Maradona o la muerte del hombre del siglo XX

blogeditor · 26 de noviembre de 2020

Maradona o la muerte del hombre del siglo XX

Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico… ¿De qué planeta viniste…?”, decía Víctor Hugo Morales al narrar, desbordado por la emoción, la segunda anotación del futbolista, en el encuentro por los cuartos de final del mundial México 86, entre Inglaterra y Argentina.

Por supuesto, el relator de origen uruguayo aludía a la habilidad única desplegada por el astro argentino en aquella jugada. No obstante, la reflexión so pretexto de la muerte de Diego Armando Maradona invita a considerar el retórico cuestionamiento “¿de qué planeta viniste?” en un sentido más amplio. Desde mi perspectiva, la respuesta es, paradójicamente, tan compleja en su fondo como es simple en su forma: más allá de su talento en la cancha, Maradona venía del planeta que habitábamos quienes vivíamos a finales del siglo XX; un planeta de hombres, manejado mayormente por hombres y concebido en más de un sentido para hombres.

No es poco conocida la historia de los orígenes de Maradona, eufemísticamente descritos como “humildes”. Diego Armando fue el quinto hijo en una familia, literalmente, de diez (su madre y padre, sus cuatro hermanas y sus tres hermanos), pauperizada como muchas de la periferia de Buenos Aires. El talento y habilidad extraordinarias del “cebollita” les abrieron la puerta de la movilidad y les permitieron finalmente escapar la pobreza que la mayoría de las familias como la suya ha tenido que soportar quizá hasta hoy. En contraste, se sabe poco de la habilidad de sus hermanas (todas mayores que él) para el futbol, uno de los dominios más masculinizados de la vida humana, o para cualquiera otra actividad lúdica o profesional. En todo caso, resulta muy difícil pensar que de haber sido una de ellas superdotada para jugar a la pelota, eso hubiera hecho una diferencia tan sustantiva en el porvenir de la familia Maradona.

Es difícil capturar en pocas líneas el significado que el futbol ha tenido y tiene aún hoy para la sociedad argentina en su conjunto. Pero cabe señalar que, en los años del ascenso de Maradona, el futbol (encarnado en él) representaba al menos dos cosas importantes. Por un lado, escapismo de la dura realidad política y económica que millones padecieron en los años de la dictadura militar e inmediatos posteriores. Y por el otro esperanza de que, como “el barrilete cósmico”, la Argentina podía remontar toda adversidad y tomar su lugar en la historia como la gran nación que —en el imaginario argentino— siempre ha estado destinada a ser, pero que fuerzas oscuras le han negado por décadas. El chico de Fiorito era el vivo ejemplo de que Dios había tocado en más de una manera a la Argentina; el “pelusa” era, sin duda, uno de sus hijos predilectos.

Luego de haber levantado la copa del mundo en el estadio Azteca, la consagración de Maradona como parte del panteón no solo de los héroes (masculinos) del futbol, sino como prócer argentino y como arquetipo del hombre humilde que conquista toda adversidad con base en su habilidad y corazón extraordinarios, se completó con su paso por Nápoles. El argentino ya había empezado a dejar su huella en la Campania previo al mundial, pero a su vuelta, en la cima del futbol mundial y entronizado como el embajador popular de la Argentina, Maradona caminó —reminiscente de la mitología griega— como un auténtico dios entre los hombres (y mujeres).

Pero como los dioses griegos, capaces de proezas físicas solamente soñadas por las y los mortales, Maradona estaba también sujeto a sus pasiones, deseos y defectos. La manera en la que creció, el contexto en el que fue socializado, la gloria de la que participó y su convivencia cercana con la violencia y la criminalidad que por años aquejaron el sur de Italia, se combinaron para que Diego tuviera una vivencia masculina que hoy entenderíamos, en muchos sentidos, cómo tóxica.

La década del ocaso del siglo marcó también el inicio de la debacle del genio del futbol en las canchas. Los escándalos mancillaron la imagen casi beata del “Diez” argentino, pero lejos estuvieron de defenestrarla. Por el contrario, a finales de la década de los noventa, Maradona dejó de ser futbolista profesional para convertirse en leyenda de tiempo completo. Se volvieron constantes los relatos en los medios de comunicación sobre su vida “disipada”, sus vueltas y retiros del mundo del futbol (y del espectáculo), sus tormentosas relaciones de pareja y familiares, sus constantes problemas de salud, o sus problemas con el abuso de sustancias. Y de manera paralela, crecía y se fortalecía la postura capturada por Andrés Calamaro al escribir: “no me importa en que lío se meta Maradona, es mi amigo y es una gran persona”. La figura del Diego, un hombre auténtico, se volvió un referente simbólico con proyección global en los albores del siglo XXI.

Así, Maradona se posicionó públicamente del lado de una serie de causas que muchas y muchos consideramos justas y necesarias. Se manifestó abiertamente en favor de proyectos políticos de izquierda y de causas populares, y en contra de regímenes de derecha, así como de la pobreza, la desigualdad, la corrupción y la violencia que azotan a Latinoamérica (su disposición a hablar franca y abiertamente sobre problemas sociales desde una posición de éxito absoluto en el deporte bien le valdrían ser descrito como “el Megan Rapinoe” del futbol varonil). Episodios de emocionalidad, que lo vieron llorar con desparpajo, lo mismo por perder la final del mundial Italia 90, que por reconocer que había sido por años un padre ausente, arraigaron la imagen de Maradona como un hombre de carne y hueso quien, además, utilizó su privilegio para respaldar de varias maneras su imagen como “el Diego de la gente”.

Pero también echó mano del privilegio para redimirse de episodios censurables y reclamar su lugar en la jerarquía masculina de maneras que sólo un varón, exitoso y respetado como él, podría haberlo hecho. Como muchos otros “genios” del siglo XX (Picasso, Neruda, Lennon, etc.), Maradona desplegó en más de una ocasión una masculinidad misógina, homofóbica, y agresiva que es también parte de su legado. La de un hombre violento (por momentos mucho) con sus parejas, con sus hijas, y con otras personas. Un hombre que constantemente empujaba los límites de su propio cuerpo para ver cuántos abusos, colapsos y periodos de hospitalización podía resistir. Un hombre, a fin de cuentas, como muchos aprendimos a ser hombres todavía a finales del siglo pasado. Un hombre que quisiéramos desterrar más temprano que tarde.

“Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona…”, continúo Morales en aquella narración. Como un aficionado más, me sumaría a su plegaria. Pero también añadiría una petición: “y que el hombre del siglo XX que aún vive en nosotros, que nos ha quitado a tantas y tantos (incluso a Maradona) acabe por morirse de una vez”.

* Alí Siles es investigador en el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM (@CIEGUNAM) y especialista en masculinidades.