Redacción Animal Político · 22 de agosto de 2025
Te platico que hace unos días me mandaron un enlace con un trozo de una entrevista en la cual se me agradece porque, a través de dos de mis hijos, alguien ha podido cubrir vacíos. Qué grave declaración y qué percepción tan auténticamente banal y simplista.
¿Mi respuesta? Ahí te va:
La biología no concede indulgencias y si alguien posterga –por la razón que sea– el ser madre a la hora que el cuerpo funciona, hay consecuencias. Data: en 1970, la edad promedio de la primera maternidad era de 21 años. Hoy, en la mayoría de los países occidentales, rebasa los 27. En España, más del 10 % de los bebés nacen de mujeres mayores de 40. Y la curva, como una sentencia sin apelación, marca sus tiempos: a los 35, dos de cada tres mujeres conciben en un año; a los 40, apenas la mitad.
Pasa que a partir de los 35 la reserva ovárica cae abruptamente. A los 40 la probabilidad de embarazo natural por ciclo es de apenas 5 % o menos, y todo esto da como resultado mayor riesgo genético, mayor riesgo obstétrico y fertilidad reducida. Además de que hay consecuencias sociales y demográficas como son la inversión de la pirámide poblacional y crisis de sostenibilidad y/o natalidad concentrada en élites por tecnologías reproductivas costosas.
El retraso de la maternidad suele justificarse con frases como “la vida decidió” o “me dediqué a mi carrera”, cuando en realidad responde a un sistema que exige a las mujeres elegir entre vida profesional y maternidad. Se genera la fantasía de que la ciencia resolverá todo: óvulos congelados, vientres subrogados, inseminaciones tardías. Pero esas soluciones son costosas, limitadas y no garantizan nada.
Y lo más complejo: algunas mujeres que aplazaron la maternidad romantizan el rol de madrastra o cuidadora de hijos ajenos, queriendo suplir con narrativa lo que no se vivió en carne propia. Esto perpetúa la injusticia hacia las madres reales que sí atravesaron el túnel del parto y la crianza.
Las cifras son frías, pero detrás de ellas hay vidas. Vidas que no esperan. Vidas que no se negocian. Vidas que no entienden de carreras ni de contratos, de aplazamientos ni de espejismos. Cada mujer es libre de decidir, sí. Pero la biología no firma prórrogas. Y lo que no se vale es disfrazar de gratitud lo que en verdad es usurpación: la maternidad no se toma prestada. No se improvisa. No se suplanta. Porque la maternidad —la de verdad— es otra cosa. Es carne abierta, cicatriz, vigilia, silencio, culpa y fe. Es triunfo y es DERROTA, ambas inseparables. Yo sé lo que te digo.
La maternidad no es una foto con hijos ajenos en tus redes sociales, lo siento. En mi caso he tenido un hijo con apenas un 5 % de probabilidad de vida, al que vi tres semanas en terapia intensiva sin poder ni alimentarlo, cargarlo o abrazarlo, respirando con él a la distancia, como quien comparte una misma bocanada de aire. He recibido diagnósticos que parecían condenas: la posibilidad de que uno de mis bebés no tuviera las mismas capacidades y, por eso, pasé diez años entre terapias, estimulaciones tempranas y rutinas que parecían imposibles, hasta verlo florecer. He migrado un diagnóstico de Asperger a un ADHD manejado con paciencia y alimento, como si el cuerpo se pudiera reescribir, con respeto y mucha intuición para que mi hijo no tomara medicinas de prescripción sino hasta los 18 años, cuando él solito lo decidió. He sobrevivido a una negligencia médica que dejó gasas olvidadas en mis entrañas, al filo de la peritonitis con depresión post-parto y dos hijos a mis tiernos 23 años. Sí, justo a esa edad donde es más fácil rendir el cuerpo a la belleza —porque de ella vives— que a la bendita maternidad…
Luego también he empapado de sangre la cama de parto porque el cuerpo se desgarró entero para que Luca naciera, después de extenso curso psicoprofiláctico y más de doce horas de parto [las cuatro veces]. He cargado un recién nacido — dandole pecho— mientras mis otros dos hijos estaban secuestrados. He sonreído aunque por dentro ardía el miedo, porque si yo me rompía, TODO se rompía conmigo y la maternidad en estos momentos se complica –como te puedes imaginar– porque amas sin límite y te aferras a la vida, mientras dos personas que pariste son amenazadas por 21 días de la forma más ruin posible, pasando quizá frío, hambre o miedo, atravesando toda clase de carencias y vejaciones mientras te ahogas en la culpa de tener en tus brazos al bebé más sano y más bello de la faz de la tierra. Es ver a tu alrededor gente llorar y entafilarse y tener que mantener la calma y la cordura, a través del amor y la fe que te inunda. Es dejar en manos de Dios lo que te rebasa y te pone de rodillas. Esos son los extremos que se tocan en la maternidad real.
