oneflores · 6 de junio de 2011
Leo la prensa de mi ciudad con un poco de frustración. Aquí está la nota, un flan que parece preparado para el disfrute de contratistas y gobernantes:
Reviso el contenido buscando información que indique quien hizo la evaluación, que criterios utilizó, que comparativo intenta. No encuentro nada. La nota solo dice que en pocos años se construyeron muchas obras. Ningún detalle sobre quien, como y cuando se evaluó el incremento a la calidad de vida, ni de como se vincula esa mejoría con las obras que promovió el Gobierno. Vamos, la nota ni siquiera atribuye la declaración a personaje alguno. El texto y el encabezado están tan desvinculados, que su conclusión parece un tanto mágica, automática, como producto de un brinco lógico maravilloso: Más cemento, mayor calidad de vida.
Entiendo que a un sector del público les parezca inherentemente estupenda la construcción de puentes, supervías y segundos pisos. “Increíble hazaña de la ingeniería” dirán algunos, “estrategia contracíclica contra el desempleo” dirán otros. “Al menos no se roban la lana” dicen los menos exigentes. No son pocos los que simplemente recurren a la imagen que tienen de algún puentesototote en Houston o Dallas, y concluyen que necesitamos uno o varios para demostrar que efectivamente vamos en camino hacia el progreso. Pero la evaluación del gasto público, al menos la ejercida por la prensa independiente debería ser un poco más rigurosa, ¿no?
Aún si creemos que las megaobras viales son benéficas, podríamos ser un poco más claros. ¿A qué nos referimos con “calidad de vida”, y de qué manera asumimos que dicha variable se afecta con un “tratamiento” como la construcción de pasos a desnivel? ¿En serio será tan difícil dar al público información útil? Por ejemplo, con un poquito más de trabajo la nota de hoy podría haber sido:
“Puentes reducen en X minutos los tiempos de traslado en automóvil. Elevamos la calidad de vida, afirma Gutierritos”.
Quizá un encabezado así no sea tan apantallante, pero los ciudadanos podrían evaluar si esos minutos valen los miles de millones de pesos que costaron las obras. Los automóvilistas podrían llevar un registro mental de cuanto tiempo tardan en cruzar la ciudad, para verificar a) si el beneficio efectivamente existe, y b) si el beneficio se mantiene pasado algún tiempo. Y por supuesto, quienes no se mueven en coche podrían preguntarse por que se transfieren tantos recursos para “elevar la calidad de vida” de un sector tan reducido de la población.
Pienso por ejemplo en el segundo piso del periférico del DF. A solo siete años de distancia, ¿seguirá “elevando la calidad de vida”?
