Malakal, abandonada y saqueada

Médicos sin Fronteras · 10 de julio de 2014

Malakal, abandonada y saqueada
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Dra. Ana Lilia Banda, de Chihuahua a Sudán del Sur.

 

Ana Lilia nos comparte su experiencia en Malakal, una de las comunidades más afectadas por la violencia que azota a Sudán del Sur.

> ¿A qué pueblo llegaste? 

Fui a una ciudad llamada Malakal, que fue atacada por los rebeldes en diciembre. Sus habitantes huyeron a un complejo de las Naciones Unidas en donde se montó un campamento de desplazados.

> ¿Qué fue lo primero con que te encontraste?

Cuando llegué pensé que era un pueblo chico, pero en realidad era una ciudad bastante grande. Ya me habían dicho que estaba abandonada y que habían saqueado todo.

Este proyecto fue muy diferente a cualquier otro ya que estábamos trabajando y viviendo adentro del complejo de las Naciones Unidas. El campo de desplazados estaba muy amontonado, y todavía vi gente que se dirigía hacia el campo con sus pertenencias para buscar un lugar. El hospital estaba recién empezando así que aún estaba todo muy desorganizado. ¡Sabía que iba a tener muchísimo trabajo, y estaba súper emocionada por empezar!

> ¿Cuáles eran tus tareas?

En el primer mes yo era la encargada de todo el hospital, lo cual incluía a los niños en el programa de nutrición, los sospechosos de tuberculosis, los pacientes en tratamiento de tuberculosis, las emergencias… y todos aquellos pacientes -niños y adultos- ingresados por otras enfermedades. Había veces en las que tenía 50 pacientes a mi cargo.
En el segundo mes llegó una pediatra para hacerse cargo de los niños y entonces tuve oportunidad de enfocarme mejor a los demás pacientes.

> ¿Cómo estaba conformado tu equipo?

En el hospital éramos cuatro, una enfermera española, un oficial médico de Kenia, una psicóloga brasileña y la líder del equipo médico que era una enfermera holandesa. En total éramos 20 profesionales internacionales.

> ¿Qué enfermedades o padecimientos eran los más frecuentes?

Lo más habitual eran las enfermedades diarreicas, desnutrición, heridas por violencia y deshidratación.

> Cuéntanos una jornada laboral típica en este proyecto…

Las condiciones no eran las ideales, siempre dormimos los 20 expatriados en una tienda de campaña… todos juntos. No teníamos nada de privacidad y estaba súper caluroso, el clima alcanzaba los 50 grados de temperatura. En el primer mes dormíamos en un colchón en el suelo con nuestra mosquitera, después nos llegaron camas porque se acercaba la temporada de lluvia y nos íbamos a inundar. Las regaderas eran compartidas y hubo días de mucha escasez de agua. Comíamos en una cafetería de las Naciones Unidas en la cual la comida no siempre era la mejor.
Todos los días, no había descanso, nos levantábamos a las 7am y empezábamos el trabajo a las 8am. De 1pm a 2pm era la hora de comer, pero a veces no había tiempo de ir, además teníamos que ir a todos lados en auto, no podíamos andar caminando por el campamento de las personas desplazadas, sólo podíamos estar en el área de los humanitarios. Cada tres o cuatro días me tocaba guardia, así que si algo ocurría en la noche tenía que ir -siempre con alguien más- al hospital.

> ¿Alguna anécdota de vida, positiva, ante tantas necesidades, que hayas vivido?

El día que llegué y me estaban presentando a todos los pacientes, me pusieron en brazos a un bebé de 40 días de nacido que había sido separado de su madre durante los ataques de febrero (yo llegue el 25 de marzo). Ese pequeño niño había estado, casi desde recién nacido, sin su madre. Estaba muy bajo de peso ya que la abuela le trataba de dar de comer pero el bebé tomaba muy poca leche. Al día siguiente de mi llegada ingresamos a una mujer de 25 años por desnutrición y deshidratación. La habían encontrado cerca de un río… No les puedo compartir la sorpresa y la felicidad  cuando la abuela del bebé la vio y salió corriendo hacia ella, la abrazó y comenzó a llorar. Era la madre del bebé. Después de varias semanas los dos se recuperaron y se fueron a casa.

 

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