Los realities, el coliseo moderno

Redacción Animal Político · 31 de octubre de 2025

Debería ser ilegal el hecho de convertir la fragilidad ajena en entretenimiento. Nunca falta el algoritmo acomedido que te manda clips de cosas que te valen tres hectáreas de chile, pero con que te quedes segundo y medio viendo, nomás no te la acabas porque te inunda de un contenido espanthórrido.

Este fin de semana me quedé pasmada de ver en dichos clips pura tragedia, lágrimas y drama que solamente evidencian el enorme vacío que hay en las plataformas y en nuestra forma de consumir caca, y también el grado de erosión que existe en materia de salud mental en personajes públicos.

Varia banda hablando –bien– de la menopausia, y los escaparates AKA redes y televisión llenos de mujeres en situaciones jodidas, emocionalmente rebasadas, llorando a mares por cosas que afuera nos parecen irrelevantes… #FAAAAAK

Vamos por partes.

Cuando los realities surgieron en los 90 (The Real World, Big Brother), las televisoras los vendían como programas ligeros, de convivencia, “diversión sin guion”.

No se consideraban “riesgosos”, porque nadie imaginó el impacto psicológico de vivir meses encerrado, vigilado, y expuesto al juicio de millones.

La idea de este tipo de “experimentos sociológicos” provienen de varias fuentes y marcos teóricos sumado a otros factores:

  • El paradigma del documental “fly on the wall”: dejar cámaras observando sin intervenir (o con mínima intervención), como en An American Family.
  • Las Influencias de psicología social: experimentos como el Stanford Prison Experiment (1971) suelen mencionarse como metáfora para lo que ocurre en estos espacios de convivencia forzada. En una nota sobre Big Brother se alude directamente a que “el diseño del programa es el sueño húmedo de un investigador psicológico”.
  • La Cultura de vigilancia y “voyeurismo”: la televisión (y luego internet) permite observar la intimidad de otros; la idea de “mirar al otro” se vuelve formato. La investigación titula: “surge la cultura de la vigilancia” como parte de la evolución del reality.
  • Económico / industrial: los realities costaban menos (en ciertos casos) que dramas guionados y podían generar altos rendimientos de audiencia al mezclar conflicto, personalidad, emoción cruda. (Este aspecto es más pragmático que “intelectual”, pero implica que la industria ve el experimento como rentable). Por ejemplo: “Reality television … has roots in cost-effective alternative to traditional programming”.

Pero ¿qué pasa con esta manufactura de a peso? Que nos vamos transformando en una masa que se traga feliz un plato con vomitada…

Hay un gozo horrendo en ver a personas que han logrado convertirse en celebridades — ya sea por su talento o por la cantidad de seguidores que tienen en sus redes sociales— revolcarse del dolor, la tristeza, la vergüenza, el miedo o cualquier emoción provocada ya sea por las más bajas pasiones o por una salud mental comprometida.

Está jodida la explicación del porqué. Te lo digo por partes, desde lo humano, lo mediático y lo simbólico:

Nos gusta mirar el caos ajeno porque nos permite proyectar el propio sin tener que asumirlo. En estos shows de reality, el público ve a alguien perder el control, llorar, manipular, mentir, traicionar o gritar… y al hacerlo, descarga sus propias emociones reprimidas.

Es una forma de catarsis colectiva: “yo no me atrevo a hacerlo, pero lo vivo a través de ellos”. La pantalla se convierte en espejo de alguna forma, pero en uno jodido y distorsionado: muestra lo que no queremos reconocer de nosotros mismos.

Estos formatos prometen autenticidad, pero son experimentos sociales editados para provocar. Los productores diseñan dinámicas para que los participantes colapsen emocionalmente. El encierro, la falta de sueño, la competencia constante y la exposición pública destruyen cualquier máscara porque gastan el sistema nervioso a niveles penosos.

Entonces, el público cree estar viendo “la verdad” de una persona, pero en realidad está viendo una versión amplificada de su vulnerabilidad. Está viendo la versión pervertida de un ser humano en un contexto alterado: los formatos se construyen alrededor de ruptura de normalidad: aislamiento, estrés, eliminación, conflicto interpersonal — lo que genera “lo peor” del comportamiento humano (y lo que el público demanda).

El público está bajo falsas promesas: dar acceso exclusivo para “ver lo que no se ve”, “lo que nadie te muestra”, “lo que la celebridad es cuando no está maquillada”. La falacia de “Interacción del público”, la participación (votaciones, redes, eliminación) convierte al espectador en parte del experimento.

Vivimos una época donde la atención es la nueva moneda. Las plataformas y las televisoras saben que la emoción más rentable ya no es la admiración, sino la indignación. Por eso vemos formatos diseñados como coliseos digitales: el público vota, juzga, aplaude o destruye.

