Redacción Animal Político · 21 de octubre de 2025
El pasado 14 de octubre cayó el gobierno de Madagascar. Tras semanas de intensas protestas el presidente Andry Rajoelina huyó del país después de que una unidad de élite del ejército se sublevara. Tras la huida del ahora exmandatario el Ejército tomó el control del país y uno de los lideres militares juró como presidente. Esta situación deja en el aire una pregunta que resuena tanto dentro como fuera de Madagascar: ¿lo que vimos fue un golpe de Estado militar o fue el resultado de una revolución popular? La respuesta no solo importa para describir lo sucedido en el país africano, sino para comprender las dinámicas y tensiones de poder entre el ejército y la población civil.
Madagascar arrastra desde hace años un profundo descontento social. La población, harta de la crisis económica en la que está sumida el país, los constantes cortes de luz y agua, y la corrupción asociada al gobierno de Rajoelina, salió a las calles para exigir un cambio. Lo que comenzó como protestas pacíficas fue reprimido violentamente por el Estado, lo que provocó que la situación escalara rápidamente hasta convertirse en un estallido social. Las imágenes de barricadas, enfrentamientos y multitudes desafiando al poder recorrieron las redes y los medios internacionales, mostrando a un país al borde del colapso político. En el centro de esta rebelión emergió la juventud, articulada en el movimiento “Gen Z Mada”, que canalizó el agotamiento de la población frente a un sistema político percibido como incapaz, corrupto y ajeno a las necesidades del pueblo.
Tras semanas de intensas protestas, Rajoelina huyó del país. Pero no lo hizo por la presión popular. El papel del ejército fue decisivo en esto. La unidad CAPSAT, una unidad de élite, decidió sublevarse después de semanas de tensión creciente con el gobierno, anunciando que ya no reconocían la autoridad del presidente. Esto es relevante debido a que esta misma unidad jugó un papel significativo en el motín del 2009 que derrocó al presidente Marc Ravalomanana y entregó el poder al mismo Rajoelina. De nuevo esta unidad de élite juega el papel de kingmaker en Madagascar.
La influencia de CAPSAT deriva de que la unidad controla aspectos importantes del ejército, incluyendo la gestión de personal, el soporte administrativo, la logística y los servicios técnicos. Además, su dirigencia mantiene vínculos estrechos con sectores empresariales y otras élites del país. La llegada a la silla presidencial del general Demosthene Pikulas, jefe del Estado Mayor del Ejército, designado por el CAPSAT, ha reforzado significativamente la posición de las fuerzas armadas. Sobre todo porque es posible que estemos viendo la continuación de un patrón recurrente: instituciones civiles débiles frente a un ejército fuerte que toma el poder ilegítimamente y actúa más en función de los intereses de las élites políticas y económicas que en beneficio de la población.
La situación plantea una pregunta interesante: ¿la intervención del ejército constituye un Golpe de Estado, o es el resultado de una revolución popular legítima? Para quienes sostienen que se trata de un golpe militar, el argumento es claro: el ejército ha asumido el control sin un mandato popular directo, y su intervención se produce en un contexto donde las instituciones civiles siguen funcionando solo de manera parcial. En este escenario, forzar la salida de Rajoelina podría interpretarse como una maniobra de los militares para preservar sus intereses y garantizar estabilidad, sin comprometerse a un proceso democrático real.
Por otra parte, quienes argumentan que se trata del resultado de una revolución popular argumentan que el parlamento malgache aprobó una moción de censura en contra de Rajoelina, tras lo cual el exmandatario huyó del país, por lo que el tribunal constitucional “invitó” al coronel Randrianirina a “ocupar las funciones de jefe de Estado”. A este argumento se le suma el hecho de que durante las protestas del 12 de octubre se reportó que soldados adscritos a CAPSAT abandonaron sus puestos para unirse a los manifestantes, e incluso incentivaron públicamente a otros miembros del ejército a desertar y apoyar las manifestaciones. Debido a esto, el cambio de gobierno se podría entender no solo como un golpe de Estado en el sentido clásico, sino como el desenlace de una crisis política impulsada desde la ciudadanía, que encontró en el ejército un actor dispuesto a actuar como catalizador del descontento popular. De aquí surge la pregunta sobre si en Madagascar vimos el resultado de un golpe de Estado o de una revolución.
Lo que ocurrió fue que CAPSAT, en alianza con las élites económicas locales, perdió la confianza en la capacidad de Rajoelina para mantener la estabilidad del país. Ante ello, habrían decidido respaldar las protestas como un catalizador para facilitar un golpe de Estado. De esta manera, buscaron asegurar su influencia (y la de los sectores económicos) sobre la política nacional, frente a la posibilidad de una transición impulsada desde la movilización ciudadana. Como resultado, el coronel Michael Randrianirina consolidó el golpe de Estado y fue investido como presidente con la misión de emprender la “refundación de la República de Madagascar” y promover una supuesta “reconstrucción nacional”. Para ello, nombró como primer ministro a Herintsalama Rajaonarivelo, una figura destacada entre las élites económicas malgaches. Aunque Randrianirina niega haber llegado al poder mediante un golpe de Estado, resulta evidente que su ascenso fue producto de una maniobra de la cúpula económico-militar para preservar su dominio político ante un escenario en el que las protestas podían haber derivado en una auténtica transición democrática.
* Adrián Marcelo Herrera Navarro (@adrianmarcelo96) es maestro en Ciencia Política por El Colegio de México, con especialización en temas de seguridad nacional y relaciones internacionales.