Los mandarines mexicanos, la libertad de expresión y el pantano de los genocidas

Joel Aguirre · 11 de agosto de 2026

Los mandarines mexicanos, la libertad de expresión y el pantano de los genocidas

Un texto reprobable dominó la discusión pública de nuestro país la semana pasada. Ezra Shabot publicó un libelo para negar que en Gaza ocurre un genocidio contra el pueblo palestino. Junto a otras y otros colaboradores, firmé un desplegado donde pedimos que retiraran el texto y que la dirección de la revista Nexos explicara su decisión de publicarlo. Rápidamente emergieron dos bandos, a favor y en contra del texto, y es importante señalar esta disputa.

Ese libelo es un cúmulo de mentiras y estereotipos islamofóbicos, indignos de considerarse argumentos. Negar, hoy, que en Gaza ocurre un genocidio es miserable, considerar que el genocidio fue contra el pueblo israelí y ocurrió el 7 de octubre de 2023 es cruel. Incluso Haaretz denunció que el gobierno israelí ordenó el uso de la fuerza contra su población para prevenir que Hamás se hiciera de rehenes ese día. Justificar el asesinato de niñas y niños como “menores transformados en yihadistas, o sea mártires en potencia dispuestos a morir para llegar así al paraíso islámico” habla de una inmundicia moral inaceptable.

Ya otras plumas se han dedicado a refutar, confrontar y desmentir el texto. Hugo Garciamarín lo hizo desde Nexos, mientras que Roberto Breña y Alejandro Badillo hicieron lo propio desde Revista Común; igualmente, Ilan Katz Mayo lo hizo desde sdpnoticias. Personalmente, considero que no hay que discutir un libelo que no fue pensado para abrir una discusión, sino para cerrarla. Mi interés es más en entender qué nos dice el conflicto tras su publicación de nuestra intelectualidad nacional.

Ezra Shabot no es un advenedizo ni mucho menos un paria

El principal argumento para defender el texto fue la libertad de expresión, oponerse a la censura. Arropados bajo un supuesto liberalismo político, la idea es que solo mediante la discusión era posible desestimar el texto y sancionar a su autor como mentiroso. Este no es argumento, es un recurso tramposo para evadir el problema principal que encierra el texto y su autor. El campo de la opinión pública, y especialmente el subcampo de la clase intelectual, no es un espacio horizontal, donde todas y todos tengamos el mismo peso y capital.

Ezra Shabot pudo publicar su libelo por su posición al interior de ambos campos. No es un advenedizo ni mucho menos un paria: es una de las figuras centrales. Con décadas de trayectoria, y espacios en distintos medios nacionales, cuenta con una posición consolidada en nuestro sistema de medios. Ha sido titular de programas y noticieros en radio y televisión, por lo que sus palabras importan y tienen una audiencia. Antes que la calidad de lo que escriba, este simple hecho garantiza que sea leído, escuchado o visto.

Esa antigüedad y concentración de capital político lo relaciona con otras figuras similares. Lo que vimos con la defensa de su texto no era necesariamente la defensa de su contenido, sino el cierre de filas de una clase intelectual añeja, desconectada del pulso político y social del país, que busca usar los extremos para mantenerse vigente. Arropados bajo la libertad de expresión, la convierten en un ariete para asediar a quienes cuestionan sus posiciones y sus ideas.

¿A qué están dispuestos nuestros mandarines mexicanos?

Esta clase intelectual, los opinólogos de la transición, paladines de una supuesta democracia liberal, son muy similares a los viejos mandarines alemanes. Fritz Ringer usó este término para hablar de los académicos e intelectuales alemanes del imperio guillermino que no supieron responder a los cambios sociales y políticos de Alemania, tras la Primera Guerra Mundial. Dicho choque favoreció el giro reaccionario que serviría, posteriormente, para legitimar el ascenso del nazismo y el final de la república democrática alemana.

Al defender un texto que normaliza la negación del genocidio, nuestros mandarines mexicanos alimentan y se bañan en el pantano que ensucia la discusión pública. Aunque presuman apertura y tolerancia, en realidad lo que demuestran es que están dispuestos a dos cosas: a entrampar a sus críticos en discusiones irrelevantes para frenar cualquier impugnación de su autoridad, y a abrazar ideas reaccionarias y extremistas para proteger su relevancia cada vez más marginal. La disputa no es por un libelo progenocida, sino por su lugar en la mesa.

Como criaturas del pantano, los defensores del libelo de Shabot hieden de la podredumbre intelectual que ponen en la mesa de la discusión pública. El capital acumulado por décadas, apilado bajo sus sillas y haciendo polilla, solo sirve para tirar basura y no asumir su responsabilidad política. No importa si creen o no en el texto de marras, es un testimonio de una voluntad cada vez más débil y una autoridad más frágil. Por eso no hay que discutirles, porque es momento de que su podredumbre salga de nuestra esfera pública.

—∞—

Más sobre este blog