Los “famosos” se convierten en gladiadores emocionales: exponen su fragilidad a cambio de relevancia mediática. Algunos entran buscando redención o exposición; otros, porque el sistema del espectáculo los ha empujado ahí como única vía para subsistir.

Antes, las figuras públicas eran inalcanzables y tenían un halo misterioso que generaba un magnetismo muy especial. Hoy se exige que sean “reales”, “cercanas”, “humanas”. Pero esa cercanía se vuelve canibalismo muy cabrón porque ahora queremos verlos romperse en mil pedazos para sentir que todos somos iguales.

En el fondo, el público no quiere héroes: quiere humanos que fracasen en vivo y en directo. El mito se derrumba ante la cámara, y nosotros aplaudimos como focas cirqueras, sin darnos cuenta de que estamos celebrando la destrucción del misterio y del arte.

Qué puta desgracia lo que evidencian de nosotros estos chous… Somos, según estos productores:

  • Un mundo ansioso que busca estímulos inmediatos.
  • Un público herido que se anestesia con la desgracia ajena.
  • Una industria que explota la vulnerabilidad como espectáculo.
  • Y artistas que, atrapados entre la necesidad y la exposición, confunden visibilidad con circo de a varo.

Esta mamada es más grave de lo aparente porque resulta que hay varios casos documentados de participantes de realities o programas de telerrealidad que tras su exposición mediática han sufrido consecuencias graves, incluida la muerte por suicidio.

  • Sophie Gradon, participante del reality británico Love Island. Fue hallada muerta en junio de 2018, a los 32 años.
  • Mike Thalassitis, también exconcursante de Love Island en el Reino Unido; murió por suicidio en marzo de 2019.
  • Caroline Flack, presentadora del mismo programa Love Island UK; se suicidó el 15 de febrero de 2020 tras ser objeto de intenso escrutinio mediático.
  • Gia Marie Allemand, modelo y participante en reality (por ejemplo “The Bachelor” y “Bachelor Pad” en EE.UU.); murió por suicidio en 2013.

Por eso digo que debería ser ilegal.

¿Cómo se protegen los derechos de los participantes? Ah, pues no se puede porque antes de entrar los productores les hacen firmar contratos enormes donde el concursante acepta ser grabado, editado y mostrado “sin límite de tiempo ni control sobre su imagen”.

Ese papel “protege” legalmente a la televisora: si después hay daño emocional, ellos dicen “pero tú aceptaste”. En realidad, esos contratos son desequilibrados: una persona común no tiene los dineros ni el poder para negociar con una empresa de ese tamaño.

Encima, hasta hace poco, la salud mental no era reconocida como un derecho ni como algo que debía protegerse en el trabajo o el espectáculo. Si un actor o un concursante colapsaba emocionalmente, se consideraba “parte del show”, no un asunto de salud pública. El marco legal simplemente no contemplaba esa vulnerabilidad.

Por otro lado, muchos realities se producen en distintos países bajo licencias internacionales (Big Brother, La Casa de los Famosos, Survivor). Eso hace difícil aplicar una regulación uniforme.

Por ejemplo: el reality se graba en México, pero pertenece a una empresa estadounidense o neerlandesa. ¿Qué leyes se aplican?

Y uno dice, pero bueno entonces por qué siguen existiendo y es porque mueven miles de millones de dólares. Las audiencias son gigantescas, las marcas pagan fortunas por publicidad y los gobiernos, que se benefician de los impuestos o de los ratings, prefieren mirar hacia otro lado.

En la industria, la lógica es clara: mientras venda, se hace. Y aunque los productores ahora cuiden la forma, el fondo sigue siendo el mismo: provocar emociones extremas.

Si lo piensas, esos programas son rituales contemporáneos de sacrificio simbólico. El público se reúne para presenciar la caída del ídolo, para sentirse vivo en el proceso.

Tristemente, detrás del “entretenimiento” lo que vemos es la soledad colectiva de una sociedad que ha perdido el sentido de lo sagrado y la consecuencia es que la emoción humana se vacía: sentimos más, pero entendemos menos.

El ruido reemplaza la profundidad. El alma se nutre de algoritmos: Nos DES-HUMANIZAMOS a la velocidad de la luz.

Debería de darnos un chingo de vergüenza consumir este tipo de productos la neta. Y no sólo por todo lo que te acabo de decir, sino porque encima estamos atragantándonos de basura.

Y de MENTIRAS [pésimamente actuadas —además] porque todo lo que vemos está mega manipulado, y aunque he de reconocer que la menopausia no es un paseo por las nubes, sí es una etapa para reparar el espíritu y reconocer / trabajar en todo lo que dejó de funcionar.

Vamos, es el área de oportunidad más valiosa que jamás haya existido, por lo que no suma NADA ver estos cuadros depresivos / neuróticos / histéricos e híper sensibles en ninguna pantalla.

Basta.