blogeditor · 15 de octubre de 2011
¿Qué hacía usted la noche del martes 19 de septiembre alrededor de las 2200 horario del pacífico cuando Marcelo Ebrard luego de compartir impresiones con una tuitera respecto al gran amor que siente por su novia (ahora esposa), y aprovechando la coyuntura del momento remató inmediatamente hacia Rosalinda Bueso con desmedido tono amoroso un tierno: @m_ebrard: yo también mamita! Beso y buena noche!…? Así, tal cual.
De entrada el “mamita” fue la comidilla de los desvelados, más de uno -me incluyo- le entramos a la chorcha y la broma pesada, hubo quienes incluso aducieron al sexismo subyacente en los tonos afectuosos dirigidos a las mujeres y evocaron a Freud con el edipazo. Pero más allá de elevar la anécdota a la categoría, y del cómo entre la pachorra e inercia las formas de cortesía esconden un sexismo implícito que no pretendo poner ahora en tela de juicio y prefiero que a quienes corresponde lo analicen pausadamente; me interesa más tocar otro punto del que poco se habla pero es cada vez más cotidiano en los medios de comunicación: la figura femenina complementaria en la fórmula política o de las “parejas políticas”.
A reserva de entrar en los terrenos de Don @BetoTavira y su prensa política del corazón, la dejaré en manos de sus chicas del CISEN, yo solo soy del MOSSAD y mis negocios en México son otros; el presente va dirigido hacia otro escenario: mujeres de políticos, política y poder.
Here comes the lady, the first lady…
El concepto de Primera Dama (usaré la abreviación PD en adelante), lo acuñan la prensa en Estados Unidos en 1849 con referencia a Mary Todd, esposa del Presidente Lincoln. A partir de entonces el término se adopta en otras entidades, aunque el concepto de la labor que la “first lady of the land” vendría desarrollando era cubierto por los medios desde una década anterior.
Según se puede sobre entender, crear una figura de PD deviene más de la necesidad cultural de mostrar al representante público y electo como una figura integral que encaja con el modelo nuclear de familia, valores y moral imperantes hasta nuestros días; pero también en su momento respondió a la costumbre monárquica de alianzas entre países, la importancia clave de la figura femenina sobre quien se volcaran ciertas actividades de índole política, altruista, humanitaria y de negociación con el cónyugue que lograban importante relevacia y atención públicas; y fue al momento de constituirse como Estado-Nación independiente que el ideario norteamericano quedó desprovisto de esas figuras femeninas de fábula maravillosa cuando crearon su propio concepto con toda la pompa y circunstancia que a las reinas se les concedía, de entrada el título de “damas” confería una reminiscencia aristocrática (hagamos como que nadie se ha fijado en mi firma, por favor).
Y aunque no todas ellas son precisamente esposas, también pueden ser madres, hermanas o hijas, la realidad es que el ideal es una figura femenina complementaria para reforzar la versión tradicional e ideal de “familia nuclear”. Las PD serían las nuevas reinas con plazos, ámbitos y actividades delimitadas, eso sí, no se puede decir que sus matrimonios se pactan cuan alianzas políticas, no son electas, ni reciben remuneración por las labores en las que a su gusto o disgusto deben involucrarse si es que el hombre de la familia logra acceder a un puesto de elección. Su labor es meramente altruista y de “acompañamiento”. O por lo menos eso dicen.
En México, Carmelita Romero Rubio de Díaz quien fuera la segunda esposa de Don Porfirio, pero la primera en buscar homologar el concepto de PM a la realidad mexicana, fue pionera en muchos sentidos en cuanto a la injerencia en actividades y exposición pública como esposa de un presidente de la república; sin embargo, la revolución arranca a las mujeres de todos los estratos sociales a salir del calientito nicho de la cocina para encontrarse en un espacio público desconocido, así sucede también con las mujeres de los futuros presidentes post revolucionarios.
Seria, discreta, callada y de perfil…
Mi punto acá no es darles clases de historia, para eso cómprense el libro de la Sefchovich si quieren conocer un poco sobre cómo ha sido el papel de estas mujeres en el caso mexicano; es más del análisis del fenómeno político-mediático que se ha gestado a través del tiempo y al parecer a poc@s les interesa documentar más allá de la anécdota y la fotografía. O como alguna feminista dice: escribir sobre las PD es hacer una historia muy hipócrita de las mujeres. En lo personal, más allá de la frivolidad con la que nos han manejado siempre el tema, creo que estudiar ese lado hipócrita de la historia de las mujeres es tan importante como “el real”, y en el último de los casos, la política en sí misma es muy hipócrita.
