Joel Aguirre · 1 de julio de 2026
Por Alma Álvarez Villalobos
No siempre de manera inmediata. A veces mata lentamente: mediante el aislamiento, el silencio, la vergüenza o el miedo.
Mientras en siete países hoy una persona puede ser condenada a muerte por ser lesbiana o gay, en otros millones continúan viviendo una existencia fragmentada, ocultando quiénes son frente a su familia, su escuela, su trabajo o su iglesia. En junio de 2026, han pasado 57 años desde los disturbios de Stonewall y 56 desde la primera marcha LGBT+ y, aunque el mundo ha cambiado profundamente, la experiencia de muchas personas LGBT+ sigue marcada por una tensión constante entre la autenticidad y la aceptación.
Los avances son innegables… pero también los retrocesos. Detrás de ambos permanece una pregunta fundamental: ¿qué significa vivir plenamente, cuando la sociedad todavía cuestiona tu derecho a existir tal como eres?
Aunque hoy basta una búsqueda en internet o una consulta a la inteligencia artificial para encontrar una definición, vale la pena detenerse un momento en el significado del acrónimo LGBTTTIQ+.
Las siglas agrupan distintas orientaciones sexuales e identidades y expresiones de género: lesbianas, gays, bisexuales, personas transexuales, transgénero, travestis, intersexuales y queer. El signo “+” incorpora otras identidades sexogenéricas y orientaciones sexuales que no se ajustan a la heterosexualidad normativa.
Lo que une a estos grupos no es una experiencia idéntica, sino el hecho de situarse fuera de un modelo históricamente considerado como el único legítimo. Por razones de espacio, utilizaré el término LGBT+ para referirme de manera general a las orientaciones sexuales e identidades sexogenéricas no heteronormativas.
De acuerdo con el INEGI, la orientación sexual se refiere a la capacidad de sentir atracción afectiva, romántica o sexual hacia personas de uno o más sexos, o incluso no experimentarla. La identidad de género alude a la manera en que una persona se reconoce y comprende a sí misma, independientemente del sexo que le fue asignado al nacer.
La noción básica del orgullo LGBT+ es sencilla y poderosa: ninguna persona debería avergonzarse de quien es.
El orgullo no consiste en celebrar una orientación sexual o identidad de género como si fuera un mérito. Consiste en reconocerse, aceptarse y vivir con dignidad en sociedades que durante siglos castigaron la diferencia mediante la exclusión, el rechazo, la burla o la violencia.
Por ello, este orgullo no es presuntuoso, es menos una celebración y más una reivindicación de la propia existencia: orgullo de sobrevivir sanamente en un mundo patriarcal, homofóbico, machista.
El mes del orgullo gay y la marcha tienen uno de sus momentos fundacionales en los disturbios de Stonewall, ocurridos el 28 de junio de 1969 en Greenwich Village, en Nueva York. Aquella noche, una redada policial (homofóbica) rutinaria en el bar Stonewall Inn provocó una respuesta inédita. Lo que durante años había sido miedo y silencio se convirtió en resistencia.
Durante varios días, gays, lesbianas, bisexuales, personas trans y drag queens ocuparon las calles para exigir respeto y poner fin a la persecución sistemática de la que eran objeto. Las y los habitantes de Greenwich Village se sumaron a las exigencias.
Stonewall no creó la diversidad sexual: la hizo visible.
Al año siguiente de Stonewall, 1970, colectivos LGBT+ marcharon en Nueva York, San Francisco, Los Ángeles y Chicago para exigir el fin de la represión homofóbica.
En México, la manifestación en apoyo a Cuba a la que asistieron como colectivo 30 gays y lesbianas en 1979, en el entonces D. F., es considerada el antecedente más importante del movimiento contemporáneo. En 1981, inspirados por lo ocurrido en Estados Unidos, diversos colectivos se manifestaron en una marcha para exigir reconocimiento, igualdad jurídica y respeto social.
