Maternar

blogeditor · 20 de mayo de 2022

Maternar

Te entrego mi vida entera y te entrego pedazo por pedazo: mis veinte dedos, mi radio y mi cúbito, mi cuello; mis pechos, que durante un año te alimentaron; mis años, mis experiencias, mi sistema nervioso, mi mirada; mi piel, que durante 38 semanas se estiró para abrirte paso; mis vísceras, que se comprimieron para darte espacio, las comisuras de mi boca, mis uñas descuidadas; mis oídos, que escuchan hasta tu silencio; mi apetito, que crece en la medida que crece el tuyo. Mi fragilidad y valentía. Mi llanto, mi saliva y mis pensamientos. Mi angustia, mi miedo, mis arterias. Mi presente y mi futuro. Mi alegría.

¿Eres mío o soy de ti? ¿Existías antes de nacer? No me recuerdo sin ti. Tal vez no era yo, sino otra: una mujer esperando. Una Penélope. ¿Quién era antes de sentir este amor indefinido e infinito? Antes de ti había una antes de mí. Esta vida, como nunca me había gustado, es a partir de ti y contigo.

No sé si alguna vez materné antes de Nicolás. He brindado cuidados, sí. He amado profundamente, también. Me he entregado, por momentos. Pero nunca así, dándolo todo y pedazo por pedazo. Qué más da. A mí me tocó entenderlo así, a partir de ti y contigo.

La maternidad me convirtió en loba feroz: me crecieron los ojos para verte mejor, me crecieron los brazos para contenerte mejor y me creció el deseo de devorarte, también. De regresarte a mi cuerpo. Y, sin posibilidad alguna, solo me queda la pretensión de absorber tu dolor cuando lo tengas, el impulso de secar tus mejillas cuando el llanto les escurra, y la necesidad de cuidarte hasta que te vayas.

¿Te irás? ¿O te llevaré siempre conmigo, devorados por mi memoria y por la imposibilidad de suspender el tiempo? Te regalo mis alas, mi tálamo y mi hipotálamo. Los recuerdos los dejo conmigo, no te sirven de nada. Guardo a la mujer que era antes de ti. Me asomo y la saludo. A veces voltea a verme, nostálgica, desde su banca. Otras tantas, despiadada, me recuerda lo joven que era, lo desesperada, lo bella y perdida. Devorada por la vida, por su madre. Devorada por la prisa.

Perdí la cuenta de los tipos de dolor que he sentido en el cuerpo. Hace unos días, rendida en la cama de un hospital, me di cuenta de que mi hijo es el gatillo de mis ganas, de mi curiosidad, de mi fuerza. Mi cuerpo estaba tomado. Mi cabeza estaba tomada. Me dolía estar viva. Disparé. Morí y volví a nacer.

Soy mi propia madre, me dije cuando parí a Nicolás. Soy mi propia madre, repetí cuando perdí el útero. Soy mi propia madre, me digo ahora mismo, mientras escribo. Porque nadie ha de cuidarme como me cuido. Nadie ha de amarme como me amo y nadie ha de conocerme como me conozco. Materno a mi hijo y me materno a mí.

Leo las huellas que llevo. Desenredo mis raíces y reconozco la evasión que, durante treinta y seis años, fue mi forma de escapar de este mundo. Veo, de frente, no el dolor físico que siento, sino el dolor que llevo dentro. Siento cómo suelto la piedra que cargaba cuesta arriba y me detengo a mirarla rodar hacia abajo. Muevo mis hombros, son libres. Mis veinte dedos, libres. Mis pechos, mi valentía y fragilidad: libres. Tomo el dolor y me asomo. Se lo entrego a mi Penélope, ella podrá sostenerlo. A ti, Nicolás, te doy lo que soy sin dolor: una mujer libre. Una madre. Una loba feroz.

Materno. Soy madre de mi hijo, a veces mi propia madre.

@barbarahoyo