Empecemos porque el rol de PD es un rol tradicional, más allá del poco o mucho protagonismo que la PD en turno muestre (sí, Marthita, me refiero a ti, que mi Carmen Romano en pants descansa desde el siglo pasado); es el rol tradicional femenino, que involucra actividades como asistencia a la infancia, mujeres, ancianos, discapacitados, la familia en general, el altruismo, situaciones de desastres, anfitriona en eventos de Estado y compañera en eventos públicos que le sean pertinentes (menos Nilda Patricia que era un muégano); en resumen: acompañar al marido y hacer labores de asistencia social; en tanto que no fueron ni designadas, ni electas, no existe un rol dado y en el supuesto de haberlo, la suya una labor circunstancial, la injerencia que deben tener estas mujeres en las decisiones de Estado es NULA, ya que en ninguna constitución vigente del mundo existe una figura como la de PD o fórmula de elección que refiera a pareja presidencial o parlamentaria, en ninguna, pero si a la señora le tocó el boletito que pase a cobrar el premio de la rifa.
Hay casos, como en Uruguay, donde se ha sugerido que exista una figura legislada y/o regulada para este rol particular, pero de eso pura anécdota porque no le han dado mayor seguimiento. Aunque en el ámbito internacional las cumbres de PD que se vienen realizando desde hace varios años, en las que no puedo asegurar que México allá asistido, pero según los documentos que encontré consisten más en un intercambió de protagonismos y desfile de talento cultural del país anfitrión, despilfarro de erarios por gastos de traslado que en traducción de incidencia en políticas públicas viables o por lo menos críticas constructivas no tienen mayor relevancia.
Es decir que los usos y costumbres, y los protocolos internacionales demandan cubrir este rol y que sea cumplido como corresponde, de acuerdo a la moral vigente mostrando un comportamiento intachable (pobrecita mi Carla Bruni, ella de moral tan relajada); tener que ser la buena esposa que va dos pasitos atrás de su marido dando su apoyo incondicional, pero al mismo tiempo que no descuida su casa, tiene una familia ejemplar y casi, casi, sabe hacer tortillas de harina a mano como decía mi abuelita.
Aquí la crítica además del indiscutible papel de wonder woman que tiene que mostrar, y lo ingrato o no que puede ser “el cargo” (que es otro paquetote y merece ser explicado pero lo omitiré deliberadamente), lo que en lo personal me suena es la presión social por la no-inclusión de otros modelos de familia, que en la realidad son los que más prevalecen. El funcionamiento del Estado-Nación sigue demandando una familia nuclear de “papá-mamá y retoñitos”, y en el caso de las mujeres que logran ser Jefas de Gobierno o Presidentas no dejan las labores de asistencia a sus cónyugues; o son mujeres MUY independientes o se sigue creyendo que los hombres -los suyos- no tienen “sensibilidad para las cuestiones de índole doméstica” y permitir mostrar pública y políticamente el denominado cambio de roles.
¿Aquí me gustaría que alguien tenga la puntada -si es que no lo han hecho- de preguntar a Josefina Vázquez Mota si de llegar a la presidencia dejará que su esposo se encargue del DIF…?
Una dama en la mesa… ¿y una estratega en la alcoba?
Ahora bien, hay distintos tipos de PD, algunas más asistencialistas, otras más reservadas, otras muy conservadoras, otras más protagónicas… Y luego Marthita, claro está.
Pero después de años de lucha por ganar espacios políticos para las mujeres, no sólo de representatividad sino de ejercicio real, de competencia e inclusión, si queremos empujar nuevas reglas del juego (y romper el techo de cristal): ¿cuál es el papel estratégico que juegan las PD?
Es un tema particularmente difícil de abordar, porque si la PM en turno es una mujer interesada en el servicio público queda en entredicho su capacidad de formar un capital político propio, incluso que se pongan en tela de juicio sus méritos como mujeres políticas. ¿No fueron los casos de Cristina Kirchner, Ruth Correa Leite o Hillary Clinton, por mencionar algunas?
Estos casos son los menos, pero en lo particular no dudaría que empiecen a darse con mayor recurrencia, estratégicamente las fórmula política resulta atractiva, tal vez no en puestos tan relevantes como las Jefaturas de Estados, sino en marcos locales y provinciales, es posible que la figura de la PD sea candidateable para ocupar el lugar que está por dejar el hombre de la familia, para preservar un espacio político ya logrado y procurar una consecución del trabajo hecho.
No he dicho si es bueno o malo, ese no es el punto, el punto es que la figura femenina se utiliza como una pieza clave para seguir dentro del escenario de toma de decisiones y muchas veces (las más) no son ni Hillary, ni Cristina, ni Ruth; para qué me voy tan lejos, son simplemente nuestra adorada tijuanense Elvia Amaya o la diputada federal perredista y ex PD de Nayarit Martha Elena García… Está bien, Cocoa Calderón y Margarita Zavala también; pero si me voy contando casos no acabo, porque el tema del poder femenino a través de los vínculos familiares o afectivos trasciende de las PD.
La excesiva exposición mediática (aunque sea de prensa del corazón) que logran estas mujeres durante las gestiones que les toca llevar el rol de PM les permite afianzarse un lugar y si saben aprovecharlo políticamente logran popularidad, que en términos de propaganda, se vuelve muy capitalizable el hacer caravana con sombrero ajeno, porque los recursos, medios y formas ya están ahí, es un protocolo a seguir que entrena desde los tiempos de campaña (o pre campaña).