Y luego ser madre también incluye matar al ego cuando no te hablan y te meten –cada vez que hay diferencias– al congelador.
Dicho lo anterior, aclaro que la maternidad también han sido disfraces a las seis de la mañana para esos nenes y sus amigos; tutoriales de YouTube para aprender a maquillarlos increíble; que Halloween fuera hermoso y mis peques se sintieran los mejores por un día; que se supieran amados y atendidos por SU mamá. No con un disfraz comprado por el chófer, sino con un esfuerzo amoroso y personal para que siempre se sintieran suficientes.
Eran fiestas infantiles con TRES pesos, porque no llegaste a casarte con un señor que ya tenía todo, trabajaste por cada peso que había en tu hogar y de todas formas hacías que parecieran mega producciones en donde ellos y sus sonrisas eran el mejor regalo. O Navidades llenas de tradiciones de TU familia aunque en esa casa no hubiera ni un ápice de fe ni de tradiciones ni de nada por la otra parte porque ni las Navidades celebraban. Lecturas hermosas de la Biblia en inglés –cada noche– para darles un asidero espiritual y luego tener tanto amor, que respetas las creencias o descreencias que terminan imperando a pesar de todo, porque pues eres madre, pero hay que saber tomar el papel de arbolito cuatro en la obra de la vida sin patalear.
Mi maternidad también han sido viajes maravillosos al Medio Oriente [dos minutos antes de que Damasco volara en mil pedazos] y a Asia antes de que Luca cumpliera –incluso– dos años o hasta ir embarazada de siete meses y treparme a la bicicleta y a las estupas en Myanmar para que supieran que el mundo es más largo y más ancho que cualquier frontera. Ha sido manejar sola kilómetros de carretera para recogerlos de un campamento en los Younaited y convertir ese trayecto en unas vacaciones improvisadas llenas de risas –con los dos más pequeños–, mientras pagas el estratosférico tuition de Aarón en una bella Universidad de NY con TUS dolaritos, sin ayudas paternas, e invertías en los sueños de Beto —que ya era papá a los 20 años— y seguir empujando con alegría las metas y/o emprendimientos de cada uno. La maternidad ha sido no esperar ni las gracias de nadie, porque es lo que nos toca: dar y dar y seguir dando por siempre con amor incondicional al tiempo de cometer enormes errores porque las mamás #deadevis nos equivocamos mucho.
La maternidad ha sido tener a Mateo conmigo en los camerinos de TV Azteca porque no concebía el nivel de ansiedad de separación que experimentaba cada vez que estaba lejos de mi bebé y ha sido creer en Luca cuando a los 15 pidió estudiar fuera, apoyarlo contra la voluntad del padre y sostener su libertad. También ha sido ver cómo me arrancaban a mi hijo de 13 después de tremendo berrinche y luego ver cómo lo mandaban lejos para verlo crecer entre extraños y tener experiencias cabronas lejos de su hogar y cerca del abismo. Es no poder decir nada y respetar espacios, distancias abominables. Eso también es la maternidad, mantenerte al margen y seguir adelante.
Y luego está —oh, bendito— la belleza de escuchar “mamá” por primera vez y llorar como si el universo entero te hubiese nombrado reina en todos los cuentos de hadas que jamás se han escrito. Ha sido aplaudir un gol en el patio de la escuela como el premio más grande de la historia. Ha sido ser heroína de sus recuerdos y villana de sus historias de vida, y aceptar ambos papeles porque ambos son VERDADEROS.
Y sí, también ha sido sentir ganas de morirme cuando otros dijeron que fallé como madre. Cuando en ambas ocasiones la paternidad mal entendida de seres humanos limitados y defectuosos –como tú– se dejan llevar por traumas personales o íntimos complejos y se engendra la tiranía y la violencia. Cargar culpas impuestas, soportar juicios ajenos, recibir la condena de quienes NO ESTUVIERON cuando ardía la fiebre, el dolor y había que pasar diez días en el hospital por un envenenamiento estomacal y te quedabas SOLA en esa camita de hospital. La tremenda amenaza de “te los quito en dos minutos y no será por la vía legal, no seas pendeja” (dos veces, dos personajes distintos). Los dos lo cumplieron y mis carencias fueron aliadas para impulsar la distancia. ¿El aftermath? El peor PTSD de la historia y una soledad ancestral también. Y ahora veo que también dio como resultado una maternidad usurpada; qué conveniente, ¿no?
Ustedes madres que me leen lo saben: ser mamá es la chinga más gloriosa y el rol más importante de TODA tu vida y en un estado de claro-oscuro permanente.
Por eso mi aclaración. Porque lo que no es ser madre –como se podría imaginar alguien que tiene el amor de sus mascotas– es pasearte en unos cuantos VTP y unos cuantos AMANES con los güercos de tu media naranja a lugares exóticos. Ni tampoco ha sido para nadie, nunca, la boda de sus sueños con los chamacos del groom como invitados de honor y vestidos de diseñador mexicano en lino para una fotito memorable. Nope.