Aquellas primeras movilizaciones tenían poco del ambiente festivo que hoy caracteriza a muchas marchas del orgullo. Eran actos de enorme valentía porque las personas asistentes enfrentaban el riesgo de perder amistades, empleos, vínculos familiares o espacios de pertenencia simplemente por hacerse visibles. Los medios no cubrían las marchas y, los que lo hacían, en ocasiones lo utilizaban para ridiculizar a quienes participaban o a las “vestidas”, hombres con indumentaria asociada a lo femenino.
Con el tiempo, las marchas evolucionaron hasta convertirse en espacios de encuentro, celebración y afirmación colectiva. Sin embargo, su propósito esencial permanece: denunciar la homo, lesbo, bi y transfobia que aún persisten; exigir igualdad de derechos, y recordar a las sociedades que la diversidad sexual existe, ha existido siempre y merece pleno reconocimiento porque la diversidad es un derecho humano.
Las estadísticas permiten observar con claridad lo que a veces los discursos ocultan.
Los datos más recientes de ILGA muestran que la igualdad sigue siendo una meta distante para millones de personas en el planeta. La pena de muerte continúa legalmente vigente para relaciones homosexuales consensuadas en varios países. Decenas de Estados que integran la ONU mantienen formas diversas de criminalización o restricciones que afectan la vida cotidiana de las personas LGBT+.
Quizá el dato más preocupante sea que, en 2025, aumentó por primera vez en casi una década el número de países que criminalizan la homosexualidad. El péndulo se inclina nuevamente, como sucedió en la década de 1930 y 1940, hacia formas de intolerancia y odio como la homofobia, xenofobia y otras formas similares.
La historia rara vez avanza en línea recta. Lo cierto es que los derechos conquistados pueden ampliarse, pero también pueden retroceder.
La Encuesta Nacional sobre Diversidad Sexual y de Género (ENDISEG) del INEGI en México permite observar una realidad frecuentemente invisibilizada.
Cinco millones de personas mexicanas mayores de 15 años se identifican como LGBT+. Sin embargo, diversos estudios sugieren que la cifra real podría ser significativamente mayor. La homofobia familiar, religiosa, social y laboral continúa siendo una barrera para que muchas personas se reconozcan públicamente como LGBT+.
Los datos indican que aproximadamente una de cada veinte personas en México se identifica como LGBT+, mientras que cerca de un millón se reconoce como trans.
La distribución por edades ofrece una observación particularmente reveladora. Dos terceras partes de la población LGBT+ tiene entre 15 y 29 años de edad. En contraste, las personas mayores de 60 años apenas aparecen estadísticamente, con menos de 1 %.
Aquí es donde los números dejan de ser suficientes. ¿Realmente existen menos personas LGBT+ mayores de 60 años? Probablemente no. Lo que las cifras parecen reflejar es algo más complejo: generaciones enteras crecieron en contextos donde reconocerse públicamente como gay, lesbiana o trans implicaba vergüenza personal, familiar o riesgos sociales más peligrosos que los actuales.
Detrás de esa aparente ausencia estadística se encuentra una historia de silencios, ocultamientos y vidas vividas a medias, sin un amor o sin una familia, sin contención.
Muchas familias recuerdan a aquella tía o aquel tío solterón que nunca tuvo una pareja conocida pero que se hizo acompañar toda la vida por una amiga o amigo de su mismo sexo… Personas cuya orientación sexual quizá nunca fue nombrada, pero cuya existencia hoy es reinterpretada por las generaciones más jóvenes.
No necesariamente hay más personas LGBT+ que antes. Lo que hay es más visibilidad. Y la visibilidad cambia vidas.
Reconocer la existencia de personas LGBT+ en la historia, la cultura, la política, la ciencia y las artes tiene un efecto profundo sobre quienes están descubriendo quiénes son.
