Redacción Animal Político · 5 de agosto de 2024
A lo largo de la historia, la maternidad ha representado un costo laboral significativo para las mujeres. Según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la participación de las mujeres en la fuerza laboral está mucho más influenciada por la presencia de niños pequeños en comparación con la de los hombres. Esto se debe, en gran medida, a que las responsabilidades de cuidado infantil recaen desproporcionadamente sobre las mujeres. Hay una brecha del 14 % en la participación laboral entre las mujeres con hijos pequeños que viven en pareja y aquellas que no los tienen. En comparación con los hombres, la brecha de género en la participación laboral es aún más pronunciada, alcanza el 38 % para parejas y el 36 % para familias extensas con niños pequeños, en contraste con una diferencia del 23 % para aquellas sin hijos pequeños.
El deporte no escapa de esta realidad. La exigencia que implica practicar un deporte a nivel olímpico, con sus rigurosos horarios de entrenamiento, disciplina, esfuerzo, concentración y el financiamiento necesario para asistir a las competiciones, hace que atletas de alto rendimiento transformen prácticamente el deporte en su ocupación principal y sustento de vida. Para las mujeres, la práctica del deporte a nivel élite enfrenta diferentes desigualdades como la cobertura mediática, el sexismo del lenguaje deportivo en los medios de comunicación, la falta de financiamiento (o las condicionantes para obtenerlo), el acoso y, en algunos casos, abusos sexuales reportados por las atletas, así como las limitaciones para ejercer su maternidad.
Estos Juegos Olímpicos de París 2024, además de ser los primeros en la historia con una participación equitativa del 50 % entre hombres y mujeres, también son pioneros en la inclusión de lactarios y guarderías. La maternidad en el deporte de alto rendimiento ha estado históricamente rodeada de prejuicios y desafíos. Hasta hace unos años, se creía que tener hijos marcaba el fin de la carrera deportiva de una mujer, bajo el estereotipo de que el riguroso entrenamiento y la competencia eran incompatibles con las demandas físicas, emocionales, psicológicas y de tiempo que implica la maternidad.
Sin embargo, hay atletas que han demostrado lo contrario. La velocista Allyson Felix, quien se unió a la Comisión de Atletas del Comité Olímpico Internacional (COI), ha sido una figura clave en la búsqueda de alternativas para que las atletas puedan compaginar su participación en los Juegos Olímpicos con la maternidad. En una entrevista para CBS News, Felix declaró que sabía lo difícil que era competir al más alto nivel después de tener a su hija y quería ser la voz de las madres deportistas. Su activismo comenzó en 2018, cuando denunció públicamente la discriminación de Nike hacia las atletas embarazadas. A pesar de sus numerosas victorias (entre las cuales se encuentran siete veces campeona olímpica), Nike quiso reducir su salario en un 70 % por estar embarazada. Gracias a las declaraciones de Felix y otras atletas, Nike implementó una nueva política de maternidad que garantiza los ingresos y bonificaciones de las deportistas durante los 18 meses posteriores al parto.
El caso de Ona Carbonell, doble medallista olímpica en natación, también llamó la atención en los Juegos de Tokio 2020. Carbonell denunció las difíciles condiciones impuestas para poder seguir amamantando a su bebé durante los Juegos, lo que la llevó a tomar la dolorosa decisión de viajar sola. Por su parte, la maratonista Aliphine Tuliamuk expresó lo difícil que fue dejar de amamantar a su bebé y dormir sin ella, ya que la entrada de infancias estaba prohibida en Tokio 2020. Afortunadamente, las experiencias y voces de estas atletas han contribuido a que en los Juegos Olímpicos de París 2024 se modifiquen las políticas y se creen entornos más favorables para la maternidad y la lactancia.
Asimismo, han sido destacadas las declaraciones de la esgrimista egipcia Nada Hafez, quien compitió embarazada de siete meses, alcanzando los octavos de final. Tras revelar en Instagram que competían “tres en lugar de dos”, recibió críticas sobre si hubiera puesto en riesgo su embarazo, sin considerar que ella es médica. De igual manera, la arquera azerbaiyana Yaylagul Ramazonova compitió mostrando su vientre de seis meses de embarazo, desafiando los prejuicios que han afectado a las mujeres deportistas y demostrando que la maternidad no es un obstáculo para competir en el evento deportivo más importante del mundo.
No obstante, aún quedan desafíos por superar, como el financiamiento de habitaciones de hotel para las madres que lo necesiten, ya que actualmente estos espacios solo están disponibles si son financiados por los Comités Olímpicos Nacionales, lo que representa una barrera adicional. También es necesario contar con lactarios no solo en la villa olímpica, sino también en los estadios, donde las atletas puedan extraer y almacenar su leche. Tuliamuk relató que durante una competición en 2020, un cambio de horario debido al clima le impidió extraer su leche en el hotel y, al llegar al estadio, no encontró un lugar adecuado para hacerlo, salvo el baño, pero ya no tenía tiempo. También es crucial considerar el financiamiento de cuidadores que puedan hacerse cargo de los hijos de las atletas mientras ellas compiten.
Los cambios implementados en los Juegos Olímpicos de París 2024 son un ejemplo de lo que se busca en las luchas por la justicia reproductiva: la decisión de ser madre o no serlo no debe representar un obstáculo o generar prejuicios que limiten el desarrollo profesional y personal de quienes pueden gestar. En este caso, permitir que las mujeres elijan la maternidad y, al mismo tiempo, alcancen la cima de su carrera sin perder el ritmo ni dejar de participar en los Juegos Olímpicos es un gran avance.
* Anahí Rodríguez Martínez(@anahirgzm) es Oficial de Incidencia Política en GIRE.