La maternidad real es un chingo de altibajos en un chingo de aspectos y las que sí han sido madres no me dejarán mentir. Es por ellas también que escribo esto. Y porque en todo ese dolor hay también un triunfo inigualable: nuestros hijos e hijas. En mi caso, cuatro seres humanos hermosos, complejos, pero sobretodo LIBRES. Verlos crecer y tomar decisiones es saber que la herida valió la pena. Que mi historia está escrita en CADA UNO de sus cuerpos, en sus voces, en su mirada…
Que el amor más grande de mi vida fue, también, el miedo más hondo, pero que salí viva. A pesar de todo. A pesar de todos. A pesar incluso de mí.
Decía Nietzsche: “Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo”. Y yo encontré ese porqué en mis cuatro hijos. Decía Simone Weil: “La atención es la forma más rara y pura de generosidad”. Y yo entregué la mía, entera, a los míos. Decía Octavio Paz: “La maternidad es la metáfora suprema de la entrega total”. Y yo sé lo que significa esa entrega, porque la viví en carne viva.
POR ESO RECLAMO. Porque hay mujeres que sí se merecen todos los aplausos: las que a pulmón sacaron adelante a sus hijos SOLAS porque les tocó ser mamá y papá al mismo tiempo; las que además criaron a los de la hermana, o a los de la hija, o a los que la vida les puso en la mesa. Las que ADOPTARON con amor verdadero y asumieron TODAS las responsabilidades y todas las chingas. Las que como enfermeras fueron madres por instantes de niños que no eran suyos, sosteniendo a otras mujeres en lucha, en debilidad o en la muerte. Esas son las madres con mayúscula, aunque no aparezcan en revistas o en pódcasts hablando del “síndrome del impostor” o de maternidad usurpada.
Por eso denuncio. Por mí, pero también por ustedes. Porque hay otras personas que pretenden colgarse medallas y ganarse la simpatía con títulos que no les pertenecen, adjudicarse un lugar que nunca ocuparon, usar a los hijos de otra mujer para tapar huecos propios. Esas no son madres: son embusteras. Pretenden un diploma de maternidad de kermés para treparse en una realidad que no parieron, que jamás han vivido y que NO LES CORRESPONDE.
Esa apropiación simbólica no es inocente: es una violencia más.
La maternidad no es un papel secundario ni un accesorio tardío que puedes adaptar adecuadamente para que sane tus vacíos y te pongas a caravanear con sombrero ajeno, discúlpenme. No es una frase en una entrevista ni un gesto de conveniencia casual y a modo, ya con la mesa servidas en medio de comodidades descomunales. La maternidad es sangre, cicatriz, fe, miedo y amor absoluto e incondicional. Y ese lugar, con toda su luz y toda su sombra, ya está ocupado. Mis hijos tienen a SU propia madre.
Parir no es un trámite biológico, es atravesar la muerte con el cuerpo abierto para dar vida. Y DAR esa vida, con todo lo que implica —noches de fiebre, crisis adolescentes, silencios dolorosos— Y ESA, pertenece a la mujer que se quedó, que sostuvo y que eligió ser madre más allá de cualquier adversidad o cualquier sueño profesional. A mis hijos –a los CUATRO– les he dado la vida y la raíz, y aunque el viento los lleve lejos de mí, hoy mañana o para siempre, ese lazo no se corta ni se reemplaza.
La maternidad no es un premio de consolación cuando la biología ya no responde. Inferir que te sacas la espina con hijos que no pariste a DIARIO y desde que nacieron no es una metáfora limpia, es una pretensión. La maternidad no se hereda ni se improvisa con afectos ajenos. Cualquiera puede decir que no tuvo hijos por “decisión de la vida”. Yo digo que la vida me parió como madre. Y esa vida —esos hijos— llevan mi piel, mi latido, mi historia. No son recurso para cubrir nostalgias tardías ni cura para la frustración de una carrera mal pensada.
Y ojo. Aplazar la maternidad no es un delito. Es un derecho, incluso. Pero como todo derecho, conlleva un costo. Y ese costo no se puede pretender cobrar más tarde, con la vida de otros como moneda.
Porque no se vale venir al casi medio siglo de vida –cuando la biología cerró la puerta– a pretender que el mundo le debe la maternidad a una mujer que la postergó por otras prioridades. No se vale decir que “la vida decidió” o que “el destino eligió” y, acto seguido, agradecer públicamente que ese vacío se llena gracias a los hijos de otra. No. El precio de cada decisión lo paga quien la toma, no los hijos de otra mujer. Ni me vuelvan a dar las gracias.
Eso no es gratitud. Es usurpación simbólica. Es falta de respeto a la madre real, la que sangró, la que sostuvo, la que estuvo. Y es una violencia más, invisible pero brutal, contra TODAS las madres a las que nos han querido arrebatar o minimizar nuestra verdad.
Te respondo desde el corazón: no, no puedes tener síndrome del impostor, porque no eres ni serás nunca su madre.