Más allá de una Potemkin-democracia

Daniel Gershenson · 18 de julio de 2011

Más allá de una Potemkin-democracia

 

Grigori Alexandrovich Potemkin fue un estadista ruso: soldado, favorito y amante de Catalina la Grande, Emperatriz de Rusia (1729-1796). Combatió a los cosacos y otomanos; a los primeros, los incorporó al Imperio. También consiguió la anexión de la península de Crimea. Se le confirió el título de Serena Alteza, Príncipe de Táuride. Hizo la guerra. Fundó poblaciones, y consolidó la flota rusa. El Acorazado Potemkin: el barco, y la célebre película de Sergei Eisenstein (1898.1948), uno de los filmes más influyentes de la historia -estrenada en 1925- llevan su nombre.

 

Cuenta la leyenda que en sus recorridos con Potemkin por Crimea, Catalina había quedado maravillada por los atractivos pueblos que alcanzaba a divisar a lo largo del camino. Se veían limpios, vistosos y ordenados. La gente, agradecida y contenta. Un lejano contraste con la realidad para la población sometida en esa zona: inhóspita, llena de carencias. Miserable.

 

Se dice que el Príncipe de Táuride se había esmerado en evitar que los ojos de Catalina chocaran con la triste evidencia, y la aplastante sordidez en la que vivía la gente en este nuevo territorio. Mandó construir elaboradas aldeas fantasma: en apariencia opulentas, pero puras fachadas de utilería. Precursoras de los sets o platós de cine, que incluso (alegaban maledicientes en la Corte) eran desensamblados una y otra vez para aparecer como por arte de magia en otros lugares donde pasaría la procesión imperial. No es seguro que el relato sea cierto, pero ha inmortalizado a Potemkin y a sus incontables émulos en todo el mundo desde entonces.

 

El descaro simulatorio permea todas las esferas de la vida pública y privada. Trasciende al ámbito de la aquitectura o el urbanismo. En países sin equilibrios reales para los úcases y fantasías de los mandamases (o con mecanismos de defensa débiles e incipientes), también hay instituciones Potemkin diseñadas para perpetuar visiones unívocas e interesadas. La expectativa de que tropiezos persistentes, se vuelvan verdades inobjetables por los siglos de los siglos no es ajena a nuestro entorno inmediato.

 

Guardando las proporciones, parece como si nuestra clase político-empresarial se empeñara en potemkizar el futuro a perpetuidad. Asegurándose de que el statu quo: sin cabida para los ciudadanos en asuntos centrales que a todos nos atañen, revirtiera a los errores de épocas superadas en que Grandes Decisiones se tomaban sin consultar a los principales afectados. Los mismos excluidos de siempre.

 

La interminable transición democrática trompica. Se ha atorado. Si los recientes resultados de las elecciones del Estado de México, Coahuila y Nayarit se repiten en los comicios federales de 2012, el país habrá vivido un paréntesis bisexenal que no nos dotó de herramientas plenas de rendición de cuentas y exigibilidad. Se habrá cerrado provisionalmente el acceso que nunca permaneció demasiado abierto, pero que pudo llevarnos a ser una nación con equilibrios hasta ahora inexistentes y un poco menos desigual.

 

Estamos en tiempo para evitar este desenlace, que a nadie conviene. No nos conformemos con ser una democracia superficial: de simples bastidores y espejos. Que la administración entrante (del partido que sea), esté obligada contender con mecanismos de control que empiecen a revertir las enormes asimetrías que nos agobian, debería ser nuestro objetivo inmediato. Que la Cámara de Dipútados vote ahora la Reforma Política –cierto: imperfecta, pero suficiente; apenas el inicio de la emancipación- que ya aprobó por unanimidad el Senado. Que asuntos urgentes como la Ley General de Estancias Infantiles se desahoguen con visión que privilegie el bien común y el interés público, en un Periodo Extraordinario de Sesiones. Que la Educación sea rescatada -por fin- de sus secuestradores. Todas son metas que pueden y deben cumplirse, ahora.

 

La tarea no es fácil. Abundan las resistencias. Pero estas reivindicaciones no son simples sueños guajiros. La actual coyuntura posibilita estos cambios, porque los costos electorales de la inacción pueden truncar todavía muchas marchas triunfales.

 

No está escrito que viviremos un sexenio de neosalinismo Potemkin renovado e igualmente autoritario, si acaso prevalece la fórmula priísta el año entrante. Podría uno incluso postular, que las demás candidaturas presentarían quizás variaciones de ese síndrome. Los evidentes logros de la sociedad civil no han sido totalmente socavados, pero están en peligro de perderse. Existen tentaciones autocráticas que podrían aprovechar los simuladores que creen en las bondades de la democracia completa, pero sólo de dientes para afuera. Los que apenas descubren sus aparentes virtudes, pero excluyendo sin cortapisas a la soberanía popular. Por desgracia, esta actitud permea en todos los partidos. No es privativa de los que nos gobernaron durante siete décadas, y buscan hacerlo para la próxima oportunidad, cuando menos otras siete.

 

Vivimos tiempos difíciles. Trascendámoslos, con imaginación y generosidad. Citando una frase que se incluye en el documental sobre Reelección legislativa presentado anoche fuera del Senado, de la ONG Reelige o Castiga: Perdámosle el miedo a la (verdadera) democracia.

 

Sabias palabras. Para ganarnos el futuro hay que traducirlas: a partir de hoy mismo, en acciones concretas.