Redacción Animal Político · 10 de mayo de 2024
Entusiasmo, miedo, fortaleza, agotamiento, apoyo de la red, culpa por ser “mala madre”, satisfacción, dudas y un amor intenso difícil de poner en palabras. Estos son algunos de los claroscuros de la maternidad que colegas del ILSB, compañeras de organizaciones aliadas y activistas jóvenes comparten en este texto coral sobre su experiencia maternando.
No sé si exista en mi vida una discordancia más habitable que mi maternidad. Descubrí la contradicción cuando me discutía si era un deseo propio o impuesto y me costó reconocer que deseaba algo que otras mujeres no desean. Aprendí a entender la contradicción de amar profundamente a alguien que no soy yo, sino “el otro”; a vivirme en la contrariedad de jugar muy bien al sacrificio, al tiempo que pregono que eso no debe ser, que no está bien.
Aprendí a ser amiga de “otro tipo de mujeres” con quienes romantizo a gusto, sin ser juzgada, con quienes comparto y fijo posturas sin tapujos. Aprendí a aceptar que mi felicidad es inversamente proporcional a mis angustias y que, sin embargo, en mi muy particular caso, no me arrepiento.
Parte de mi contradicción es quizá excusarme, decirme que no soy responsable de la paradoja de la maternidad; decir que responsable es este mundo que reproducimos todos los días en todos los espacios, un mundo que no está hecho para dar cabida a quienes damos y cuidamos la vida. Sostengo sin refutación que necesitamos acuerpar las maternidades elegidas, acuerparlas desde la realidad y no desde el discurso. La maternidad –como la no maternidad- son actos políticos que reivindicamos desde un feminismo que exige la posibilidad de decidir, cuidar y maternar con menos renuncias, menos sacrificios y menor contrariedad.
* Daisy Paniagua, cocoordinadora de Género, Igualdad y no Discriminación en el ILSB.
La sociedad es muy dura con las mujeres que decidimos ser madres, parece incluso que nos castiga. Desde el momento en que el bebé pasa por el canal de parto o se nos extirpa del cuerpo, dejamos de ser hijas, hermanas o esposas para convertirnos sólo en “mamá”.
Las expectativas culturales y los roles de género impuestos a las madres nos exigen que dediquemos absolutamente todo nuestro tiempo y energía a nuestros hijos, lo cual es una práctica de alto riesgo porque, según datos de la Secretaría de Salud, 2 de cada 10 mujeres presentan depresión durante el embarazo y después del parto.
Por eso es fundamental crear redes de apoyo sanas y acercarnos a esa amiga que dio a luz. Muchas veces un mensaje, una salida al café o una visita de 30 minutos, se sienten como una curita para el alma.
* Camila Millan Anaya, integrante de las redes de activistas jóvenes del ILSB en Sonora.
Cuando la maternidad ha sido una elección libre, se desarrolla y se vive de forma consciente, con sus implicaciones, ventajas y desventajas y, por supuesto, con todo el esfuerzo y desgaste físico que implica el cuidado y la crianza de un nuevo ser.
Pese a ser elegida, como en mi caso, la maternidad me ha significado una demanda de energía constante para cuidar y lactar, a la vez que hago malabares con mis tiempos en el plano profesional. Es importante decir que no hubiera podido hacerlo sola, necesité de otras manos y otras energías: en algunos momentos tuve el apoyo del papá de mis hijxs y, en otros, la ayuda de algunas mujeres de familia.
Maternar de manera elegida no siempre significa “miel sobre hojuelas”, traer un hijo al mundo exige responsabilidad, salud mental y amor para criarlo lo mejor posible.
* Diana del Rocio Rodríguez Jiménez, coordinadora de la Red de Mujeres de los Pueblos Indígenas y Afrodescendientes de Chiapas (REMIAC), aliada estratégica del ILSB.
La noticia de que iba a ser mamá fue muy abrumadora, sin duda estaba muy feliz porque tendría a mi primera y única hija (algo que siempre había deseado), pero también estaba muy asustada, preguntándome cómo cambiaría mi vida.
No pretendía romantizar mi maternidad, no tenía expectativas, pero cuando nació mi bella Eliette creí que al menos tendría esa conexión especial o el amor a primera vista del que tanto hablaban y no fue así. Estaba cansada por el parto y obviamente no pude descansar los siguientes días por la alta demanda de mi bebé. Sólo podía pensar en mis ganas de dormir, comer y bañarme como lo hacía antes; y eso me hacía sentir culpable porque no estaba disfrutando “esos momentos importantes” de los que todo el mundo hablaba.
Entonces fue cuando me di cuenta de lo mucho que había subestimado la maternidad; mi bebé necesitaría de mi 24/7 porque soy su alimento (LME), soy quien la cuida y, por instinto, es a quien busca. Aunque por el momento tengo el privilegio de no trabajar para estar cerca de mi bebé y tengo el apoyo incondicional de mi pareja, la maternidad suele ser complicada porque aunque busques el balance entre ser mamá y ser mujer, a veces es como si la maternidad lo absorbiera todo -no quieres errar, quieres hacerlo con amor, con valores, con crianza respetuosa- y es ahí cuando puedes llegar a perderte.
* Evelin Díaz Gómez, integrante de las redes de activistas jóvenes del ILSB en Durango.
La experiencia de maternar es tan diversa, que depende de muchos factores como si es o no elegida, si existen o no redes de apoyo, las condiciones de salud física y emocional de quien materna, entre muchos otros. En mi caso podría nombrarla como una maternidad atípica e inesperada, porque desde el día uno me puso de frente a la vulnerabilidad de la vida de mi hija.