No se trata de obligar a nadie a salir del clóset, sino de volverlo innecesario… porque el clóset mata. Mata cuando obliga a esconderse. Mata cuando convierte la identidad en un secreto. Mata cuando hace creer a una persona que está sola, o que ser como se es, es intrínsecamente malo.
Saber que una compañera de escuela tiene dos madres, que una figura admirada comparte la misma orientación sexual o que un familiar también recorrió ese camino y pudo hacerlo con dignidad, con éxito incluso, puede convertirse en una poderosa fuente de contención emocional.
Las personas no “se hacen” gays, lesbianas o trans. Descubren, reconocen y comprenden una realidad que ya forma parte de quienes son.
La ENDISEG muestra que la mitad de las personas LGBT+ en México identificó o reconoció su orientación sexual o identidad sexogenérica antes de los 11 años de edad. Una tercera parte lo hizo durante la adolescencia y solo una minoría después de los 30 años.
Estos datos cuestionan frontalmente muchos de los prejuicios que aún persisten sobre la diversidad sexual.
Si una persona descubre quién es durante la infancia, ¿cómo puede desarrollar una autoestima sana cuando carece de referentes positivos, aspiracionales, role models? ¿Cómo puede sentirse segura cuando todos los mensajes que recibe son negativos?
No es casualidad que numerosos estudios identifiquen al núcleo familiar como el primer espacio donde muchas personas han experimentado homofobia por primera vez en su vida.
Persisten el machismo y el patriarcado que alimentan la homofobia, ya sea de manera abierta o disfrazada en dichos, bromas, prejuicios, creencias y costumbres.
Persisten las migraciones silenciosas de personas LGBT+ que abandonan sus ciudades para escapar del juicio o prejuicio familiar, religioso, social.
Persisten las familias elegidas que sustituyen a las familias de origen cuando estas últimas no ofrecen la aceptación o la contención que necesitan para crecer y desarrollarse en un entorno seguro.
Persisten el miedo, la vergüenza y la necesidad de ocultarse en demasiados espacios; desde la escuela, cuando entre el profesorado se acepta cualquier forma internalizada o abierta de homofobia, hasta las religiones que siguen catalogando como moralmente mala la homosexualidad; desde las empresas en las que se siguen aceptando relaciones laborales machistas y violentas, hasta los partidos políticos que actúan con corrección política hacia afuera pero no promueven candidaturas abiertamente LGBTTTIQ+.
Ha cambiado el marco legal en México como el acceso al matrimonio igualitario y a otros derechos históricamente negados.
Han cambiado las marchas, que pasaron de ser actos de resistencia casi clandestinos a convertirse en celebraciones masivas de orgullo, tanto en las grandes metrópolis como en ciudades tradicionalmente conservadoras.
Ha cambiado la representación en cine, series de televisión y de plataformas digitales.
Ha cambiado la cantidad de información disponible gracias a internet y, más recientemente, a la inteligencia artificial, lo que ha permitido a niñas, niños, adolescentes y jóvenes, encontrar formas de ser similares a ellas, ellos y elles, sin juicios ni condenas, desde donde pueden empezar a relacionarse entre sí.
Y ha cambiado la manera en que muchas personas comprenden su propia identidad, más allá de los binarios tradicionales.
Después de 56 años de marchas, avances legales y transformaciones culturales, el desafío fundamental sigue siendo el de construir sociedades donde nadie tenga que elegir entre ser quien es o ser amado.
Vale la pena asistir alguna vez a una marcha del orgullo. No porque todas las personas deban compartir la misma orientación sexual, sino porque todas deberían compartir la convicción de que la dignidad humana no admite excepciones. Como no hace falta ser afrodescendiente para luchar contra el racismo, tampoco hace falta ser gay o lesbiana para entender que millones de personas han vivido históricamente bajo condiciones de exclusión y desigualdad.
La homosexualidad nunca fue el problema. La homofobia sí.
Y mientras exista una sola persona obligada a esconder quién es para sentirse segura, el reto de la igualdad seguirá pendiente. ♦
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