Jorge Avila · 20 de abril de 2026
por Save the Children
Hablar de maltrato infantil suele remitir a imágenes evidentes: golpes, abandono, negligencia extrema. Pero la realidad es más compleja y, sobre todo, más cercana. El maltrato también se expresa en los gritos constantes, en la humillación, en el castigo como forma de corrección, en el silencio que invalida emociones. Se esconde en frases que se repiten generación tras generación: “es por tu bien”, “a mí me educaron así y no pasó nada”.
En México, esta realidad tiene una dimensión alarmante. En 2023 se registraron 7,823 lesiones cometidas contra niñas, niños y adolescentes por un familiar. Ese mismo año hubo 86,792 casos de violencia familiar, de los cuales 16,120 fueron directamente contra población infantil y adolescente (18.57%). Para 2025, se presentaron 266,755 casos de violencia familiar, de acuerdo con el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Esto nos habla de un incremento importante en la cantidad de casos registrados.
Detrás de esas cifras hay historias cotidianas que rara vez llegan a los titulares, pero que configuran la experiencia emocional de millones de niñas y niños.
El problema no es solo la violencia extrema, sino la violencia cotidiana que no se reconoce como tal. Esa que no deja marcas visibles, pero sí huellas profundas.
Cuando el hogar deja de ser refugio
El hogar debería ser un espacio de protección, confianza y cuidado. Es el primer lugar donde niñas y niños construyen su identidad, aprenden a relacionarse y desarrollan su sentido de seguridad.
¿Qué pasa cuando ese espacio se rompe?
Cuando el entorno cotidiano está marcado por la tensión, el miedo o la imprevisibilidad, el impacto es profundo. Niñas y niños no solo experimentan dolor en el momento; también desarrollan formas de adaptarse a esa violencia. Aprenden a callar, a anticiparse, a sobrevivir.
Desde Save the Children impulsamos la campaña “Crianza no violenta”, que incluye un video contundente: el maltrato no educa, destruye. Puede arrebatar una vida, pero incluso cuando no lo hace, deja huellas profundas. Porque cuando el hogar deja de ser un lugar seguro, no solo se rompe la infancia, el mundo entero pierde estabilidad.
Las huellas que no se ven
El maltrato infantil no termina en la niñez. Sus efectos se extienden a lo largo de la vida.
Las experiencias de violencia temprana afectan el desarrollo emocional, cognitivo y social. Pueden traducirse en dificultades para regular emociones, establecer vínculos de confianza o tomar decisiones. También están asociadas con mayores riesgos de ansiedad, depresión y otros problemas de salud mental.
Pero hay una dimensión que suele pasar desapercibida: la forma en que la violencia se reproduce.
Quienes crecieron en entornos violentos no necesariamente replican esas conductas, pero sí cargan con aprendizajes que pueden influir en cómo ejercen la crianza en el futuro. No porque haya una intención de dañar, sino porque es el modelo que conocen. Así, la violencia se convierte en un ciclo que se transmite, muchas veces sin cuestionarse.
Durante mucho tiempo, la crianza se ha considerado un asunto privado. Una esfera donde no se debe intervenir. Pero cuando hablamos de violencia contra niñas y niños, esa idea se vuelve insostenible.
La violencia vivida durante la niñez tiene consecuencias que trascienden el ámbito familiar. Impacta en el desempeño escolar, en la salud mental, en las oportunidades de desarrollo y en la forma en que las personas se integran a la vida social.
También tiene un costo colectivo: sociedades con mayores niveles de violencia, desigualdad y fragmentación. Por eso, hablar de crianza no es solo hablar de familia, es hablar de futuro.
Educar sin violencia: una tarea urgente
Si la violencia se aprende, también se puede desaprender; pero eso no ocurre de manera automática. Educar a madres, padres y personas cuidadoras es una de las herramientas más efectivas para prevenir el maltrato infantil; no desde la culpa, sino desde el acompañamiento.
En este camino, desde Save the Children hemos puesto sobre la mesa una idea clave: criar con respeto no significa renunciar a los límites, sino construirlos desde la empatía y la dignidad.
A través de la campaña “Crianza no violenta”, se busca justamente eso: ofrecer alternativas concretas a prácticas que durante años se han normalizado. Cambiar la pregunta de “¿cómo hago que obedezca?” por “¿cómo acompaño su desarrollo sin dañarle?”.
Este cambio no es menor. Implica revisar creencias, reconocer emociones propias y construir nuevas formas de relación.
De la teoría a la práctica: una guía para criar sin violencia
Saber que hay que cambiar no siempre es suficiente, hace falta saber cómo. Por eso, una de nuestras apuestas más relevantes ha sido el desarrollo de herramientas prácticas. Creamos la “Guía de crianza con ternura y sin violencia”, que traduce este enfoque en acciones concretas para la vida cotidiana.
No es un manual rígido ni una receta perfecta. Es una invitación a mirar la crianza desde otro lugar: escuchar antes de reaccionar, reconocer emociones, establecer límites sin recurrir al miedo, construir vínculos seguros. Está dirigida no solo a madres y padres, sino también a docentes, personas cuidadoras y cualquier persona que tenga contacto con niñas, niños y adolescentes.
En un contexto donde la violencia suele justificarse como parte de la educación, contar con herramientas accesibles puede marcar una diferencia real. A pesar de que la idea de erradicar el maltrato infantil puede parecer una tarea enorme, poner este tema en la conversación pública se convierte en un camino.
El cambio comienza en lo cotidiano, en la forma en que respondemos a un berrinche, cómo corregimos un error, la capacidad de hacer una pausa antes de gritar. Principalmente en reconocer que el respeto no se negocia.
También implica aceptar que no es un proceso lineal. Habrá cansancio, frustración, errores; pero también la posibilidad de reparar, de aprender, de hacerlo distinto la próxima vez. Criar con ternura no es idealizar la niñez ni romantizar la educación, es asumir la responsabilidad de no dañar.
No se dice, se hace
El próximo 25 de abril es el Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil, una fecha que nos invita a una reflexión profunda: una invitación incómoda, pero necesaria, para revisar lo que ocurre en nuestros propios espacios, cuestionar las prácticas que hemos normalizado durante años y reconocer que la violencia contra niñas, niños y adolescentes no empieza con un hecho extremo, sino mucho antes, en lo cotidiano, en lo aparentemente “inofensivo”.
Hoy sabemos que el maltrato no educa y que criar con respeto no solo es posible, sino urgente. También sabemos que nadie cría en automático y que hacerlo distinto requiere información, herramientas y, sobre todo, disposición para romper con lo aprendido. En ese camino, contar con recursos como la guía de crianza con ternura puede ser un punto de partida concreto: descargarla, leerla, compartirla y poner en práctica algunas de sus propuestas es una forma real de transformar la vida cotidiana y de construir entornos más seguros para niñas y niños.
El cambio no puede quedarse ahí. También implica asumir que la protección de la niñez es una responsabilidad colectiva, que exige involucrarnos, informarnos y alzar la voz para que ninguna forma de violencia siga justificándose como parte de la educación. Porque cuando el hogar vuelve a ser un espacio de cuidado y respeto, no solo cambia la historia de una niña o un niño: cambia también la forma en que nos relacionamos como sociedad, y con ello, la posibilidad de construir un futuro distinto.
El maltrato no educa. Criar con respeto sí.
CUENTA DE X: @SaveChildrenMx