Materia oscura

blogeditor · 31 de julio de 2020

Materia oscura

Una de las teorías del destino del universo es que, en algún momento, ese espacio-tiempo sufrirá una muerte térmica: demasiado frío para sostener vida en él.

En unos meses David y yo cumplimos cuatro años juntos. Ambos nos conocimos sin expectativa alguna, así que todo lo que nos ha ocurrido ha sido un Big Bang: una derrota del destino que nos alcanzaba y que durante toda una vida nos había mantenido a años luz de distancia.

Vivir en pareja es construir posibilidades. La posibilidad de existir, de crear, de colapsar, de ser consumido por un agujero negro, de contraerse o de reducirse a polvo. David dice que es un ácaro del cosmos y entiendo por qué: yo también lo soy. Casi me atrevo a decir que somos una especie de la misma galaxia.

Nicolás avisó que había llegado a nuestra historia antes de que cumpliéramos un año viviendo juntos. A veces pienso que nuestra relación se construyó tan rápido que ni siquiera supimos de qué material estaba hecha. De polvo de estrella fugaz, quizá. Por la brevedad y el deseo.

David ya era papá cuando lo conocí. Siempre ha sido más papá que persona y más persona que pareja. Por eso lo amo y por eso lo detesto. Anna, su hija, tiene diez años y es la persona favorita de mi hijo. Así que soy madre y madrastra. O madre al cuadrado. O madre y media. No lo sé. Tampoco sé cómo se sobrevive a los números pares. Decía Clarice Lispector: “Yo quiero ser solamente uno para no acabar como un número divisible por otro”.

Más o menos a la mitad de mi embarazo, cuando la panza me obligó a armar una fortaleza de almohadas alrededor de mí y entre mis piernas, en realidad estaba trazando un camino irreversible. Sin saberlo, alimentaba a un pequeño elefante blanco que nos acompañaría en cada espacio íntimo que habitáramos.

En este universo, en el que hay más pañales que sexo y las conversaciones orbitan como planetas alrededor de la división de labores, no nos dimos cuenta dónde, cuándo y cómo nos perdimos. Nuestra Vía Láctea se convirtió en un mar de leche materna; y comenzamos a ahogarnos en él.

A las crisis les importa una mierda lo que sepas de ellas o lo valiente que seas para enfrentarlas: te devoran y te vomitan solo para que, en el instante en el que tengas un pie fuera de ellas, encuentres complicidad o una sonrisa conocida o un poco de nostalgia antes de volver a ser deglutido.

La caducidad siempre estuvo frente a nosotros, sentada en la misma mesa donde nos conocimos. Hoy, creo que David y yo nos encontramos para que a este mundo llegara Nicolás y se hiciera la luz. No tengo ninguna otra certeza.

Las relaciones nunca acaban de un momento a otro: van mandando señales como las estrellas que, justo antes de morir, se vuelven más brillantes. Hasta que un día despiertas y junto a ti se encuentra la persona con quien formaste una familia y el elefante blanco al que ya no puedes seguir alimentando. ¿Qué se hace con eso? ¿Se trata de un universo en expansión? ¿O es que tal vez comienza a hacer demasiado frío?

@barbarahoyo