Y si volteamos la mirada hacia sus agendas políticas particulares, si es que las tienen, acaso desarrollan algún tipo de sensibilidad real y propositiva dentro de los rubros de asistencia que les toca desempeñar; no puedo dejar de mencionar aquel artículo en la Revista Quién donde el Presidente Felipe Calderón habla de las virtudes y capacidades políticas de su esposa Margarita, del desempeño en la vida pública que ella misma ha construido antes de ser PD, incluso viene a mi mente la descripción que la señora tiene en su cuenta de twitter donde resalta un “feminista”, y no puedo tampoco dejar de cuestionarme: ¿a qué clase de feminismo se refiere esta mujer cuando con todo el trabajo asistencialista en torno al bienestar de la familia y las mujeres de su día a día no puede tener mínima sensibilidad a las vejaciones de las que las mujeres estamos siendo objeto al perder la laicidad del Estado? Y sí, me refiero a que aquí en mi rancho ya no sé si es delito o no tomar píldora del día después o permitir que en caso de muerte cerebral mi familia pueda desconectarme y donar mis órganos si ese fuera mi deseo, por decir lo menos. No entra en sus limitadas facultades, lo sé; pero si lo re-pensamos, yo por lo menos no quiero a esa mujer de diputada federal de nuevo, ni para relleno de representatividad femenina en una banca plurinominal, mucho menos de senadora.
La disyuntiva está en cuáles sí y cuáles no: mientras algunas de gran capacidad política quedan relegadas bajo un alegato de nepotismo y posteriormente condenadas al exilio al término del mandato de sus parejas; otras oportunistas, pretenden y abarcan espacios de poder en los que su poco “talento político” las hace invariablemente fracasar, por lo menos en términos de buenas gestiones…
De consortes a consortes.
Releyendo la última parte del libro de Sara Sefchovich en su versión penúltima (la que se queda en Martitha), me hacen sonar algunos puntos sobre una encuesta hecha a los mexicanos en 2000[1] con relación a la importancia que le confieren a la figura de la PD, donde incluso los resultados muestran que muchos mexicanos argumentan que deberían anular sus funciones porque sólo generan excesivos gastos. Eso quiere decir que poco re-conocemos qué labores exactamente desempeñan las PM y del cómo encabezan instituciones que brindan asistencia a casi la mitad de la población “más desprotegida” del país, según cifras oficiales.
Pero pasemos a los términos estratégicos del aquí y ahora, al abarrotamiento de la prensa del corazón donde los pre-candidatos y sus consortes muestran un rostro amable, feliz y amoroso de familias tradicionales bien avenidas. Algunas posando delante de las cámaras -entre de ell@s futur@ consorte presidencial- compitiendo en belleza, carisma, distinción, inteligencia, capacidad, desarrollo profesional, sensibilidad, cultura y sobretodo, popularidad; cuan si fuera concurso de belleza.
Una actriz, otra ex-embajadora, una más escritora, otra ex colaboradora del gobierno federal, una más matemática y arquitecta y otra que preside una fundación de lucha contra el cáncer de mama; todas ellas muy guapas pero cabe aclarar que no todas, algunas de ellas -y un él- se han mantenido al margen de las cámaras y la propaganda; sin embargo, el común denominador entre ellos es que de alguna u otra manera han colaborado dentro de la función pública.
Algunos señalan que la estrategia de Peña Nieto al casarse con Angélica Rivera fue aprovechar la fama de la actriz y justificar mediante su contrato con Televisa mayor presencia en los medios luego de las regulaciones implementadas para tiempos y destiempos de campaña; y que eso ha sido la catapulta para que el resto de los pre-candidatos expongan también a sus parejas sentimentales – y sus virtudes- a los medios para crear un contrapeso, para mostrar que también ellos constituyen familias honorables, sin los entredichos que puede tener una actriz de telenovelas; lo que puede evidenciarse con la boda express de Marcelo Ebrard y Rosalinda Bueso, la extrema exposición mediática del noviazgo y del enlace como lo narraba al inicio, o la aparición de Paulina Velazco en conocida revista de sociedad.
A título personal me surgen dos cuestionamientos: ¿Es realmente tan poco importante prestar atención a la cuestión de las parejas sentimentales de los políticos cuando están siendo utilizadas cuan carne de cañón para atraer la atención de los medios? ¿Es aún más frívolo no prestar atención al análisis al rol que desempeñan las PD -o el poder femenino a través de los vínculos familiares de los políticos- a la luz de los hechos en los últimos años?
Ahí se lo dejo a su consideración…
PS. En otros avisos parroquiales agradezco a todos aquellos que me han buscado y animado para continuar este blog, mi salud ha mejorado bastante y he recobrado mi muy oscuro sentido del humor. Espero no decepcionar luego de dos meses. Y si me permiten el texto se lo dedico a mi Mavy que hoy cumple años y con quien he pasado largas horas meneando el abanico en sesudos análisis de nuestras condiciones de Varón-esa y Marquesa, respectivamente.
[1]Sara Sefchovich. La suerte de la consorte, Óceano, 2002, pp