Redacción Animal Político · 22 de marzo de 2024
Nicolás y yo comenzamos un libro sobre animales peculiares. Leímos que el oso hormiguero, además de ser un animal solitario, la hembra da a luz a una única cría, que pasa el primer año de vida camuflada sobre el lomo de su madre. Mientras que ese me pareció un dato bellísimo, a Nicolás le gustó más la historia del pájaro carpintero que pasa horas golpeando repetidamente la madera sin sufrir el más mínimo dolor de cabeza.
Una de las tantas maravillas de tener hijos es que te actualizan, cada día, la visión de la vida. La manera en la que ven el mundo es completamente distinta a la que se nos ha moldeado a los adultos con el paso de los años. Me causa mucha ternura pensar que lo que a él le parece interesante está relacionado con el juego y la gracia, mientras que a mí me llama más la atención aquello que proyecte una parte de mi historia.
Mientras él ve el mundo hacia afuera, yo veo los ecos que me resuenan hacia adentro; él se fija en la literalidad, yo en la metáfora. Él prefiere lo lúdico, yo lo terapéutico: él intenta divertirse; yo, rehabilitarme.
Actualizarse la vida con un hijo tampoco es fácil: requiere un poco (mucho) de esclavitud voluntaria (e involuntaria), de paciencia (nunca suficiente), de una planta de luz interna (que no se apaga), y de saber aceptar, frente a ellos, que no sabes la mayoría de las cosas que te preguntan, pero que tienes el poder de inventar una historia que cumpla con sus inquietudes. De nosotras -las madres- las crías no esperan una puerta cerrada que les perpetúe las dudas, sino una luz que les alumbre las certezas, aunque sean pocas o efímeras.
Nicolás me pregunta si me impresionan sus hazañas. “Impresionada, lo que es impresionada, no”, le respondo. Me angustia la idea de tener un hijo que crea que todos sus logros se deben reconocer. De adulto, la necesidad de reconocimiento resulta un asunto muy frustrante si no se trabaja. Y ni qué decir de las personas sobradas de sí mismas, carentes de principio de realidad, que van por la vida arrasando con cualquier cosa que se les atraviese.
Total, que no sé hasta dónde aplaudir. Quiero aplaudirle en todo momento: la primera vez que lloró, que comió, que cagó, que fue a la guardería, a la escuela, cuando se quedó a dormir por primera vez sin mí, cuando hizo un nuevo amigo; le aplaudo porque aprendió a nadar, porque se conmueve, porque pregunta, porque entiende su contexto y respeta a su entorno. Le aplaudo porque no es la suma de sus padres, sino de sí mismo. Le aplaudo porque, a pesar de mí, de su padre, y de su familia, sigue siendo él. Y se impone y defiende su postura. Y alza la voz para compartir su visión juguetona del mundo, de los animales peculiares y de sus emociones.
A mi hijo no sólo lo amo, lo admiro. A sus seis años ha sido capaz de mostrarme una vida que no conocía, con un espíritu encendido hasta en sus momentos de cansancio y enfermedad, que no es lo mismo que un espíritu incendiado, como el que a veces siento que me caracteriza.
Durante los primeros meses de embarazo, antes de confirmar que era niño, le llamaba Semilla. A Semilla le escribía cartas para describirle en qué se estaba convirtiendo: era más que un hijo, era un sentido, un brote, un concepto, una nueva mirada, un salto al vacío.
Lo que no sabía era de qué tipo de semilla se trataba. ¿Era la semilla de nosotros, su padre y madre? ¿Era la semilla de la vida, así, en su sentido más amplio? ¿O era la semilla que germina para mostrar que el mundo no es precisamente abstracto y estrecho?
Mi hijo, en su paso de seis años por el mundo, ha germinado con fuerza y potencia, con un encanto que le hace único (visión sesgada de madre aparte) y con una luz que quizá nunca necesite una planta de respaldo, pero que, en dado caso, me tendrá con la convicción de no apagarme, hasta el último momento que compartamos en este plano.
Felices seis años, mi adorado Nicolás. Gracias por germinar, en ti, en mí y en quienes te conocemos. Que esta columna sirva de testimonio de que a partir del 17 de marzo del 2018 comencé a dejar de ver el mundo abstracto y estrecho, y aprendí a jugar un poco más.
Te amo, mi única cría, cual osa hormiguera te llevo siempre sobre mi lomo.
