Va por todas

Redacción Animal Político · 9 de marzo de 2024

Por oleadas. Así llegaron este 8 de marzo las 180 mil mujeres que durante ocho horas atiborraron las calles del centro histórico de la Ciudad de México, según cifras de las autoridades capitalinas. O seguro muchísimas más, según los cálculos de Rebe (@nightreader2010 para las amigas de Twitter), porque a su consideración “ni de broma” se acercaron al dato real. Esta mala madre aplica la táctica aprendida después de 34 años de periodismo en los medios más combativos del país: la cantidad que diga la autoridad, multiplícala por tres.

Lo cierto es que las jóvenes mujeres que colmaron el Paseo de la Reforma, avenida Juárez, la cuadra del Eje Central, 5 de mayo y finalmente el Zócalo convirtieron la marcha de ayer en la manifestación más concurrida, la más animada, la más sentida.

A diferencia de los cinco años anteriores, en esta ocasión pasaron desapercibidos los intentos del oficialismo por arrebatar la bandera de la indignación justa al torrente de mujeres que se volcaron a las calles capitalinas este viernes caluroso, un poco aireado, muy soleado y lleno de vitalidad.

La puesta en escena de la entrega de flores a las 800 granaderas no granaderas guardianas de la paz, según el jefe de Gobierno, y que ocuparon la lateral de Reforma entre la glorieta de Cuauhtémoc y la de las Mujeres que Luchan, fue correspondida con una invitación como policías conscientes para sumarse al contingente.

Policías con flores en la marcha del 8 de marzo.
Foto: Claudia Ramos.

El comentario desdeñoso sobre la supuesta falta de “politización” de la marcha cayó por su propio peso ante la respuesta a la convocatoria de los grupos de amigas -sí, por supuesto- que se organizaron en miles de contingentes de a tres, de a 7, de a 20 integrantes para pintar los carteles, para crear las consignas, para armar la batucada, para socorrer a la joven que se desvaneció, para abrazar a la que lloró, para apoyar de viva voz en la plancha del Zócalo a la mujer que compartió al micrófono su aflicción por haberse quedado sola tras denunciar a su hermano por violación.

Jóvenes mujeres que saben en los hechos que la política no se agota en la militancia partidista, mucho menos en la adoración del líder. O lideresa. Mujeres que hacen política en el concepto más noble de la palabra, con su accionar vecinal, con su trabajo comunitario, con su actividad académica, con su pasión artística. Con esa sororidad con la que respondieron a la convocatoria para despedir también al que se va y que además de los malos números deja la afrenta por el maltrato, el desdén, la mentira, la violencia. Qué mayor actividad política puede haber que ciudadanas ejerciendo su ciudadanía.

Miles de mujeres atiborran la avenida Juárez, en la marcha del 8M.
Foto: Claudia Ramos.

La foto del recuerdo del que se va, en el centro del reducido grupo de mujeres que aún queda en su gabinete, envejeció mal en el transcurso de las horas. Las vallas que protegieron comercios, oficinas privadas y públicas, y Palacio Nacional, no impidieron la enjundia del bloque negro ni la creatividad del mujerío, graves peligros de los que hay que cuidar el recinto y la investidura presidencial. El grupo femenil con equipo antimotines de la Marina que resguardó el espacio entre los muros del palacio y las vallas de la ignominia, y que no dejó pasar la oportunidad de hacer volar gases lacrimógenos en cuanto cayó la noche, tampoco amilanó a las manifestantes que previamente tapizaron las barreras con los mensajes de amor para sus querencias y denuncias para sus agresores.

Manifestantes colocan sus carteles en las vallas de acero en el Zócalo, en la marcha el 8M.
Foto: Claudia Ramos.

La oleada de mujeres provocó oleada de emociones. La batucada del contingente de Amnistía Internacional entusiasmó el alma para bailar, y los sollozos de la joven ante el contingente de las gordas condolió el corazón: tu miedo / a engordar / es un triunfo / patriarcal, queremos / que todos / nos dejen de chingar. Las lágrimas tampoco paraban de brotar ante la chica solitaria con su cartel de “no más secretos familiares”, al tiempo que se contenían ante don José Luis Castillo, quien marcha con marcha nos pide que no olvidemos a su hija Esmeralda, desaparecida a los 14 años en Ciudad Juárez, Chihuahua.

La doña de las coronas de flores moradas que aprovechaba las consignas como estrategia de venta le entró al quite: la que no compre es macho / la que no compre es macho. Gracias por la sonrisa, hacía falta para deshacer un poco el nudo en la garganta.

Jóvenes prenden fuego a los carteles junto a las vallas que resguardan Palacio Nacional de la marcha del 8M.
Foto: Claudia Ramos.

Pacífica y con saldo blanco, la manifestación llenaba el Zócalo conforme se vaciaba en cada oleada. No había forma de no emocionarse hasta las lágrimas con esas jóvenes que colgaron su bandera, que extendieron su manta, que colocaron sus flores. Que se sentaron en grupos para descansar, comer y organizar el regreso, bloqueado por la miseria de una autoridad empeñada en castigar, con la falta de transporte, la protesta de jóvenes que lo único que piden es que no se les violente más.

La última marcha del 8M en el sexenio obradorista fue, también, la primera en la que quedó claro, con todas sus letras, que a esta juventud nadie la coopta y nadie la para. No son futuro, son presente. Va por todas, todos y todes, y no les podemos fallar.

Vista del Palacio Nacional en la marcha del 8M.
Foto: Claudia Ramos.

@malamadremx