte final.
[contextly_sidebar id=”2Xnh0dyINOKF6TtivOOYDjmRbGYnCpm9″]Medina Mora. Son ajustes de cuentas, se matan entre ellos. Suya la misma mentalidad que entraña gravísimas consecuencias para la población de Guerrero, Morelos, Tamaulipas, o Irak y Afganistán, durante el auge de la guerra cuasi Santa emprendida por George W. Bush, o la de Calderón en México.
Este país se transforma en una suerte de subgénero gore, anclado en la realidad-pesadilla. Para el hoy candidato a Ministro de la Suprema Corte, Eduardo Medina Mora –así fue con Westmoreland, cuando el anticomunismo racista se encontraba en un apogeo similar al de la actual islamofobia hoy en boga- las muertes numerosas y crecientes eran síntoma de que ‘las cosas van cada vez mejor’.

‘El incendio de Guardería ABC, no es un delito grave …’ Procurador General Medina Mora, julio de 2009.
“Aunque no lo parezca” se va ganando la guerra al narco: PGR. El seudo argumento nos remite al “pleito entre pandillas” que mencionó Felipe Calderón para justificar la masacre de jóvenes en Villa de Salvárcar (antes del recule presidencial, y su posterior gira a Ciudad Juárez donde enfrentó el repudio de Luz María Dávila, madre de dos de las víctimas).
Westmoreland. En una visita a Vietnam, el Senador Ernest Hollings del estado de Carolina del Sur fue informado por Westmoreland: ‘Estamos matando a esta gente’, el enemigo, a una razón de diez por cada uno de los nuestros’.
William Westmoreland nació en 1914. Hizo una distinguida carrera en las armas, que culminó con su nombramiento en la antigua Indochina, hace medio siglo. Fue el brazo militar de una voluntad avasalladora, compartida por administraciones demócratas y republicanas, de imponer a toda costa el modelo del American Way of Life con altísimas dosis de napalm, arrasamiento por bombardeo (carpet bombing), cárceles y centros de tortura clandestinos; de métodos actualizados de contrainsurgencia que se adaptaron a las ‘necesidades’ de gorilatos latinoamericanos y la Guerra Sucia en México… nada de lo que nos sea demasiado ajeno en 2015.
Tras el fracaso estrepitoso de esa guerra Westmoreland se convirtió en un paria, al que la historia ha puesto en su lugar.
En cambio Medina Mora, vinculado junto con la flamante Procuradora/Fiscal ‘autónoma’ Arely Gómez, a Televisa, continúa trepando posiciones de responsabilidad por obra y gracia de su pertenencia y cercanía a la Nomenklatura mexicana, en pago a servicios que hubiesen truncado definitivamente su futuro profesional en cualquier otro lugar.
No aquí, para desgracia nuestra y fortuna suya.
La arrogancia del poder que no reconoce límites reales sobre la vida de los demás, y que premia funcionarios como Medina Mora y a sus fieles herederos (pensemos en Luis Téllez como otro de los favorecidos a perpetuidad por la obsequiosa voluntad del Príncipe Sexenal en turno), seguirá imponiendo pautas en la totalidad los ámbitos que controla.
De acuerdo a su lógica, ‘entre más se maten los otros’, más pronto nos acercamos a la falsa Tierra Prometida por los gobiernos que alientan a cuadros tan desacreditados –pero útiles, para sus propósitos- como Eduardo Medina.
Instantáneas guías de estudio, cortesía de Westmoreland para consumo de Medina si acaso llega a la Corte.
“Sin censura, las cosas se confunden mucho en la mente pública”.
“El oriental [sic; trasladado en jerigonza medinamoresca: la mujer, el indígena, etc.], no asigna[n] el mismo valor a la vida humana …”
‘La vida es abundante … la vida es barata en el Oriente’. Westmoreland en el documental Hearts and Minds.
Como Procurador, Medina promovió junto con el ex Ombudsman nacional y supernumerario del Opus Dei José Luis Soberanes, una controversia constitucional contra la interrupción del embarazo en la Ciudad de México.
Su trayectoria lo exhibe como uno de esos selectos funcionarios que, independientemente de su desempeño, tienden a caer siempre parados, en la cima de una pirámide cada vez más alta de víctimas de sus errores y caprichos. Y hacen escuela como encarnaciones más jóvenes, tenemos a los milusitos José Antonio Meade (chapulinazo del PAN federal, al PRI federal) o Salomón Chertorivski (del PAN federal, al PRD local en el DF como estrecho colaborador del regente Miguel Ángel Mancera).
‘Vamos ganando la narcoguerra’. Eduardo Tomás Medina Mora Icaza, mayo de 2008, cuando era procurador federal.
Sonados fracasos los suyos, como el de los narcoalcaldes michoacanos, de extracción perredista, que tuvieron que ser liberados por falta de pruebas y que representan –en la añeja tradición que nos asfixia- simples escalafones hacia la Meta Final en la SCJN.
Llegarían otros impresentables como Arturo Chávez Chávez y Marisela Morales, culminando con Jesús Murillo Karam y la cauda de servidores públicos siempre dispuestos a hacer patria en el sexenio de la recomposición priísta ayudados por partidos comparsa: el Verde, Panal, PAN, Revolución Democrática y anexas…
La cobardía moral premiada, ahora sienta sus reales en la esfera de lo cotidiano. ¿Seguirán tensando así la cuerda, hasta el 2018, Enrique Peña Nieto y su séquito? ¿Cuál será la respuesta de la sociedad agraviada? El tiempo lo dirá.