blogeditor · 21 de diciembre de 2022
He llegado a un acuerdo con el futuro.
A partir de este día caminaré más suave sobre la tierra.
Plantaré árboles. No mataré seres vivos.
Viviré en armonía con todas las criaturas.
Restauraré la tierra donde estoy.
No usaré más recursos de los que necesito.
Y escucharé, escucharé lo que me está diciendo.
MJ Slim Hooey
Hay muchas aproximaciones a la historia del ser humano, muchas de ellas enfocadas en los logros o los grandes hitos. Sin embargo, otra manera de pensarla es a través de los gritos silenciados e ignorados por la humanidad. Cuando algo nos duele, cuando algo nos lastima física o emocionalmente, lo expresamos, lo gritamos con la voz, con los gestos, con los movimientos, con los colores. Y hablo de nosotros, los animales, y quizá podríamos incluir a otros seres vivos o hasta ecosistemas que también presentan cambios visibles ante el daño. Pero esos gritos no son siempre escuchados.
La historia de la consideración ética o moral nos puede dar una idea de quiénes han tenido el privilegio de la atención. Privilegio por sexo, género, etnia, posición social, edad, especie, etcétera. Privilegios que ensordecen a las sociedades ante los gritos de los oprimidos. ¿A quiénes escuchamos y a quiénes ignoramos? ¿Cuántas manos se posan sobre las bocas que gritan? ¿Cuántos oídos y ojos se cierran ante el dolor y la destrucción?
Hace unos años se propagó un video donde se ve a un orangután luchando contra las máquinas que destruyeron su bosque. Una escena que debería habernos estremecido, pero no pasó de ser sólo la anécdota de la semana. Claro, es una mera anécdota para quienes tenemos una vida tranquila y creemos estar lejos de la catástrofe ambiental, pero escenas como esta no son excepciones sino la norma en todos los rincones del mundo. Todos los días los bosques son talados y los lagos y ríos se secan, matando y desterrando a sus habitantes; todos los días millones de animales son matados para ser consumidos; todos los días decenas o cientos de especies se extinguen (la verdad es que no sabemos cuántas). En realidad ya estamos percibiendo los efectos del cambio climático en todo el mundo, aunque no tengamos plena conciencia de la situación.
Muchas personas luchan por detener todo esto, se esfuerzan porque su voz se convierta en un grito que resuene y despierte las conciencias en masa. Sin embargo, se les da poca atención, como pudimos ver en la Cumbre sobre el Cambio Climático de Naciones Unidas, la COP 27, donde no se llegó a acuerdos suficientes ante la emergencia climática.
Constantemente producimos basura y otros contaminantes, quemamos combustibles fósiles, nos alimentamos de productos cultivados con agroquímicos, vestimos prendas que contaminan ríos, etcétera. Es abrumador pensar en las consecuencias de cada uno de nuestros actos; es más fácil no hacerlo y seguir con la vida, haciendo una que otra acción para “ayudar” y sentirnos mejor. De hecho, ha sido reconocida una condición llamada “ansiedad ambiental”, que está relacionada con el daño o pérdida ambiental actual y sus predicciones, y que lleva al denominado “duelo ecológico”, es decir, el dolor y la tristeza que se sienten en respuesta a la pérdida de lugares, ecosistemas y especies queridos, y que acompañan al estrés asociado con el daño y la destrucción por el cambio climático. Es la misma angustia que el pintor Edvard Munch plasmó en su conocida obra El grito.
Pero quizá podríamos no enfocarnos en las catástrofes, y en vez de eso gestionar nuestras necesidades y emociones de maneras más positivas, proactivas y creativas.
Cada ser necesita relacionarse con otros seres y con el medio en el que vive, y eso no es necesariamente dañino. Proveernos de una manera de subsistir no sólo es inevitable, sino parte de la condición de vivir, estar en constante interrelación e intercambio con otros y con el medio. Entonces ¿dónde se pasa de la subsistencia al daño? Es una pregunta muy difícil de contestar.
