Más rápido, más alto, más fuerte… mejor masculino

blogeditor · 4 de agosto de 2021

Más rápido, más alto, más fuerte… mejor masculino

Durante los últimos días, y como cada 4 años (o en esta ocasión 5), la sede en turno de los juegos olímpicos se ha convertido en un escaparate para la asombrosa capacidad física y mental de la especie humana. Escaparate que exhibe también inevitablemente, como dos caras de una misma moneda, las desigualdades que aún plagan nuestra existencia colectiva.

Históricamente, el deporte ha sido y sigue siendo un dominio altamente masculinizado. El olimpismo moderno surgió como un espacio más en la reinterpretación que el mundo occidental del siglo XIX hizo del ágora griega, ocupada y dirigida por “ciudadanos”: hombres, blancos y libres. Por ello no sorprende que Pierre de Coubertin, quien adaptara la antigua celebración griega a la modernidad decimonónica, sostuviera que los hombres, émulos de la sublime figura humana (masculina) del helenismo, eran los protagonistas “naturales” de los juegos, y que el lugar de las mujeres estaba en sus hogares, dando a luz y realizando labores de cuidado, no compitiendo.

Tampoco es de sorprender que el reconocimiento por incorporar a las mujeres a las competencias olímpicas en papeles distintos al de coronadoras de los atletas vencedores, no le corresponda al barón (con “b”, pero también con “v”) de Coubertin, sino a su compatriota Alice Milliat. La edición femenina de los juegos olímpicos que ella organizó, y que empezaban a cobrar fuerza, generó la presión necesaria para que el Comité Olímpico Internacional incorporara por primera vez a mujeres en sus competencias en Ámsterdam 1928.

Hoy, 125 años después de la celebración de los primeros juegos olímpicos de la modernidad, el despliegue de fortaleza y resistencia física y emocional, atributos entendidos aún como “naturalmente” masculinos, son todavía centrales al discurso del olimpismo, contenidos en la alocución latina Citius Altius Fortius que sirve como su lema. Aun cuando cientos de personas —más allá de solamente hombres blancos— toman parte en la justa, el espíritu androcéntrico y colonial en el que se concibieron los juegos parece todavía sedimentado en el movimiento olímpico.

Para muestra, un par de botones. Después de casi un siglo de los esfuerzos de Milliat para que las mujeres fueran incluidas en el movimiento olímpico, la atleta sudafricana Caster Semenya fue marginada de las competencias de velocidad, paradójicamente no por falta sino por “exceso” de fortaleza física. Semenya fue cuestionada y finalmente suspendida porque sus marcas eran muy superiores a las de sus rivales. Luego de una serie de pruebas a su anatomía, invasivas y que atentaban en mucho contra su dignidad, se decidió que su constitución física-hormonal le otorgaba una “injusta” ventaja sobre las demás competidoras. La decisión de marginarla equivalía, de facto, a señalar que Semenya, aunque demasiado masculina para participar “justamente” entre otras mujeres, no lo era suficiente para competir entre varones.

En 2021, dos atletas africanas más, las namibias Christine Mboma y Beatrice Masilingi, han corrido una suerte similar al ser declaradas “no elegibles” para participar en la prueba de 400m planos en Tokio. Los niveles de testosterona registrados por ambas atletas están por encima de los estipulados por la federación de atletismo para las corredoras en esa prueba, en la que, antes de los juegos, Mboma ocupaba la 1ª posición y Masilingi la 3ª en la calificación mundial.

No tener una constitución hormonal y, en efecto, una apariencia física lo suficientemente “femenina” ha resultado problemático para varias atletas de distintas maneras. Pero el imperativo de masculinidad perdura más allá de la reglamentación explícita y el escrutinio de la apariencia física. El caso de Simone Biles, uno de los más comentados en esta inusual olimpiada, es un ejemplo ilustrativo. La gimnasta estadounidense se retiró de la competencia mientras se realizaba la prueba final por equipos. Ello le valió una serie de reacciones negativas, que cuestionaban la validez de su decisión, motivada por su preocupación por su salud mental, según sus propias afirmaciones. De haberse debido a una lesión física, probablemente nadie habría objetado su retiro. En cambio, la discusión gravitó hacia una noción en apariencia aún muy vigente de que las emociones no deben subordinar a la razón y mucho menos al desempeño físico. Esa concepción está en la base de la distinción desigual entre lo masculino, concebido como racional, esto es, superior de acuerdo con la taxonomía moderna de las características humanas, y lo femenino, esclavo de la emocionalidad y, por tanto, en perenne desventaja.

Más allá de si quienes defienden o refutan la decisión de Biles son personas reconocidas y (auto)identificadas como varones, mujeres o quienes ocupan alguna otra posición en el espectro del género, es curioso que muchas personas no consideraran la posibilidad de que la salud mental a la que se refirió Biles estuviera ligada a aspectos cerebrales asociados a funciones primarias (como regular la movilidad o el equilibrio), como ella misma amplió más tarde. En cambio, muchas de ellas parecen haber asumido de inmediato que se trataba de problemas relacionados con la emocionalidad, percibida como vitalmente menos relevante. Más que las personas, son las ideas y las argumentaciones las que exponen el carácter aún profundamente masculinizante del deporte olímpico: lo emocional debe estar supeditado a la razón; cuanto más si el desempeño físico está en la línea. El tenista serbio Novak Djokovic, por ejemplo, se apresuró a señalar que la alta presión (emocional) era un elemento indispensable para lograr la excelencia deportiva. Irónicamente, el propio Djokovic desahogó su frustración en un episodio explosivo (que incluyó ademanes y una raqueta destrozada) al perder el partido por la medalla de bronce días más tarde. Su explicación para ese tropezón deportivo y su consecuente exabrupto incluyó el hecho de estar “física y mentalmente agotado”, en ese orden.

Afortunadamente, y de manera mucho más lenta que otros dominios de la vida humana, el olimpismo se reacomoda para incluir formas de género menos hegemónicas. Por primera vez una atleta trans pudo participar en las categorías femeninas de la halterofilia. Las mujeres representan poco más de la tercera parte de quienes compiten en Tokio 2020, y el respeto a la diversidad se ha consagrado como parte del simbólico juramento que atletas y jueces realizan al inicio de los juegos. En el caso específico del olimpismo mexicano, las deportistas son parte fundamental de la delegación. La brecha entre varones y mujeres mexicanas ganadoras de preseas sigue cerrándose: más de la mitad de las medallas con las que las delegaciones mexicanas han sido condecoradas desde Sídney 2000 se han obtenido en competencias femeninas y una mujer, María Espinoza, se ha convertido en la 2ª atleta mexicana con más preseas olímpicas (una medalla de cada metal) en el mismo lapso.

Quizá una de las imágenes masculinas que mejor represente el anhelo que muchas personas tenemos para el olimpismo actual sea la del clavadista británico Tom Daley. En la rueda de prensa celebrada después de ganar la medalla de oro en clavados sincronizados junto a su coequipero Matty Lee, Daley declaró estar “increíblemente orgulloso de decir que soy un hombre gay y campeón olímpico”. Días más tarde, se “viralizó” la imagen de un apacible Daley tejiendo en las gradas de la alberca olímpica mientras apoyaba a sus compañeras clavadistas. Esa imagen bien puede ser un símbolo al cual aspirar para que, más allá de reproducir hegemonías, el olimpismo se convierta cada vez más en un espacio en el que un hombre pueda no sólo ser más rápido, más alto o más fuerte, sino también mejor masculino.

* Alí Siles (@AliSilesB) es investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM (@CIEGUNAMy especialista en masculinidades.