Los sufrimientos que no nos importan

blogeditor · 8 de septiembre de 2021

Los sufrimientos que no nos importan

Sufrir es, quizá, la situación humana por defecto. Esta afirmación no es la expresión de un existencialismo ramplón y pesimista; al contrario, encuentra resonancia en lo que, hasta ahora, sabemos de nuestra naturaleza biológica. Ser un viviente no es otra cosa que luchar contra la precariedad. El “milagro” de la vida consiste en esa forma maravillosa en la que variedades organizacionales muy específicas de la materia logran mantener equilibrios vitales fundamentales. El microorganismo que evita cierta concentración de sustancias está preservando su vida igual a como de la misma forma en la que lo hace una presa que, para huir del depredador, pone en marcha sofisticadas rutas de acción.

Hambre, frío, sed, calor y dolor son fuentes de sufrimiento que podemos recordar haber sentido y, por lo mismo, entendemos perfectamente que otros las experimenten. Se sufre por aquello que atenta contra nuestra existencia. Con todo, las personas humanas no sólo somos organismos biológicos; también nos desenvolvemos en una dimensión psicológica subjetiva, rica en experiencias y simbolismo. Y, por si fuera poco, participamos en complejas relaciones e interacciones sociales donde desempeñamos distintos roles; finalmente, a gran escala, a través de las prácticas cotidianas conformamos la vida pública y política del mundo humano.

La apertura a las distintas formas del sufrir viene dada por nuestra variedad de maneras de existencia. Las muchas dimensiones (animal, psicológica, familiar, religiosa, social, etcétera) en las cuales somos susceptibles de reconocernos como nosotros mismos pueden convertirse en fuentes de sufrimiento. El panorama, a pesar de parecer sombrío, es alentador, pues la ubicuidad del sufrimiento dice algo sobre su papel en el tránsito humano: sufrir es parte inevitable de la negociación de la vida con el entorno donde ocurre.

Reconocer la inevitabilidad del sufrimiento en la vida humana no supone una invitación a la pasividad frente a él. No sólo nuestro sufrimiento nos mueve, sino también el de otros; de hecho, en ocasiones nos movilizamos con más facilidad por el sufrimiento de quienes tomamos por vulnerables. Consideramos, a su vez, que existen formas de sufrir que nos demandan más obligaciones que otras: enseñamos a nuestras niñas y niños a perseverar y resistir frente a ciertos tipos de dolor, mientras que al verlos experimentar otros nos alarmamos y actuamos.

La evolución moral de las sociedades modernas ha consistido, en buena medida, en un reconocimiento del sufrimiento de grupos hacia los cuales no existía consideración alguna. Esto ha implicado una valoración moral, a la par de la construcción de vías de acción centradas en prevenir la proliferación de estos malestares o, por lo menos, reducir su impacto. A menudo, la meta de resarcir sufrimientos del pasado es impensable.

La transformación de nuestras actitudes frente a sufrimientos que antes no nos importaban ha pasado, primero, por una etapa de negación; así, hemos juzgado las justas reacciones al sufrimiento como formas de transgredir el orden natural. Por ejemplo, las ansias de libertad que experimenta cualquier persona esclavizada llegaron a confundirse con el padecimiento de drapetomanía, una supuesta enfermedad mental que motivaba a escapar de los grilletes; se acusaba a las mujeres de expresar su histeria cuando sólo denunciaban formas de opresión familiar y social; las diversidades sexuales que hoy celebramos, antes las catalogábamos como trastornos mentales. Del mismo modo, actualmente la solicitud de tratamientos a base de opioides al final de la vida es entendida como una manera justa de hacer frente a las profundas formas de dolor que de ella derivan, y no tanto como una expresión de debilidad hedonista. Lo más importante: contamos con la clara idea y la firme convicción de que esas formas de sufrimiento importan y pueden evitarse, ¿cuántas más estamos perdiendo de vista todavía?

Con frecuencia nos asombra que las personas más sabias de la Antigüedad, el Medioevo, el Renacimiento o la Modernidad hayan tolerado la esclavitud y albergado posiciones flagrantemente sexistas y/o racistas. Cuestionamos el papel de las mujeres y los hombres quienes pasivamente atestiguaron genocidios como el de los judíos en la Alemania nazi; el de los tutsis en Ruanda; el de los partidarios de la Unión Patriótica en la Colombia de los noventa; o aún el de quienes defienden su tierra hoy día, en toda Latinoamérica. ¿Cómo es que algunos sufrimientos nos parecen escandalosos, mientras que de otros no nos condolemos en absoluto?

Invito a quien lee esta columna a pensar que al menos parte de la respuesta está en que no se consigue percibir ese sufrimiento, bajo el entendido de que la percepción lleva aparejada la posibilidad del error. Hemos fallado en darnos cuenta quién sufre, así como en ocasiones fallamos al confundir a una amiga en la multitud. Sin embargo, mientras que de cualquier otra equivocación puede emanar una simple anécdota, errar al advertir el sufrimiento ajeno puede traer consigo graves consecuencias en distintos niveles. En el mejor de los casos, perdemos la oportunidad de profundizar en el entendimiento con la otra persona y fallamos en conectar con las fibras afectivas de quien está al frente. En el peor, puede propiciar respuestas diversas por parte de quien sufre, que pueden ser emocionales, como la desesperanza; psicológicas, como el trauma; legales, como la violación de derechos fundamentales; e incluso tendientes a la complicidad con la barbarie y el crimen.

Ante la pregunta de cómo se explican los errores perceptivos, la ciencia de la mente ha ofrecido pistas. El cerebro es una víscera que, entre otras cosas, debe administrar la limitada energía de la que dispone para desempeñar todas sus actividades. El funcionamiento eficiente ha supuesto la implementación de estrategias centradas en la optimización: ahorrarse pasos y tomar atajos, a fin de pensar y actuar más rápido. El conjunto de estas estrategias trae consigo el previsible riesgo de fallas.

La brújula moral se confunde muy fácilmente. A nivel psicológico, pareciera que hemos preservado la valoración moral del sufrimiento cuando ocurre entre los más cercanos o más similares a nosotros. El desinterés que nos producen los sufrimientos que no nos importan es otra manifestación de las limitantes mentales humanas. Los límites del círculo moral –como lo denomina Peter Singer– son egoístas e impermeables. ¿Qué tan afianzado está el diámetro de esa circunferencia? Ampliarlo hacia otros sintientes y sufrientes demandará, a su vez, ampliar nuestros recursos mentales y afectivos.

Veo en el reconocimiento del límite cognitivo de nuestra moralidad una invitación a la acción social. Aunque es cierto que somos capaces de recapitular las cegueras mentales que han desembocado en tantas tragedias a lo largo del tiempo, aún no podemos señalar con la misma precisión los límites de la cooperación humana. Y con justa razón, pues es una materia en la que hay todo por explorar. No basta con que los victimarios se conduelan para que las atrocidades lleguen a su fin. La idea del despertar moral se antoja más distante que la del despertar social. Tal vez ha sido la transformación del mundo la que ha modificado nuestras intuiciones acerca de lo que está bien y lo que está mal, y no a la inversa.

* David Fajardo-Chica es doctor en Filosofía. Estudio en la Universidad del Valle de Cali, Colombia, y en la UNAM, donde también realiza una estancia posdoctoral (DGAPA-UNAM), adscrito al Departamento de Psiquiatría y Salud Mental de la Facultad de Medicina. Es colaborador del Seminario de Estudios sobre la Globalidad y Seminario Universitario de Afectividad y Emociones. Se centra en el estudio interdisciplinario del dolor y el sufrimiento.

 

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