El sistema económico actual nos pide individualismo y competencia, es decir, ser egoístas. Nos hace creer que estamos solos y solas contra el mundo. ¿Qué caso tiene que yo haga algo si el mundo entero hace lo contrario? Este tipo de pensamiento nos lleva hacia la desesperanza y su pasividad, previniéndonos de realizar acciones para cambiar la situación en la que estamos. afortunadamente podemos cambiar esto a través de conectar con otras personas, no sólo para convivir, sino también para actuar en conjunto. “Mi” acción se vuelve “nuestra” acción. Sería mejor que nuestro enfoque no fuera el consumo y la acumulación de capital, sino la creación de una mejor vida para todos los seres.
Retomando la teoría de Max Neef, los seres humanos necesitamos ser, tener, hacer y estar. Necesitamos subsistir y tener protección, afecto, entendimiento, participación, ocio, creación, identidad y libertad. En este sentido, por ejemplo, los alimentos son satisfactores de la necesidad de subsistencia y los servicios de salud atienden parte de nuestra necesidad de protección. Ahora la pregunta es cómo satisfacer dichas necesidades de una mejor manera. El capitalismo nos dice que lo hagamos a través del consumo, de la acumulación de capital y bienes manufacturados. Que sólo tenemos que creerles a las empresas que contaminan y destruyen cuando nos digan que ya no lo hacen o lo hacen menos, y que hasta patrocinan eventos como la COP (esto constituye el llamado “lavado verde” o “greenwashing”). Pero quizá podríamos contemplar la posibilidad no sólo de satisfacer nuestras necesidades a través de acciones no consumistas (o menos consumistas), sino de hacer que los medios para satisfacerlas sean justamente los mismos que promuevan una mejor relación con los otros seres y el ambiente.
Los satisfactores pueden atender sólo parte de nuestras necesidades o varias a la vez, es decir, algunos son sinérgicos. Por ejemplo, el ritual de comer junto a otras personas no sólo satisface nuestra obligación alimenticia, sino que también tiene que ver con crear y mantener relaciones sociales que nos proveen de protección, afecto, entendimiento, participación, etcétera. Ahora, si a esta dimensión le agregamos otra que atienda las diferentes crisis que atravesamos, los satisfactores se vuelven también acción social, ambiental, animalista y climática. Por ejemplo, el mismo ritual de alimentación adquiere mayor profundidad si los alimentos que compartimos tienen un menor impacto ambiental al haber reducido o eliminado de entre ellos los productos de origen animal, o están elaborados por comunidades de mujeres que trabajan contra la violencia de género; si dejamos de usar cubiertos desechables, para generar menos basura; si las reuniones sociales son puntos de encuentro y acuerdo para realizar más labores de ayuda y beneficio, etcétera.
De esta manera, nuestra forma de vida se vuelve en sí misma una acción de ayuda, generando sentimientos positivos de satisfacción que alivian la angustia ambiental y posibilitan la creación de comunidades. No nos enfoquemos solamente en “decrecer” o “vivir con menos” o “vivir mientras podamos”, sino también en encontrar nuevas formas de vivir, nuevas formas de ser y estar en el mundo que nos permitan satisfacer nuestras necesidades y a la vez tener un menor impacto o incluso ayudar a reducir la crisis socioambiental, sin caer en el lavado verde. En encontrar contento más allá del consumo y aliviar la angustia ambiental a través de la acción compartida y conjunta. En organizarnos para ayudar a otros, a los vulnerables, sean seres humanos, otros animales o ecosistemas. En hallar satisfacción y felicidad a través de la interconexión con la vida, no en el consumo de su manufactura.
Silenciemos los gritos, pero no poniendo las manos sobre las bocas sino aliviando el dolor que los causa. Quitemos las manos de nuestros ojos y oídos para que podamos ver y escuchar a todos los seres que antes preferíamos ignorar. Escuchemos para que la lucha del orangután no sea inútil o una simple anécdota, sino el estandarte mismo de su ayuda y protección, para que nuestra historia sea la de escucha y atención a las expresiones de dolor y angustia, para poder decirle a todos los seres que sufren y gritan: “Te veo, te escucho y tu voz me informa cómo ayudarte”.
* María del Carmen Valle Lira (@Leptospira) es médica veterinaria zootecnista y maestra en ciencias por la Facultad de Medicina Veterinaria y Zootecnia y candidata a doctora en Bioética por la Facultad de Medicina, ambas de la UNAM. También es Diplomada en Bioética por el Programa Universitario de Bioética y está certificada como docente de Bioética por la UNESCO.
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