Joel Aguirre · 6 de octubre de 2026
El caso de Cornell ha vuelto a colocar la violencia sexual en el centro de la conversación pública a nivel internacional. Una estudiante denunció haber sido drogada y violada por siete integrantes de una fraternidad en 2024; la demanda, presentada dos años después, reveló, entre otras cosas, mensajes intercambiados aquella noche entre miembros del grupo. La justicia tendrá que determinar las responsabilidades de los hombres señalados.
Más allá de esto, es necesario explorar otra realidad que no he visto cuestionada con la constancia y persistencia necesaria: ¿Qué hacen los otros hombres ante estas situaciones? Los que reciben un mensaje y responden. Los que escuchan una historia y ríen. Los que ven una conducta violenta y voltean hacia otro lado. Los amigos que sospechan y prefieren no preguntar. Los que saben y callan porque cuestionar a otro hombre puede tener un costo altísimo dentro del propio grupo.
Ese es uno de los elementos centrales que tiene que ponerse sobre la mesa en el análisis contemporáneo sobre las masculinidades.
Hace más de una década, el documental The Hunting Ground hizo pública la violencia sexual en las universidades de Estados Unidos y las enormes dificultades que enfrentaban las mujeres cuando denunciaban. Después vino #MeToo y millones de mujeres hicieron algo que durante generaciones se les había pedido que no hicieran: hablaron. Dijeron nombres, contaron experiencias, cuestionaron instituciones y expusieron comportamientos que habían sido normalizados.
Las mujeres rompieron el silencio. Dejaron de aceptar el lapidario “Calladita te ves más bonita”.
Quizá ha llegado el momento de preguntar cuándo van a romper el suyo los hombres.
Durante años preguntamos a las mujeres que sufrieron violencia: ¿por qué no denunciaste?, ¿por qué no dijiste nada?, ¿por qué estabas ahí?, ¿por qué bebiste? Hay otra pregunta que nadie le hace a los hombres: ¿por qué no dijiste nada cuando viste a otro hombre violentar o abusar de una mujer o una niña?
Los estudios sobre masculinidades llevan décadas mostrando que ciertas formas de masculinidad no se construyen únicamente en la relación de los hombres con las mujeres, sino frente a otros hombres. La antropóloga Peggy Reeves Sanday lo estudió en las fraternidades universitarias estadounidenses. Rita Segato ha analizado desde América Latina el mandato de masculinidad y la dimensión expresiva de ciertas violencias. En México, investigadores como Juan Guillermo Figueroa han contribuido durante décadas a estudiar a los hombres como sujetos de género: cómo se construyen las masculinidades, qué costos producen y cómo pueden transformarse.
Una de las ideas que más me impactó cuando estudié masculinidades fue precisamente esta: determinadas expresiones de violencia contra las mujeres tienen como interlocutores, principalmente, a otros hombres. La demostración de potencia, dominio o conquista sirve para obtener reconocimiento dentro del grupo. La mujer es simplemente el objeto, el instrumento, mediante el cual un hombre demuestra algo ante sus pares.
No toda violencia sexual responde a ese mecanismo ni todos los hombres participan de él. Entenderlo cambia el lugar donde ponemos la mirada porque si determinadas formas de masculinidad se construyen y validan entre hombres, también entre hombres tienen que ser cuestionadas.
Esto pone sobre la mesa otro aspecto: el pacto de complicidad y pertenencia.
La complicidad no requiere ejercer directamente la violencia. Puede consistir en reír, minimizar, justificar, encubrir o simplemente callar. Puede aparecer cuando pertenecer al grupo resulta más importante que enfrentarse a quien está violentando a una mujer y poner esa violencia en evidencia.
En esta ocasión, el caso de los Siete de Cornell, que yo prefiero nombrar con todas sus letras: los Siete Violadores de Cornell, ha hecho evidente algo que no había sido tan claro en otros momentos: hombres cuestionando a otros hombres. No porque merezcan reconocimiento especial por condenar una violación, sino porque romper la violencia machista exige romper también los mecanismos masculinos que la normalizan. Hay hombres que han alzado la voz para denunciar esta realidad y dejar el silencio atrás.
Durante años hemos hablado de “nuevas masculinidades” como si se tratara principalmente de hombres capaces de expresar emociones, compartir los cuidados del hogar o escapar de ciertos estereotipos. Es parte de la conversación, pero la discusión va más allá. Estamos hablando de poder, pertenencia y reconocimiento entre hombres. De qué ocurre cuando defender a una mujer significa enfrentarse al amigo, al hermano, al primo, al padre o al abuelo. De si un hombre está dispuesto a convertirse en el incómodo de su grupo cuando alguien cuenta un chiste sobre una violación, comparte una fotografía sin consentimiento en un grupo de Whats App, presume de una relación sexual con una mujer incapaz de consentir o ejerce violencia frente a él.
Al feminismo no le corresponde hacer ese trabajo por ellos.
Los hombres tienen que cuestionar a otros hombres. Tienen que romper códigos de complicidad y estar dispuestos a perder la aprobación del grupo. Confrontar la violencia de otro hombre no los hace menos hombres. Cuestiona precisamente la idea de masculinidad que identifica ser hombre con dominar, controlar o violentar.
Eso es lo que está hoy en disputa y se ha hecho más claro que nunca.
El machismo mata mujeres, pero también empobrece la experiencia de ser hombre: exige fortaleza permanente, castiga la vulnerabilidad, convierte la dominación en prueba de masculinidad y hace de la aprobación de otros hombres una medida del propio valor.
Cornell tendrá que responder por lo que hizo y por lo que dejó de hacer. La justicia tendrá que determinar responsabilidades, pero la conversación que deja el caso no puede terminar ahí.
Después de #MeToo, las mujeres aprendimos que romper el silencio podía cambiar las reglas.
¿Cuándo van a empezar los hombres a romper el suyo? #RompanElPacto♦