blogeditor · 15 de julio de 2013
Madiba pelea con denuedo la que parece ser su última batalla, y el mundo espera el desenlace de una historia que comenzó el 18 de julio de 1918: hace casi noventa y cinco años.
Su progenie política no le llega a los talones.

El líder de Sudáfrica designado por el fundador de su fase verdaderamente democrática, distó mucho de ser un fiel continuador de las reformas implantadas en su origen. Con Mbeki dio comienzo un proceso de estancamiento que aún no finaliza.

Zuma, de quien nos ocupamos brevemente en este espacio con anterioridad, enfrenta señalamientos diversos por corrupción y despilfarro. Antítesis de Mandela, que siempre ha dado ejemplos de frugalidad y desprendimiento difícilmente replicables en otras partes del mundo (aunque el uruguayo José Mujica podría parecérsele en ese sentido).
¿Se pueden extraer lecciones aquí del ejemplo sudafricano?
A contrapelo de los personajes más asociados al África poscolonial: hombres fuertes que no supieron -o quisieron- soltar las riendas del poder como Kwame Nkrumah en Ghana, Jomo Kenyatta en la nación que lleva su nombre, Julius Nyerere en Tanzania e incluso Robert Mugabe, primer y único líder indiscutido de la nueva/antigua Rodesia desde 1980, antediluviano caudillo de Zimbabue que cumpliría noventa años en 2014 y se encuentra ‘listo’ para competir este 31 de mes -en condiciones ventajosas para su causa, pero no para grupos tan vulnerables como la comunidad gay de ese país- por la presidencia en unos meses, Mandela nunca quiso eternizarse en el poder. Como George Washington (fundador de su patria, primer presidente en su historia), Madiba supo cuándo y en qué condiciones retirarse. Por desgracia sus sucesores no han dado la talla.




Para Margaret Thatcher, Mandela era un terrorista. El gobierno de la Unión Americana apenas en 2008 quitó su nombre del Índice de enemigos de ese Estado.
Quizá Sudáfrica, como México, auspicie formas de democracia entrecomillada para embaucados (suckers).
El segundo presidente sudafricano es hijo de Govan Mbeki, veterano de la lucha contra el Apartheid. Aprovechó su investidura para puntualizar que la epidemia de Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida que azotó a Sudáfrica (y sigue haciéndolo) era atribuible a las ‘drogas recreativas’ o la pobreza: no el virus VIH. Que los fármacos para combatirlo eran a sus ojos una “conspiración”, enfrentada a recetas caseras eficaces y preferibles: verduras como el betabel. Condenó a cientos de miles de personas a morir por falta de acceso a medicamentos especializados, cuyo acceso era muy caro y restringido.
Jacob Zuma compartió la prisión con Mandela y otros miembros del Congreso Nacional Africano. Presidente de Sudáfrica desde 2007, ha enfrentado cargos por soborno, violación, uso indebido de recursos públicos y tráfico de influencias. Fue relevado de sus funciones en 2005, cuando fungía como vicepresidente en la administración de Mbeki. De todas estas ‘pruebas’ ha salido Zuma airoso, pero no sin desprestigiar la presidencia que actualmente ocupa, y que podría ser suya otros cinco años más si decide contender por ella en 2017.
La generación de Padres Fundadores en los Estados Unidos con la que se ha comparado a Mandela, abarcaba a figuras como George Washington, John Adams, Thomas Jefferson y James Madison. Todos ellos ocuparon la silla presidencial. Los contemporáneos de Mandela que pudieron sucederlo, como Oliver Tambo (1917-93) o Walter Sisulu (1912-2003), fallecieron -o envejecieron demasiado- antes de que se presentara esa oportunidad. Las muertes por asesinato de Steven Biko (1946-77) y Chris Hani (1942-93) negaron a las y los sudafricanos la oportunidad de tener líderes con autoridad moral comparable a la suya. En muchos sentidos, Madiba ha librado sus batallas a solas; su ausencia se sentirá aún más por ese motivo.
En Europa Oriental, Polonia y República Checa por citar dos casos emblemáticos, triunfaron contra todo pronóstico el sindicalista Lech Walesa y el intelectual Vaclav Havel. Sentaron, junto con sus compañeras y compañeros de lucha, las bases de un desarrollo social y político sustentado en valores democráticos. Su lucha fue menos complicada que la de Sudáfrica, cuya minoría blanca estaba embebida de “valores” racistas y prejuicios apabullantes.
En México no supimos o pudimos apropiar, hacer nuestros, los valores de la democracia ciudadana. Ganó Fox en 2000, se impuso Calderón (¿Mbeki mexicano?), pero se mantuvieron vicios y defectos que mantuvieron incólume al zombi PRI que posibilitaron su retorno.
Nelson Mandela, en su discurso inaugural como Presidente de Sudáfrica. 10 de mayo de 1994
La sociedad requiere que los cambios sean permanentes y positivos: que representen una profundización de los avances obtenidos, y apertura a formas más incluyentes de participación. Nuestros Mbekis y Zumas de la política y empresa -venales, mezquinos e ignorantes- no tienen vergüenza; tampoco, un referente como Nelson Mandela para intentar corregir, desde el mismo sistema, el rumbo perdido.
Biko. Peter Gabriel en concierto, 1986