Una mano en mis entrañas: aborto y violencia obstétrica

Redacción Animal Político · 21 de julio de 2025

Una mano en mis entrañas: aborto y violencia obstétrica

Hace más de cuatro años que una mano hurga en mis entrañas. No sólo una, varias. La de la doctora que arrancó los restos de un producto de mi útero sin anestesia, la del sistema que me negó atención digna y omitió hacer un registro de ello, y la de la burocracia que ahora me arrastra. 

Alrededor de las 00:30 del 18 de abril de 2021 la doctora de guardia de la sala de urgencias del Hospital de la Mujer en Comitán de Domínguez, Chiapas introdujo su mano derecha en mi vagina, mientras que con la izquierda hacía presión sobre mi vientre para arrancar, sin anestesia, los restos de un aborto. Después llamó a la  ginecóloga de guardia quien, luego de enseñarle cómo usar una máquina de ultrasonido, me informó que no necesitaba ninguna intervención adicional y le dio indicaciones para recetarme tres pastillas de misoprostol y mandarme a casa. En muy pocos días el sangrado se detuvo y el dolor en el vientre, la espalda y las piernas se volvió insoportable. El 20 de abril fui con mi ginecólogo particular, quien después de una revisión me dijo que los restos habían formado una especie de tapón en el cuello del útero y me envió al Hospital de la Mujer con referencia para que se me hiciera un legrado.

Tuve la mala suerte de que, dos horas antes del cambio de turno y sólo porque sus  situaciones personales se habían acomodado así, la misma ginecóloga que me  mandó a casa recibiera mi caso. Ella aseguró que no necesitaba un legrado, sin haberme revisado en ese momento afirmó que seguramente mi dolor se debía a algo más. Fue hasta después de un ultrasonido que se convenció de que sí lo  requería y me programó para entrar a quirófano. Quisiera decir que después de la intervención, la mano salió de mis entrañas, pero no. Nadie me explicó qué habían hecho, en los reportes dirán que sí, pero yo sólo recuerdo el silencio.

Esa noche, mientras en las camas contiguas otras familias celebraban nacimientos, yo vivía un duelo invisible. Compartí la sala con recién nacidos y madres felices, sin  privacidad, sin cuidado, sin consuelo.

Mientras estuve en piso ningún médico se acercó a explicarme nada. El único con quien hablé fue con el que me dio el alta al día siguiente. Después, silencio y  burocracia por más de cinco horas esperando el papeleo para poder irme a casa. Fuera del hospital la mano siguió hurgando mis adentros: recorrí farmacias buscando una dosis inexistente del antibiótico que me recetaron y terminé pagando una consulta particular para que me dieran la receta con la dosis adecuada.

La mano del trato indigno nunca se fue. Aprendió a quedarse adentro. En las semanas posteriores al aborto algo en mí decía que lo que viví no estuvo bien. Decidí interponer una queja en la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Chiapas con la ayuda de GIRE. A través de las respuestas obtenidas de parte del hospital me enteré de que no existen registros de la atención del 18 de abril y de que la narrativa emitida omite completamente la mano de la doctora hurgando en mis entrañas, aunque yo aporté pruebas de que lo hizo.

El proceso ha sido largo, el hospital se ha negado a entregar los documentos que le  faltan a mi expediente y no se ha podido emitir una opinión médica independiente basada en los documentos que detallen todo lo que viví en el hospital. Con los cambios en el sistema de salud, en junio de 2023 el Hospital de la Mujer de Comitán pasó a formar parte de la cadena de hospitales del IMSS-Bienestar, junto a otros 575 a nivel nacional, según fuentes oficiales.

Debido a esto, el IMSS-Bienestar me envió un oficio en el que me informa que esa  institución no tiene competencia para darle seguimiento a mi caso y que, por su parte, la Secretaría de Salud del Estado de Chiapas no puede solicitar informes al Hospital de la Mujer porque ya no pertenece al gobierno estatal. Peor aún, el área jurídica de dicha Secretaría, de forma unilateral y sin llevar a cabo un análisis del caso, determina que no se ha violentado ningún derecho humano y solicita que se archive mi expediente. Así, de un plumazo, la mano del trato indigno fue reemplazada por la mano del burócrata que aprieta mis entrañas.

Sé que mi historia no es única. Sé que hay otras mujeres que viven estas situaciones, porque la violencia obstétrica en las instancias de salud es un problema sistemático, reforzado por frases como “te va a doler, pero aguanta” que sólo nos invitan a vivir las violaciones a nuestros derechos humanos en silencio y sin quejarnos.

¿A cuántas mujeres más la mano de la burocracia les ha apretado las entrañas y las ha dejado doloridas, impotentes, silenciadas y huérfanas de justicia? Hace más de cuatro años que una mano hurga en mis entrañas. Hoy, por fin, decidí alzar la voz y nombrarla. No voy a callar hasta desterrarla.

* Rossalba Martínez (@Kelebek_8), periodista y activista feminista, es acompañada por GIRE en su búsqueda de justicia reproductiva.