Puedo describirla como la experiencia más ambivalente que he vivido. Por una parte, me ha permitido recuperar la capacidad de asombro y ternura ante los momentos en el desarrollo y crianza de mi hija, sentir una fortaleza interna para enfrentar situaciones desafiantes, reorganizar mis prioridades, redimensionar el valor y la importancia de la solidaridad y los afectos de quienes están cerca y nos sostienen.
Por otro lado, me ha llevado a sentir la mayor fragilidad y angustia; así como una enorme frustración por tener que posponer actividades personales, por pausar el ritmo, por priorizar las necesidades de mi hija y por sentir que el trabajo y tiempo dedicado a los cuidados no se equiparan en valor al trabajo productivo laboral.
* Nancy Salmerón, cocoordinadora de Género, Igualdad y no Discriminación en el ILSB.
La maternidad conlleva muchos retos, empezando por la idea de que “tienes que sacrificar cosas”. En mi caso, desde el embarazo me propuse replantear mis metas de la mano de mi hija porque reconozco que su bienestar es primordial para mí. Pero maternar bajo la expectativa social de que el cuidado y bienestar de mi hija deben estar por encima del mío, es duro y solitario porque, incluso con una figura paterna presente, la exigencia hacia las madres siempre es más grande.
Otro gran reto es aprender a confiar en otras personas para cuidar a tus hijos o hijas cuando tú necesitas ir a trabajar o incluso cuando lo que necesitas es socializar.
La maternidad es un recorrido de aprendizajes de la mano de nuestras hijas, hijos o hijes; no solo es guiarles, es amarles en el proceso y hacerles saber que somos seres en quienes puedan confiar, lo cual es especialmente complejo si crecimos en un entorno violento.
Nuestra responsabilidad es criar infancias más confiadas y sinceras, procurar que su curiosidad perdure, establecer pautas y responsabilidades de convivencia, reconocernos para reconocerles y, sobre todo, estar presentes.
* Lizbeth Marcelino Reyes, integrante de las redes de activistas jóvenes del ILSB en Estado de México.
Como lesbiana, siempre pensé que no querer hijes propios me alejaba de la posibilidad de tener una familia. Quizás por eso sigo siendo feminista, porque puedo trazar una historia del feminismo como política que busca abolir la familia, como dice Sophie Lewis. Es una propuesta que asusta porque el sentido común refuerza la idea de que, ante cualquier vicisitud, siempre nos quedará la familia. Un sentido común que suele esconder la otra cara de esa moneda: historias de trauma o de explotación encubierta por los cuidados de nuestras mamás.
También como lesbiana, me hice una familia propia, una familia afectiva en el sexilio, con muchas otras sexiliadas. Y como lesbiana materno a une hije o quizás, más que maternar, le acompaño en su propio sexilio, como una forma de devolverle la posibilidad de familia que yo he encontrado en otros afectos. Esa es mi manera de seguir abogando por la abolición de la familia, de ese hogar privado heterosexual del neoliberalismo que tantas violencias encubre.
* Silvia Soler, coordinadora de Formación y Saberes en Intercambio en el ILSB.
Tuve el privilegio de decidir ser mamá y fue un embarazo planeado, decretado, sostenido y amado; sigue siendo así, pero no solo por mí, también estuvieron presentes personas que aman y también maternan a mi hijo y, a pesar de eso, nunca me sentí tan sola, hasta que me convertí en mamá. Porque durante el embarazo, en el posparto, en la lactancia y ahora en la crianza, la maternidad está cargada de responsabilidad, entrega y amor; y pese a tener una red de apoyo grande e incluso estar en pareja, es un proceso que se vive en soledad.
“¿Lo cuidará igual que yo? ¿Está respirando? ¿Me estoy perdiendo en la maternidad? ¿Mis rutinas y horarios volverán a encajar? Algunas personas se han ido, todo cambió, yo cambié”, esos pensamientos catastróficos tienen escondido entre líneas el juicio de la “mala madre” y también mis deseos de seguir desarrollándome profesional y personalmente. Maternar es pesado y, que sea bonito, no le quita lo cansado.
A la hora de criar, nadie te dice que no importa la información que tengas y los consejos que te den basados en la experiencia ajena, este proceso es tuyo, es nuestro y solo podemos confiar en que lo estamos haciendo lo mejor que podemos con los recursos que tenemos; confiar en nuestra toma de decisiones y en que lo estamos haciendo con intuición y desde el amor.
* Jennifer Josefina De La Torre Delfín, integrante de las redes de activistas jóvenes del ILSB en Durango.
Bien dicen que “la maternidad será deseada o no será”, porque no es una tarea fácil. En el caminar de la crianza me he topado con sentimientos que jamás imaginé que podrían coexistir; puede ser dulce, muy amargo o incluso agridulce, puedes literalmente llorar de miedo y de emoción al mismo tiempo.
Nadie habla de las cosas difíciles de maternar: tu cuerpo cambia, tu rutina cambia, tu aspecto físico se transforma, algo dentro de ti se rompe e invade tu ser.
Sin duda alguna, maternar ha sido lo más complejo que he experimentado, he sentido mi alma tremendamente saciada, pero otras veces me he sentido vaciada hasta la última gota. Tal vez la única constante es el amor que siento cuando veo sus rostros, cuando están dormidos, cuando corren en el campo libremente, cuando escucho sus risas, cuando recuerdo cómo mi leche materna calmaba todas sus angustias…ver cuánto crecen cada día mientras yo velo por su bienestar.
* Karen Stephanie Gutiérrez Quintero, integrante de las redes de activistas jóvenes del ILSB en Morelos.